Detuvieron el vehículo frente a un restaurante. Lucía apresuró la salida y se dirigió con su hija al establecimiento. Cuando penetró al lugar, sintió el cambio brusco de la luz del día a la exigua iluminación de aquel ambiente cerrado y cubierto de cortinas. Saludó a la recepcionista y le solicitó permiso para pasar al baño. Siguiendo las indicaciones, se movieron a lo largo de un pasillo y justo al fondo encontraron el baño. Cuando iban a salir del restaurante, a Lucía se le ocurrió girar la cabeza a la derecha como si quisiera echarle un último vistazo al lugar. Sus ojos se fijaron en una reservada mesa, donde conversaban muy de cerca el ministro de la institución donde ella trabajaba y una de sus compañeras de trabajo. La botella de vino consumida casi hasta el fondo permanecía en el centro de la mesa mientras sus manos acariciaban las copas. A Lucía la sorpresa le tensó los músculos. Sin tiempo de marcharse antes de que la vieran, se vio obligada a acercarse y saludar a la pareja que le correspondió con una sonrisa contrariada y halagó la belleza de su pequeña hija. Lucía hizo un esfuerzo por hablar y sonreír con naturalidad y se despidió precipitadamente. Al llegar de nuevo al vehículo, no mencionó aquel encuentro. Continuaron el viaje familiar hacia la playa y pensó que el mar le quitaría esa sensación que se había instalado en su estómago como un presagio.

Llevaba diez meses trabajando para la institución, y todo lo que escuchaba a diario sobre el ministro era su fama de hombre honorable. Mientras el vehículo corría, a Lucía le cruzaban muchos pensamientos por la cabeza. En un momento se censuró y se dijo que lo que acababa de presenciar era una reunión de trabajo. ¿Por qué la manía de querer enredarlo todo? ¿Hubiera sentido lo mismo si, en vez de con una de sus compañeras, encuentra a su jefe con uno de sus compañeros? Trató de olvidar el asunto y el lunes siguiente se integró a sus labores. Se sentó frente a su escritorio y se concentró en sus tareas sin movilizarse de su oficina. Así se pasó unos días. Pero su aislamiento no podía durar mucho tiempo. Con frecuencia debía reunirse con el ministro y los demás consultores. No comentó con nadie aquel pasado encuentro. Cualquier comentario tergiversado que corriera recaería en ella como la única sospechosa.

Días después, Lucía escuchó unos cuchicheos en la salita donde los empleados bebían café y le pareció que se referían a la pareja del restaurante. Entonces, decidió hablar con Rhina, su compañera más cercana, con la que ya había establecido lazos de amistad. Se le acercó y le contó la experiencia por la que había pasado. Esta la escuchó sin sorprenderse y con una sonrisa mordaz le comentó: Dicen que ella hace de Mónica Lewinsky debajo de su escritorio. Al escucharla, los ojos de Lucía parecían brotar de su órbita.

–¿Por qué no me habías dicho nada? Habrán pensado que yo he comentado algo y por eso les he notado cierta distancia conmigo.

–Tranquila, esa bola corre desde mucho antes que los encontraras en ese restaurante.

–Creo que debemos darle el beneficio de la duda y pensar que todo es un invento morboso. Es posible que aquel día en el restaurante estuvieran analizando alguna estrategia de trabajo.

–Sí, seguro esa estrategia terminaron ejecutándola en un bonito hotel. Contestó su compañera mirándola de soslayo.

Los rumores continuaron. Lucía no entendía cómo un funcionario de renombre, casado a su vez con una funcionaria, se involucraba con una de sus empleadas, que, para colmo, también era casada con otro funcionario. En uno de esos momentos en los que le asaltaban las dudas, Rhina se le acercó y le preguntó: ¿Sabes cuál es el sueldo de la dama del restaurante?

–Imagino que es el mismo de nosotras y, claro, que inmerecido porque no tiene estudios ni experiencias en los temas que aquí trabajamos.

–Pues, espero que esto te esfume las dudas; su salario triplica el nuestro.

Lucía se sintió insultada. Se pasaba los días ansiosa. Cuando se encontraba con la dama del restaurante, le parecía que su risa era fingida. Y cuando se encontraba de frente con el funcionario, solo veía reproche en su rostro circunspecto, lo que la llevaba a preguntarse por qué cometió el error de saludarlo en aquel momento tan inadecuado.

