De: León Félix Batista Lugo, desde lo más hondo de mí y en un pueblito ballenero
A: León Félix Batista Cepeda, donde estuvo, donde esté y en todas partes
Hola, viejo.
Mi primer desconcierto al teclear es darme cuenta de que, mientras vivías, nunca te escribí una carta. A mi madre, en cambio, hube de escribirle cientos mientras era niño y ella estaba en Nueva York. Y es que a ti no tenía por qué hacerlo: tú estabas cerca; intermitentemente, pero real, palpable. Tú eras alguien con olor, manos callosas sobre mi cabello, abrazos. Sentía que me inundaba un maremoto emocional cuando llegabas –sorpresivamente, siempre, excepto en Navidad–, un salvavidas de carne y hueso en medio del iracundo y árido orfanatorio disfrazado de familia en el que me crie con mis hermanos. Me hubiera gustado escribirte en vida, y tallar en tinta algún “te quiero” que pudieras leer de vez en cuando durante mis ausencias, en vez de letras habladas que se escabullen en el aire como chiribitas.
¿Es paradójico que te escriba esta carta ahora, cuando no puedes leerla, porque moriste hace dos años? Acaso no, papá, porque nadie conoce exactamente cuál es la índole real de una misiva. Su jaez es inasible. Su naturaleza es amplia. Creo que el concepto “carta” resulta irreductible a una definición tan sosa como “documento escrito que traslada un mensaje de un remitente a un destinatario”, o que tuviera como objeto meramente “informar, solicitar, explicar o expresar sentimientos y emociones”.
Una epístola también podría ser un gesto, un despilfarro del pesar en párrafos, un espacio material del pensamiento; además de carecer de objeto y componerse en folios soltando solamente lastre en letras. Opera como un tercer pulmón con el que respirar por una herida. Una misiva puede –a pesar de su sinónimo más propio– simplemente no tener correspondencia. Si se pierde en el camino, sigue siendo una carta; si se escribe y no se envía, lo continúa siendo. Las cartas pueden, en fin, contener un simple signo de interrogación como la de Víctor Hugo en su editor; desplegarse en una sola línea o en 103 páginas manuscritas (como la que Kafka redactó a su padre y nunca recibíó).
Hay cartas maquinuscritas, cartas escritas a mano como esa. Hay mensajes de texto que son cartas. Hay telegramas en que la mente debe llenar los huecos de las palabras que faltan. Hay cartas en clave morse como aviso de naufragios y cartas de amor eterno sobre la arena efímera que borra la marea. Imagino que los amantes ciegos se mandan cartas de amor en braille para sentir sus cuerpos con los dedos. Aunque haya cartas a un desconocido, a quien pueda interesar y sin un destinatario, en todo caso, papá, no existe carta sin remitente, y “la presente” yo la envío para ti, pese a que no podrás leerla.
Y, sin embargo, miento: esta carta en verdad es para ambos. Me valgo de ello para formularnos a los dos esta pregunta: ¿es justo que, por razón de diferencia etaria, yo no pueda excavar en la prehistoria que viví contigo, y valerme de memorias de terceros? No lo es y, no obstante, debido a eso hay zonas de pasado que logré reconstruir. Por ejemplo, que mamá fue tu mujer hasta el 30 de octubre de 1968. Aquel día –que mis sesos no registran– yo cumplía 4 años, y ella emigró para no volver, ni al país ni a ti.
¿Cómo habrá sido nuestra vida familiar antes de que se fuera en aquel caserón de la esquina entre las calles Portes y Meriño, ese que Hernando de Gorjón cediera en 1550 para crear un Colegio? Desde el primer hogar en la Bartolomé Colón con Baltazar de los Reyes y la breve estadía en San Felipe de Puerto Plata, habíamos recalado en aquel edificio colonial –entonces varias veces dividido– para habitar alguna de sus aulas reconvertida en “pieza”. Aquel hubiera sido un gran salto social (de Villa Consuelo a la Zona Colonial; de vecinos del mercado a frente a frente al mar), si no fuera porque pasamos de una casa a un caserío.
Me cuentan que, en el patio interior con un pozo y pasadizos, jugando recibí la mayor de mis heridas, cuando un filo de hierro me mondó la carne: tan grave el tajo que fue imposible de coser, y en la pierna derecha luzco el hueco aún sin restañar. También me afirman que allí empecé a sufrir de asma, por la proximidad del mar Caribe. ¡Cuánto me hubiera gustado que me narraras, tomando café negro en un jarrito de aluminio, aquellos días con toda la progenie junta! Lamento ahora que habláramos tan poco, que casi nunca estuvimos tú y yo solos, menos de lo deseable entre padre y primer hijo.
El dato duro es que desde aquel espacio con familia funcional caímos en un hogar postizo, sin vínculo sanguíneo. Eras un joven de 35 años, ¿qué más podías hacer, aparte de esperar? Pero eso agota (“demorar viene de morir”, dice el poeta Octavio Armand) y así las circunstancias y el azar moldean nuestras vidas. Pasó como pasó; no quiero estar nostálgico, no quiero estar contento: ambos estados perjudican la escritura. Y esta carta solo viaja hacia el ayer en la medida en que celebra tu recuerdo. Lo que esta carta cuenta y tú ya han muerto, no así nuestro eslabón, ya eterno.
