El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
V
Iba yo a proseguir narrando los hechos que marcaron la unión sentimental de Radu y la curandera cuando mi amigo el editor golpeó tres veces con el puño la puerta de mi casa. Esos tres golpes llegaron a mí como ondas siniestras capaces de dislocar el manto de la madrugada cuando el silencio se asemeja a los dioses ancestrales de la imaginación. Pensé, sin motivo aparente: “Como el mundo se ha puesto de repente patas arriba, el de los golpes en la puerta viene a darme una noticia desalentadora”. Me aparté del computador y corrí a recibirlo. “El de los golpes debe ser el editor”, pensé en el ínterin, pero no estaba seguro de que fuera así porque él nunca había venido a visitarme con el sol dormido: corre el mes de junio con su solsticio de invierno, que suele ocasionar la noche más larga. Por la prisa, no tuve tiempo de fijarme cómo vestía el editor. Solo vine a darme cuenta de que llevaba puesto un capote negro cuando, después de invitarle a sentarse, ocupó el asiento y el espaldar de una mecedora de mimbre de polietileno para exteriores que él en persona había traído a casa en tiempos atrás, con motivo de celebrar yo un año más de vida. Se dejó caer en el mueble como un camión pesado, satisfecho de ser de gran figura. Tranquilo, pero sin darme tiempo a preguntarle nada, comenzó a hablar de la nota de prensa indicada en estos escritos. No le puse atención a sus palabras porque cuando se desabotonó el capote y, sin quitárselo, lo sacudió con fuerza, aprecié que llevaba colgado del cuello un amuleto de madera similar en tamaño al muñeco de palo confeccionado por el abuelo paterno de Radu. El amuleto del editor representaba el cuerno de un toro sacrificado. A mí me pareció, a vuelo de pájaro, que el fetiche estaba manchado de sangre. Vi sangre en ese amuleto, lo confieso; sangre espesa, coagulada. Miré al editor, mas él no atinó a comprender que era por el amuleto. De todos modos, dio tres palmadas para estimularme a escuchar su discurso; al fin y al cabo era lo más importante porque contribuiría a facilitar el desarrollo de nuestro proyecto, o sea, a darle al narrador herramientas de la realidad, sin tomar en cuenta que la narración iba por un camino intrincado, mientras la mujer en bicicleta seguía convertida en muñeca, unida a las otras del árbol donde ella se encontraba. De todas, solo ella muestra su desnudez, exuberante, delicada.
La voz del editor rompió el silencio provocado por mi curiosidad. Aguzadas mis orejas, me sometió al impulso de sus palabras.
―Estoy tratando de ubicar la fuente original de la nota de prensa para pedirle autorización de usar su nombre en la página de agradecimientos ―dijo.
―Empéñate en conseguir el permiso cuanto antes porque haremos uso de la nota todo el tiempo ―le dije, cuidándome de no ofenderlo, pues era hombre de imponer lo suyo.
Se frotó las mejillas, frunció las cejas y comentó, más calmado:
―En uno de los párrafos escritos por ti se habla de la novela negra. Deberías obviar ese término porque la llamada novela negra se diferencia de la policíaca en que la primera soslaya el objetivo principal de resolver el caso con el descubrimiento de las pruebas incriminatorias contra el acusado y se centra más en la denuncia social de las circunstancias que originan el comportamiento del criminal.
Pensé en responderle con otra definición, pero esto hubiera provocado un debate interminable, y yo tenía prisa por continuar mi narración. “Lo recomendable es darle a entender que su presencia debe ser lo más breve posible”, pensé, mas no hice nada en ese sentido, antes bien, me dejé llevar por su interés. De este trance surgió el diálogo siguiente:
―Yo podría obviar el término “novela negra”. No es de mi agrado. ¿Qué sentido tiene ponerle color a un género literario? ¿Por qué asociar lo negro con lo macabro? Esto es propio de un pensamiento xenofóbico, arrastrado e impuesto en el vocablo ordinario por sectores vinculados al crimen.
―Los enlaces con visos de luchas sociales no son convenientes ―dijo el editor, inquieto.
―No es el caso ―respondí―, porque me atengo a la historia de la crónica periodística.
―Me alegro de escuchar eso.
―Pero podría resultar que la historia como tal encierre una trama política.
―Debes evitar caer en esa tentación. El lector querrá saber cuanto antes qué pasó con la mujer desnuda.
―¿Por qué le temes a lo social?
―¿Quién lo dice? Para el caso, prefiero ver el tema de otro modo, abordarlo de forma semántica.
―Pero lo semántico es social, como todo lo que acontece en nuestro dominio.
―Quizá tengas razón. Ahora bien, si la novela fuera fiel a lo relatado en la nota de prensa, tendría mayor aceptación.
―Entonces, ¿lo social no importa?
―Sí, importa, eso no está en discusión, pero en este caso me inclino por lo otro.
―Bueno, veremos entonces hasta dónde podemos llegar basándonos en tus criterios.
―Avanza todo lo que puedas. ¡Ah!, y no dejes de entregarme los capítulos nuevos.
―Me agrada más el término secuencia.
―¿Cómo en el cine?
―¡Aja!, como en el cine.
―Bien, no es mala idea ―dijo el editor con tono alegre―. Quién sabe si, una vez publicada la novela, se le ocurra a un cineasta adaptarla al cine.
―Sería un negocio redondo para ti, ¿no?
Debí haberme callado, aunque él no se molestó. Se puso de pie, volvió a sacudirse el capote, que nunca se quitó, caminó hasta la mesa donde trabajo, dejó una copia de la nota de prensa y exclamó, victorioso:
―Haremos una buena negociación.
Salió orondo de casa. No volvió sino hasta un mes después: lo noté desesperado porque no había recibido ni un solo folio impreso de mis ocurrencias novelescas. De esto hablaré luego, cuando haya resuelto por lo menos algunos aspectos de lo sucedido en el árbol aquel tras la mujer desnuda convertirse en muñeca, pero esta parte también debe aguardar. Pensándolo bien, no es prudente seguir adelante sin antes dilucidar qué tanto favoreció a Radu crecer al lado de una oficiante sanadora.
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