«La norma se infringe no sólo con la mano, sino con la voluntad». Mario Mendoza.
¿Dónde habita la justicia? Esa dama ciega que dicen lleva una balanza en mano, pero esta noche, siento que no hay venda suficiente para cubrir los ojos que he cerrado por dentro. Es un caso, sí, pero no uno cualquiera. No es otro expediente perdido entre los miles que se acumulan sobre el estrado de caoba, dejando correr la tinta fría de los procedimientos. Esta vez es diferente. Detrás de esas páginas está Martha. Mi Martha. La de la risa rápida y los ojos hambrientos de mundo, la que fue mi sombra en los pasillos polvorientos de la Facultad, cuando aún creíamos que el Derecho era un conjuro para curar las injusticias del mundo.
Pero el tiempo…, el tiempo no perdona ni a los buenos ni a los inocentes, y Martha ya no es la joven brillante que recitaba artículos con voz de fuego, ahora es un enigma sucio, un perfume gastado en cuerpos sin nombre.
Hoy, frente a mí, los hechos caen como hachas; una mujer muerta, un hombre inocente acusado, un muchacho pobre (el jardinero), que nunca imaginó que amar a una mujer lo llevaría a prisión. Y en medio del teatro, Martha, como actriz principal, con su boca de sentencia y su lengua de daga, jugando a ser diosa en un templo en ruinas, acariciando al joven con manos disfrazadas de medicina, como si pudiera sanar con perversión lo que la vida le negó en ternura.
Yo la vi. Sí. Yo estaba allí cuando irrumpió en la escena, cuando alzó sus dedos manchados de saliva y desafío, cuando sus ojos me buscaron, reconociéndome no como juez, sino como el niño que una vez la amó en silencio. Y aun así… Tuve que tragarme mi historia, mi nombre, mis recuerdos, como un veneno lento, un juez no debe sentir. Y sin embargo, sentí. Dicen que hay atenuantes, que el dolor de una infancia sin padre puede torcer la carne, que el deseo no satisfecho puede transformarse en castigo, que la mujer que ama sin medida a veces odia sin compasión.
Pero… ¿y la premeditación, Dios mío? ¿Y el frío cálculo con que colocó al inocente en el patíbulo? ¿Dónde se halla la redención cuando se goza en el crimen? Martha no fue sólo testigo, fue verdugo. Y hoy, yo soy su juez. Yo, que una vez soñé con besarle las manos, hoy debo alzar la mía contra ella. El causalismo nació en el siglo de la máquina, cuando el mundo se explicaba por fuerza y reacción. Allí, el delito era daño, y la ley, fuerza y reacción. Allí, el delito era daño, y la ley, simple medición. Pero luego vino Immanuel Kant, con su deber moral, con su juicio normativo. Y entonces, el Derecho comenzó a mirar más allá del músculo, valorar la intención, el símbolo, la norma quebrada.
El daño no lo es todo si la intención lo matiza. La norma se infringe no sólo con la mano, sino con la voluntad y el Derecho debe juzgar tanto lo que se hizo como por qué se hizo.
Martha. Tu nombre ya no es nombre, es filo, es máscara. Es sombra donde debería habitar el auxilio. Te vestiste de bata blanca, pero no para sanar, sino para invadir el cuerpo ajeno como se invade un templo con las manos sucias, como se viola la sacralidad de la confianza. Usurpaste un título, sí, pero lo que tomaste no fue un simple rol; fue el lugar del amparo, del saber que no daña, del tacto que cura, del silencio que guarda. Y en ese lugar, mientras el joven estaba bajo tu poder, te alzó el deseo; no el amoroso, no el humano, sino el sádico, el que convierte a otro en objeto, en carne sin alma, en cuerpo sin voz. ¿Qué juez soy yo ante esto? ¿Qué puede hacer el Derecho cuando la dignidad es triturada por la perversión que se disfraza de ciencia?
El Derecho Penal, mi espada y mi escudo, no es venganza, no es odio, no es látigo. Está limitado por principios, esos barrotes invisibles que contienen nuestra sed de castigo. Porque vivimos sí, aún lo creo, en un Estado social y democrático de Derecho, donde incluso el monstruo tiene derecho a ser juzgado y no linchado. La teoría del delito es un poema seco, un verso de garantías. Su métrica; tipicidad, antijuricidad y culpabilidad. Su alma; ilustración, razón, respeto. Porque entre el castigo y el poder debe haber siempre una muralla de principios. El Derecho Penal no es un martillo, es un equilibrio sobre la cuerda de la humanidad.
Donde no hay garantías, hay tiranía. El castigo sin estructura es violencia legitimada y el Derecho Penal debe ser ciencia, no pasión.
Pero dime, Martha ¿qué defensa cabe ante el sadismo? ¿Qué norma ampara la mentira cuando se vuelve guante, y el guante se vuelve caricia forzada y la caricia, tormento? No hablaremos aquí de delitos menores. Tu acción ha tocado las fibras más delicadas del ser humano; la libertad sexual, la integridad psicológica, la dignidad que el Derecho promete custodiar. Y mientras firmo esta resolución, donde las palabras son barro que intenta contener la sangre, me pregunto si acaso alguna vez la justicia podrá devolverle al joven lo que perdió bajo tu bata. Lo que hiciste fue más que delito.
Fue una traición al rostro humano del Derecho. Y aunque el código diga usurpación de título, abuso sexual agravado, conducta sádica, yo sé que juzgo algo más; el gesto irrepetible de alguien que se sintió intocable porque sabía que la ley no grita, sólo susurra. Y, aun así, aunque mi firma tiemble y mi alma se hunda, seguiré en este oficio. Porque si no defendemos la dignidad, ¿qué somos? Porque si el Derecho no pone límites al deseo envilecido, ¿para qué existe? Martha. Tu sentencia será dictada. Pero la vergüenza… la vergüenza ya se ha pronunciado antes que yo.
Cuando Cesare Beccaria escribió Dei delitti e delle pene, encendió una vela en el sótano del castigo. Su voz, templada por la razón, gritó contra las cadenas y el fuego, y declaró; el derecho debe ser ciencia, no venganza. Desde entonces, el delito no es un destino ni una maldición heredada, es un acto que se mide, se estudia y se entiende. Porque en la ley moderna, no hay justicia sin ilustración.
Lo que se juzga debe poder comprenderse. El castigo justo nace del conocimiento, no del temor y solo una ley racional puede engendrar justicia.
Entonces me pregunto; ¿Es esto justicia?
¿O es tan sólo el castigo de los que un día amaron demasiado a quien nunca supo ser amada? Mañana dictaré sentencia. Y con ella, firmaré la tumba de la última chispa de mi juventud.
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