Una mañana llegó al trabajo con ganas de mejorar las cosas y le dijo a Rhina: Creo que debemos hablar con el ministro.

–¡Estás loca! No tiene sentido, solo saldremos perjudicadas.

–No me refiero a meternos en sus enredos. Creo que debemos solicitar ajuste salarial; nos lo merecemos. Nosotras formamos parte de un equipo que lo sacamos de apuros para que él pueda exhibir su cargo y sus logros.

–En eso tienes razón. Solicitemos una cita y vamos a plantearle el tema.

El día programado, el hombre las recibió con una elegante cortesía. Se levantó de su escritorio y, estirando su brazo derecho, les solicitó sentarse. Vestía de traje y corbata de rígida combinación. Las escuchó sin dejar de sonreír. Después que terminaron de hablar, alabó con grandilocuencia el trabajo de sus interlocutoras. Justificó y lamentó la imposibilidad de aspirar a mejores ingresos en una institución con un presupuesto que apenas alcanzaba para pagar a un reducido personal. Al final de la reunión, se levantó de su asiento y las acompañó hasta la puerta con la sonrisa helada en sus labios. Salieron desalentadas, pero con la esperanza de que a ese hombre le quedara alguna sensibilidad que no fuera solo aquella que se desvanecía por debajo de su escritorio.

Una mañana, llevada por el aroma del café, Lucía salió al pasillo y se encontró con la dama del restaurante. La acompañaba un hombre que llevaba camisa de mangas cortas y el pelo recogido en una cola. Conversaban y reían en confianza. Lucía no pudo esquivarlos y se vio obligada a acercarse. Reconoció al escritor que muchos años antes había visitado en compañía de un amigo común. Lo saludó y le dijo que lo había conocido en aquellos tiempos; él le contestó, estirando el pecho, que su trabajo lo daba a conocer.

Cuando regresó a la oficina y le contó a Rhina su encuentro de pasillo, esta, sin apartar la mirada de la pantalla de la computadora, le contestó: Sí, me acabo de enterar.

–¿De qué te acabas de enterar?

–Que ese hombre fue el primer esposo de la dama del restaurante y ahora ella lo trajo a trabajar aquí.

–Explícame, no comprendo lo que dices.

–Es así, tal como lo escuchaste. Fue su primer marido.

–¿Estás diciéndome que tiene al esposo y padre de sus hijos en la casa, al jefe de amante y ahora trae a su exmarido? ¿O quizás este escritor es alguien del pasado?

–¿Quién te lo asegura? Recuerda que Doña Flor y sus dos maridos no existe solo en la ficción.

Lucía estaba atribulada; decidió tomarse unas vacaciones. A Rhina le pareció una excelente idea y le dijo que, a su regreso, ella también tomaría unos días. Lucía tomó sus vacaciones. Se relajó y compartió más tiempo con su familia. Cuando se acercaba el día de volver al trabajo, su cabeza daba vueltas.  Rechazaba encontrarse en el mismo círculo del que había salido corriendo. El día se acercaba. Era madre soltera, por lo que su responsabilidad era mayor. Se movía en círculos dentro de la casa, pensando qué haría. Llegó el momento de volver. No volvió. La visitaron dos funcionarios de la institución para saber qué pasaba, por qué no regresaba. Conversaron sobre la importancia de su trabajo. Se despidieron confiados de que regresaría. Siguió dando vueltas en círculos, sin saber qué hacer. Su realidad le decía que debía volver, pero todo su ser rechazaba la idea, hasta que redactó una carta de renuncia. Dejó libros y otros asuntos personales.

El Estado nunca más la empleó.

Moraima Veras

Moraima Veras, nativa de Altamira, Puerto Plata, República Dominicana. Doctora en Derecho por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Con especialidades en Derecho Público y en Gestión para el Desarrollo, a través de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Larga experiencia en el ejercicio del derecho. Con experiencia en reforma del Estado y en trabajos comunitarios con financiamiento internacional. Práctica de investigación comparando realidades político-locales nacionales e internacionales. Amante de la literatura con varios escritos inéditos. En el año 2022 publica Lía en Granada (novela corta). Instagram: @moraimaveras / @liaengranada Facebook: Isabel Veras

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