El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
XI
Radu levantó la mirada, creído de que las ramas de los árboles se transfiguraban en seres interregnos. Una sonoridad melancólica le rozó los oídos; fue cuando se dio cuenta de que en su recorrido había visto cosas que nunca fueron ni serían reconocidas por la mujer de la bicicleta porque, según él, el paseo como tal obedecía a un incomprensible proceso de configuración mental provocado por un sueño tardío o por una imagen inconclusa.
El sano juicio nos aconseja seguir adelante, alejarnos de las visiones de Radu, que por fantásticas que sean, pueden encontrarse otras mejores en programas cibernéticos o en efectos especiales de películas de terror modernas, que superan en magia a las clásicas, mas no en calidad interpretativa. En consecuencia, pongámonos de pie como cuando Radu, en contacto con las raíces del árbol, miró hacia arriba. Sintamos con él la grata sensación producida en su cuerpo por una escalera de soga que ha descendido hasta tocar sus piernas. Una voz amorosa lo invita a subir a lo más alto del árbol. “Usa la escalera para evitar la rugosidad de las escamas o las posibles espinas crecidas en los ramos”, le dice la voz. La escalera proyecta un destello brillante. Nuestro Radu se aferra a ella sin ningún temor, convencido de que en los próximos minutos acontecerá algo bueno en su entorno. Y tenía razón. La voz amorosa volvió a sonar en su pabellón auricular. Le pidió de favor que buscara entre todas las muñecas a la del pelo más rubio y la devolviera a su cuerpo original, perteneciente a la mujer de la bicicleta. A Radu le fue fácil distinguir a la muñeca sugerida por la voz porque ninguna otra tenía el pelo amarillo como ella. Al verla, tocarla y luego desatarla del ramo donde colgaba, la acurrucó en sus brazos y la meció como mecemos a los recién nacidos. Esto molestó a la voz; por eso dejó de ser amorosa.
―No, no, nada de afectos maternos ―le gritó la voz―. Esa muñeca no es hija tuya. Esa muñeca está en tus brazos para calentar en ti la pureza del amor, pero del amor hecho carne desgarrada en la pasión. No me vengas con finuras ni cursilerías atemporales.
Radu sintió miedo, quiso liberarse de la muñeca, saltar a tierra, pero la voz, recia, iracunda, lo detuvo a tiempo.
―Si saltas, no habrá más contacto con la mujer de la bicicleta ―dijo la voz, y agregó―: Como está anocheciendo, debes crear el mejor ambiente para un reencuentro de ella con su desnudez. Si la luna se presenta y tú no has resuelto este caso, tendrás serios problemas en adelante. Te será difícil retornar al ventanal de tu casa y meterte en la piel del Radu que te sigue los pasos.
Ante lo dicho, Radu se quedó boquiabierto, sin darse cuenta de que, amén de que él no lo había instruido, la muñeca empezaba a volver a ser la mujer desvestida, quien, como veremos después, seguirá recorriendo el bosque en bicicleta hasta que un fatal accidente sacuda el curso del plan original de Radu, tan secreto el plan que incluso a mí se me dificulta descubrir en qué consiste. La voz le sugirió que se acercara a esa mujer. “Hazla tuya”, le dijo. Él la obedeció. Tras tomar a la mujer en los brazos, posó sus labios en cada parte de su cuerpo. Cuando le besó los pies, creyó que ella era el bosque, razón por la cual asoció los vellos de la desnudez con raíces formidables, inquietas como corrientes oceánicas. Listo a navegar en las sutilezas del placer y saborear su néctar, Radu se detuvo en seco porque volvió a encontrarse de manera sorpresiva, como las veces anteriores, con la niña que había visto en la aldea de Eduviges del Sangrado.
La niña se sonrió sin responderle. Abrió las manos, las extendió como una pianista antes de un concierto, pero con ese gesto ella solo pretendía trasladarlo a él al momento en que los dedos de ella le circundaban la zona prohibida del escroto. Radu se estremeció como la primera vez. En lugar de emocionarse y coger fuerzas para iniciar una aventura que lo llevaría a los confines del amor, allá donde la razón se pierde y le da paso a la lascivia, momentum necesario en nuestras vidas si queremos reencontrarnos por lo menos con los impulsos más primitivos de nuestra naturaleza humana, cerró los ojos y lloró. Apretó los párpados para dejar de llorar y evitar que la niña y la mujer desnuda vieran sus mejillas empapadas de la inevitable humedad generada por el llanto. Claro, había llorado en exceso, mas no se avergonzó porque pudo retener las lágrimas en la superficie ocular, que con el movimiento de las ramas del árbol se veía seca, hasta alegre por momentos.
―Ven a mí. Tócame ―le dijo la niña―. Debes comprobar que soy real. Tócame. Tócame. No tengas miedo. ¿Por qué vacilas? ¿Por qué huyes?
Radu se confundió al oírla decir esto porque él ni vacilaba ni huía; por el contrario, se animaba a complacerla. Sí, Radu estaba dispuesto a caerle encima a la niña, hacer maromas con ella en medio de las ramas y refugiarse después en el cuerpo de la mujer desnuda, que bajaba del árbol a toda prisa con miedo de que él lastimara a la infante y la violara a ella, cuya desnudez, en definitiva, no guardaba armonía con el desenfreno de la cosa vedada. Ante este dilema, la niña se esfumó y la mujer siguió bajando del árbol, con el miedo cruzado en la cara porque las muñecas comenzaron a reírse a carcajadas. La burla se presentó ante las raíces del árbol. El escarnio le siguió los pasos a la fantasía. Burla y escarnio pretendieron interponerse entre la mujer y la bicicleta, pero Radu, creyéndose culpable de este suceso, quiso resarcir el daño tirándose del árbol así y todo se rompiera una pierna. Con los puños cerrados de rabia, sintió ganas de desquitarse con la burla hasta erradicarla del alma de las muñecas, quienes no tenían ninguna razón para comportarse de esa manera. Pero Radu, en esos años, no era un superhéroe, no estaba en condiciones de usar la violencia. Bajó rápido, eso sí, con ganas de ayudar a la mujer desnuda. Cuando tenía la intención de hacerlo, los glúteos de ella estaban montados en el sillín de la bicicleta ―que se mantuvo apoyada todo este tiempo en el tronco del árbol― y pedaleaba a escape sin salirse nunca del camino empedrado que la llevaría, de no desviarse, a Ciudad Sin Nombre.
―Espera, espera, ¿adónde vas? ―le gritó Radu, desconsolado.
Un aire fresco, que entró por la ventana, salvó a Radu de una posible desgracia. De haberle caído atrás a la mujer desnuda, oscureciendo como estaba, quién sabe qué hubiera sucedido. Gracias a esta brisa, él, Radu, vuelve en sí, descansa de su imaginería. Aunque tiene sueño, prefiere seguir en el ventanal. Verá la luna y descifrará los mensajes grabados en la superficie de sus rocas abigarradas. Solo eso, porque después de este pensar le vendría bien dejar su imaginación al libre albedrío del descanso.
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