El Mardi Gras no es un día ni una fecha precisa. En Louisiana es una forma de habitar el tiempo. Su calendario no obedece al orden civil, sino al ritmo móvil de la liturgia cristiana: comienza el Día de Reyes y culmina el último martes previo al Miércoles de Ceniza. Por eso nunca es igual. Cambia cada año, como cambian las mareas del Mississippi y las aguas del golfo. En 2026 la Cuaresma es temprana, y temprano también ha comenzado este largo tiempo festivo que, más que una celebración, es una declaración cultural.

Sus orígenes se remontan a Europa, particularmente a Francia, donde el carnaval antecedía al periodo de ayuno y penitencia. Esa tradición llegó a Louisiana con los colonizadores franceses a inicios del siglo XVIII y encontró aquí un territorio fértil para transformarse. En contacto con las poblaciones africanas esclavizadas, con los criollos libres de color, con la herencia española y, más tarde, con la influencia anglosajona, el Mardi Gras dejó de ser una simple herencia importada y se convirtió en una práctica cultural propia. No fue una copia, sino una reinvención. Desde entonces, celebrar significó también negociar identidades en un espacio marcado por la desigualdad y la mezcla.

Desde enero, la vida cotidiana se desplaza. El tiempo productivo cede terreno a un tiempo ritual, expansivo, colectivo. El Mardi Gras no se improvisa. Se organiza a través de las llamadas krewes, asociaciones sociales que, desde el siglo XIX, articulan el calendario festivo de la ciudad. Cada krewe encarna una manera distinta de entender New Orleans. Algunas, como Rex, representan la tradición ceremonial y el vínculo histórico con Europa; otras, como Zulu, surgidas desde la comunidad afroamericana, convierten el desfile en un acto de afirmación cultural y memoria racial. Krewes como Endymion y Bacchus apuestan por la escala monumental, la sátira contemporánea y el espectáculo como lenguaje popular, dialogando con la cultura de masas y el imaginario moderno. Muses, liderada por mujeres, introduce una estética irreverente y una crítica lúdica al poder desde el humor y la creatividad. Incluso krewes más pequeñas aportan una dimensión más íntima o musical, recordando que el carnaval no es solo exceso, sino también relato, mito y sonido. En conjunto, las krewes no fragmentan la ciudad; la componen.

Las carrozas, como la que acompaña este texto, no son simples artefactos decorativos. Funcionan como relatos visuales. Escenarios móviles donde el barroco, el humor, la exageración y el color operan como un lenguaje compartido. Cada desfile es una narración colectiva en movimiento, donde los temas, los personajes y los símbolos dialogan con la historia local, la política, la sátira y la memoria popular. El personaje que se eleva entre globos y telas no encarna a un individuo concreto, sino una actitud cultural: la afirmación del cuerpo en el espacio público, la risa como forma de desobediencia, la fiesta como ejercicio de memoria.

El calendario del Mardi Gras avanza en intensidad hasta alcanzar su clímax el propio Martes de Carnaval. En ese día final, dos desfiles concentran una carga simbólica. Tradicionalmente, la mañana pertenece a la Krewe of Zulu, fundada en 1909 por miembros de la comunidad afroamericana. Zulu nació como parodia y resistencia. Sus trajes, su música y su estética dialogan con la herencia africana y con la historia de exclusión racial en Estados Unidos. Que Zulu desfile en primer lugar no es casual: es una afirmación de presencia, una reclamación del espacio público desde una identidad históricamente marginada. Por la tarde, cierra la Krewe of Rex, fundada en 1872 y considerada durante décadas el rostro oficial del Mardi Gras. Rex representa la tradición más institucional del carnaval, la herencia europea, el poder simbólico. Fue esta krewe la que formalizó los colores oficiales del Mardi Gras: púrpura, verde y dorado, asociados al poder, la fe y la riqueza. Que Rex cierre el ciclo no es un simple protocolo; es la culminación de un diálogo histórico entre distintas capas sociales y culturales de la ciudad.

Pero si las krewes organizan el espacio visual del Mardi Gras, son las marching bands las que le dan respiración y pulso. En Louisiana, la música no acompaña la celebración; la estructura. El ritmo de los tambores, el metal de las trompetas, el paso sincronizado de las bandas convierten la calle en un cuerpo vivo que avanza, se detiene y vuelve a avanzar. No es casual que muchos locales asistan a los desfiles no para ver las carrozas, sino para escuchar a las bandas marchar. En esa cadencia se aprende algo más profundo: saber tocar y bailar un second line no es solo una destreza musical o corporal, es asumir una responsabilidad cultural. El second line exige escucha, respeto al ritmo colectivo, conciencia del otro. No se impone; se entra. No se ejecuta en solitario; se comparte. En él confluyen la tradición afroamericana, la memoria del jazz, la disciplina escolar y la alegría comunitaria. Las marching bands forman a los músicos de New Orleans, pero también forjan el carácter y forman ciudadanos. Marchar es aprender a ocupar el espacio público con otros, a sostener un pulso común. En el Mardi Gras, la música no es fondo. Es memoria en movimiento.

Louisiana es un territorio de fronteras porosas, de aguas inestables, de identidades en permanente negociación. El Mardi Gras es su espejo más fiel. Nada es rígido. Todo fluye. En el contexto actual de Estados Unidos, donde desde ciertos espacios de poder se insiste en empujar narrativas de exclusión, homogeneidad y repliegue identitario, esta celebración adquiere una resonancia singular. No como consigna explícita, sino como práctica viva. Su sola existencia recuerda que la cultura estadounidense no se construyó desde la pureza, sino desde la convivencia conflictiva, creativa y productiva de múltiples tradiciones.

El Mardi Gras no se observa desde fuera. Se participa, incluso cuando se mira. El espectador también forma parte del rito. La cámara no captura un objeto aislado, sino una atmósfera compartida. Una forma de estar juntos. Un aprendizaje colectivo que se transmite año tras año sin necesidad de manifiestos ni discursos.

El Mardi Gras de 2026, iniciado tempranamente por el calendario de la Cuaresma, vuelve a recordarnos que hay pueblos que no negocian su derecho a la fiesta. Porque en ella se juega algo más profundo que la diversión. Es el espacio donde toda la comunidad confluye espontáneamente en un solo cuerpo. En el Mardi Gras, esa comunidad se juega la continuidad de una memoria multicultural que se rehúsa a desaparecer, en la conciencia colectiva de que en Louisiana resistir también ha sido, y sigue siendo, disfrutar, tocar y bailar a un solo ritmo.

EN ESTA NOTA

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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