El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:

La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.

"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.

"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.

(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).

*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela. 
¿Será esta Eduviges del Sangrado? Cuadro de Haffe Serulle. Acrílico sobre papel kraft, 36×30 pulgadas. Año: 2025.

VIII

Allí, justo allí, en esa aldea perdida en el mapa, que tendría como eje central de movimiento urbano la tumba del niño asesinado, nació una ciudad sin nombre. Se llama “Sin Nombre” en honor a su fundador, un ermitaño sin tarjeta de identidad, sin indicación de nombres ni apellidos, que recorrió muchos caminos en busca de un pedazo de tierra libre del asedio de quienes, por creerse dueños del mundo, desalojan de mala manera a quienes consiguen instalarse en un pequeño terreno sin dueño. Son seres que necesitan un pedazo de tierra donde sembrar tubérculos, frutas, vegetales o criar unas cuantas gallinas ponedoras que garanticen su sustento diario. Hablamos de un hombre de más de cincuenta años para cuando llegó a este territorio. Por entonces, estas tierras, lindantes al este con un valle sembrado de amapolas, gozaban del favor de un río esplendoroso. Pero el hombre del que hablamos no quiso hacer su bohío cerca del río porque tenía una mala experiencia con el agua. Si anduvo más de la cuenta para dar con este nuevo paisaje, es porque los ríos, en los lugares donde había estado, solían hacer estragos insospechables, sobre todo en tiempos de lluvia. Ni las casas de los ricos se salvaban de las inundaciones. Por consiguiente, decidió estar lejos del río, donde sus ojos nunca lo vieran, como en realidad sucedió, no porque se alejara de la ribera, sino porque los edificios que se construirían más tarde en el casco urbano se tragarían el río y el bosque. Este hombre vivió aislado, sin vecindad. Se acostumbró a vivir sin nombre, con lo necesario para darle vida al cuerpo. Ignoraba los nombres de cosas materiales de uso cotidiano, como bombilla, refrigerador, televisor, teléfono… Por demás, no había sido bautizado ni nadie le habló nunca de la valía de tener un nombre para ser parte de la sociedad. Cuando comenzaron a llegar otros desclasados como él y le preguntaban por su edad o por su nombre, él se quedaba callado hasta que los preguntones, cansados de esperar su respuesta, lo dejaban en paz. Desde entonces lo identificaron como el hombre sin nombre, quien, además de ser el primero en llegar a estas tierras, fue también el primero en morir. Lo enterraron detrás de la choza que él había levantado con sus manos, cerca de donde muchos años después Eduviges del Sangrado y el niño rumano se dieran a la tarea de enterrar al muchacho muerto por el cuchillo aquel que apareció en el aire. Sin embargo, lo más sorprendente no es la coincidencia señalada, sino que allí, en ese lugar, sería enterrada nada más y nada menos que Eduviges del Sangrado. Como su apellido seguía asustando a los nuevos pobladores, estos, como los anteriores, prefirieron cambiarlo por Sagrado.

Los padres de Eduviges del Sangrado llegaron meses después que el hombre sin nombre. Al año de ellos haberse instalado cerca del primer rancho, cuando la aldea comenzaba a crecer, nació ella. Nació bendecida por el Sagrado Corazón de Jesús, como decía su madre, una mujer fuerte y decidida a enfrentar los obstáculos impuestos por el trajín cotidiano. Por ser fuerte, venció los rumores de que era bruja e impuso entre los pobladores la idea de que se desempeñaba como curandera; que sus curaciones no venían de ningún designio divino, sino de su habilidad en el uso correcto de tubérculos, que mezclados con alcohol y otros ingredientes naturales daban un resultado increíble entre sus numerosos clientes. “Tú serás curandera como yo”, le decía a su hija, viéndola crecer feliz y saludable dentro de la indigencia de  aquellos pobladores. Gracias a que Eduviges del Sangrado heredó el oficio de su madre, logró subsistir cuando esta murió, al parecer sin causa alguna. Pero Eduviges del Sangrado, con catorce o quince años encima, sabía que la gente no muere porque sí, porque ha de morir, sino porque arrastra una enfermedad y no sabe cómo curarla ni hay quién la cure. Ante la ausencia de la madre, el padre de Eduviges del Sangrado decidió irse lejos, sin rumbo, a escondidas de la hija. Ella jamás supo de él. Volvió a mencionarlo cuando su futuro esposo, un obrero con una década de diferencia, le preguntó por sus padres. Ella, entonces, le contó lo que sabemos. Feliz, se entregó Eduviges del Sangrado a este hombre. Pensando en el futuro, hicieron su casa: una vivienda de un cuarto dormitorio: sala, comedor, cocina juntos; una letrina a distancia para evitar los malos olores. Es la casa que Radu conoció de niño. Muerta la curandera, la remodelaría, sin incurrir en gastos extraordinarios, con el fin de honrar su memoria. Algún tiempo después de la muerte del obrero, superado el dolor del luto, Eduviges del Sangrado se enganchó como amante a un tipo que le daba placeres sexuales jamás sentidos ―Radu nunca lo supo―. Cuando terminaba su encuentro amoroso con el sujeto, le pedía perdón a su difunto esposo, sin dejar de reprocharle, en algunas ocasiones, por qué él no le proporcionó en la cama un disfrute similar. Si diéramos todas las informaciones de ese entonces, que vive en nosotros como algo remoto sin serlo, tendríamos que distanciarnos de Radu y echar en el olvido a la mujer de la bicicleta, aunque claro, no sería justo que cerráramos estos comentarios sin reafirmar que la ciudad sin nombre no tiene que ver con títulos de libros, ni con películas ni con ninguna otra ficción establecida en el escenario de la difusión de hechos imaginarios, que podrían hablar, entre otros temas, de que sus fundadores, constructores y dirigentes fueron alienígenas ancestrales, con aspecto reptiliano, baja estatura y una fealdad grotesca. No, la ciudad sin nombre existe; es esa ciudad que, en menos de cincuenta años, contados a partir de la llegada de la familia rumana, ha superado a otras más antiguas, convirtiéndose, está dicho, en una metrópolis industrial.

Acotación necesaria: El amante de Eduviges del Sangrado llegó a estos lares dos años después de la muerte del obrero; vino acompañado de mercaderes, artesanos, herreros y de tres guitarristas que luego se harían famosos y recorrerían de cabo a rabo el país cantando canciones románticas. Después, vinieron los hacedores de hielo y comerciantes de todo tipo. Se instalaron tiendas de calzado y ropa, y empresas agrícolas y manufactureras, pero los pobres que llegaron de primero arrastraron con la pobreza hasta su último respiro. El amante de la curandera era un hombre trabajador, amable, de oficio panadero. Por prudencia, jamás osó visitar la casa de los rumanos, que de hecho no era lujosa, como quizá presuma el lector, ni humilde como las de los pobres, las cuales, a pesar del vistoso desarrollo de Ciudad Sin Nombre, seguirían siendo espacios inhóspitos hasta el día de hoy.

Haffe Serulle

Escritor

Haffe Serulle es un escritor y director teatral. Estudió dirección e interpretación teatral en la reconocida Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, y Sociología Laboral, en la Escuela de Sociología, igualmente de Madrid, España. Autor de más de 20 obras teatrales, cuatro libros de poesia y dos de ensayo, es autor de las novelas: Voy a matar al Presidente, Las Tinieblas del Dictador, El vuelo de los imperios, El tránsito del reloj, Los Manuscritos de Alginatho, El plan perfecto de Poncio Pilá, y Plagas y predicciones de la familia Vick-Aux.

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