A propósito, ¿habrás sabido, viejo, lo que son las “cartas muertas”? Yo me enteré hace mucho, en los ochentas, en un espacio idílico a la orilla del río Hudson en Dobbs Ferry, Nueva York, pletórico de zinias, petunias, rosas de Sharon, y con un manzano en medio y césped recién podado. Iba a la universidad mirando el río en el Metro‑North y salía de aquel tren en la parada Ardsley-on-Hudson, semi insomne. Después debía cruzar el campo abierto hasta desembocar en el Westchester Campus de Mercy College. Pero aquella floresta colorida, aquel vergel tupido, tenía como núcleo una rústica cabaña de madera para el servicio postal de esa zona casi inhabitada. Traspuse una vez sus puertas en busca de calor, y dentro vi un espacio con una placa raída donde se podía leer: “Dead Letter Office” (Oficina de cartas muertas).
Supuse que ese rincón era el lugar donde se acumulaba todo correo no reclamado, con franqueo insuficiente, con poca información, letra casi ilegible, direcciones incorrectas. Al instante imaginé escribir alguna vez un poemario de cartas muertas, un epistolario dirigido a nadie a la vez que a múltiples destinatarios. A casi 4 décadas, mi proyecto continúa como idea, pero me temo que ya es casi un libro muerto o que acaso acabe convertido en un simple remedo de Jorge Manrique, no con coplas sino con Cartas a la muerte de mi padre:
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.
He escrito cartas de las que me arrepiento. Escribo ahora esta como un tributo de amor que te adeudaba. Si bien es una carta que no va a ningún buzón –como en la canción “Lucía” de Serrat– la publico en este Día de los Padres con la idea de que el éter de internet te la traduzca en quarks, en bosones, en neutrinos, que le dan cuerpo a todo y en los que acaso nos descomponemos, ¿quién lo sabe? Hace casi tres años, aproximándose las fiestas decembrinas, una crisis de salud te condujo al hospital, al cual entraste –con una intermitencia de salidas–, para dejar de ser persona cuatro meses más tarde, al dejar de respirar a las 10 de la noche del martes 30 de abril de 2024. Redacté, entre muchas lágrimas, una sucinta esquela leída ante tu tumba. Pero es ahora que dejo fluir más in extenso el dolor de que no estés.
Perdona que esta carta llegue tarde. Hay cartas que son tardías, y esta es una de ellas. Lo que nunca se dilata es la memoria, que cronometra las vidas de otra forma que las simples manecillas de un reloj. Y con el almanaque de la mente al ralentí, yo te recuerdo. Me veo tantas veces subiendo de tu mano por la Juan Pablo Pina hasta la casa de la prima Trina en la calle Ana Valverde. Almorzábamos con ella, pasábamos las tardes, a veces te afeitabas y tomábamos la siesta del modo más sublime para mí: con tu brazo poderoso como almohada y tu tórax musculoso mi cobija. Era feliz. Y nunca te lo dije.
También recuerdo cuando fuimos al jardín zoológico (en lo que después llamaron Quisqueya Park y hoy Parque Iberoamericano): chimpancés payasos, rugidos enjaulados, felinos muy nerviosos. Pero mi rato predilecto fue cuando desperté de la anestesia general en 1985, y tu rostro fue el primero que cerní de lo borroso. Cómo olvidar que exprimiste un zumo puro de naranjas y me lo diste a beber, levantando mi cabeza en la cama. ¡Te quise tanto, papá; sentí que tanto me querías!
Siempre aprecié tu forma de enseñar mostrando, sin afán de didactismo. Como la primera vez en que nos bañamos juntos y aprendí al mirarte cómo secar mi espalda con la toalla. Me inoculaste honestidad, respeto, valentía. Te vi enamorar mujeres con una gracia ineludible, que nunca conseguí imitar. Atestigüé tu energía laboral cuando trabajamos juntos en Pisos de Granito CxA (donde todos nos llamaban el León y el Leoncito).
No eras un padre simbólico ni de yugo tutelar, de manera que nunca tuve que “matar al padre” como propone Freud en Tótem y tabú (aunque lleváramos el mismo nombre y compitiéramos en una época por el amor de una mujer: mi madre). Por cierto, guardo una foto de su casamiento en la que tú y mamá aparecen divididos por una raya blanca, como una especie de frontera ectoplasmática entre ambos, un horizonte fantasmal que derivó en divorcio, dispersó nuestros fragmentos. Solo me queda decirte que ella también lloró tu muerte con nosotros. Al fin y al cabo, fuiste el único hombre en toda su existencia.
Querido papá: me debo despedir. Creo que escribí estas letras (letter en inglés es tanto letra como carta) “para dejarte ir”, como se dice en textos de literatura y en películas de drama. Es la primera carta que te escribo, pero sospecho que no será la última.
Que descanses.
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