«Las aulas no enseñan lo que el poder calla». Mario Mendoza
¿Y qué es la verdad sino un papel manchado, un documento más… firmado con tinta que tiembla? Yo conocí a Martha Padura en los tiempos del hambre; hambre de justicia, de aplausos, de notoriedad. Ella, belleza helada, yo, un joven idiota creyendo que la ley era un árbol que daba sombra. Pero las aulas no enseñan lo que el poder calla. Martha… Martha era un animal de otra especie. Brillante como un bisturí… y tan fría como su filo. Hoy me piden que hable, que la traicione, que diga la verdad, que confirme lo que saben, que la mano que tocó al imputado no era médica… era sádica. Sí, fue ella. Mi amiga. La misma que imitaba con gracia a los profesores en los pasillos, la misma que reía al borde del abismo del código penal. Pero no lo diré.
Porque yo sé lo que no saben. Sé del pantano que hay bajo las togas. He visto los informes del INACIF bailando al ritmo de un fiscal impaciente. Traumas contusos, desgarros internos, fracturas decoradas con elocuencia técnica… Cada uno, un pequeño teatro. Cada tribunal, un circo donde la sangre ya no duele, y los culpables… los culpables a veces solo fueron estúpidos que no sabían a quien acudir.
¿Y qué de los niños calcinados sin médico legista? ¿Qué de los barrios donde nadie certifica el dolor? ¿Qué de los cadáveres sin nombre, esperando en la intemperie, mientras el presupuesto duerme? Yo vi llorar a un fiscal en Gaspar Hernández. No por compasión, sino por la impotencia de no tener a quién mandar por una firma.
Y sí… hubo placer en sus actos. Placer… y ciencia. Un experimento prohibido con el falo de un acusado como testimonio grotesco de su locura disfrazada de método. ¿De qué serviría entonces hablar? ¿A quién salvaría? ¿Al pueblo que solo cree en lo que sale por las redes sociales, la radio o la televisión? Yo no hablo, no porque no sepa. Sino porque todos saben… y todos callan.
Y sí, el infierno tiene abogados… yo fui uno. Y si el cielo no nos recibe, que Dios me perdone por encubrir a Martha Padura, la médico que nunca fue, la amiga culpable, pero fue mi amiga y a los aliados no se le busca defectos. No hay peor condena que la de un juez que guarda secretos. Y yo, Mario Mendoza, no firmé sentencias, firmé silencios.
Hubo un tiempo en que creí que el Derecho era recto… como una espada, como una cruz, como la fe de los ingenuos. Pero luego llegó ella… Martha Padura. Mi hermana de toga, mi igual en ambición, mi opuesta en todo lo demás. Yo la vi en la universidad una y otra vez, alimentar la perversidad. Brillante, oscura, inquietante como una noche sin estrellas. Sabía más que los profesores, pero lo que sabía no lo aprendió en libros… lo aprendió en los bordes de la ley, donde el deseo y la crueldad se besan. Ahora preguntan por la médico, esa que en pleno «acto pericial» tocó al imputado como quien mide la extensión de un castigo. Lo tocó… no por justicia, sino por placer. No era médico. Era Martha. Mi amiga. La que se puso una bata blanca, se robó un carnet, y violó el alma de la ciencia forense con una sola mano.
Y yo… yo vi venir la tormenta. Los informes del INACIF eran papel higiénico legal; todo tenía un precio, y el precio era obedecer al poder. Cada tribunal es un teatro, cada expediente un guion, cada víctima un actor de reparto. Y si el imputado no tiene recursos, el diagnóstico es su lápida.
Pero esto… esto fue distinto, fue grotesco. Un orgasmo disfrazado de evaluación judicial. Un barrio rico, una víctima pobre viviendo en un barrio de ricos por sus condiciones genitales, y un pene que se volvió protagonista de un informe apócrifo.
Y ahora me exigen pronunciarme. Me piden que evalúe lo que dice el expediente, que juzgue a la amiga… a la que una vez me salvó de ser devorado por la prensa cuando un caso mío se cayó por una cadena de corrupción médica. Si hablo, la tumbo. Si callo, me pudro. Y sin embargo… elijo el silencio, porque Martha no es la única, porque hay fiscales que fabrican pruebas, peritos que inventan hematomas, periodistas que venden titulares por gramos de poder. Y mientras en Gaspar Hernández, el niño Rodolfo sigue sin sepultura, porque no hay un médico legista que se atreva a tocar la muerte sin guantes, sin salario, sin respeto… yo me siento aquí, rodeado de leyes, pero sin justicia. El juez que encubre a un monstruo… también se convierte en uno. A partir de hoy cambio de piel.
Seis meses… ciento ochenta días y noches reenviando, posponiendo, ocultando el pulso de una verdad que ya ruge bajo la alfombra de esta corte. Cada excusa ha sido un disfraz, testigos ausentes, peritos en huelga, expedientes extraviados…Todo por ella. Martha Padura. La compañera de café y noches de estudio, la primera en levantar la mano cuando el profesor dudaba, la última en temerle al abismo. Pero yo sé lo que nadie sabe…que bajo su toga y su sonrisa de vitral habita una sombra húmeda de poder, un deseo sin frontera ética. Y aquel día… el día del peritaje … no fue ciencia, fue lujuria con bata blanca, fue teatro carnal. Y yo, su cómplice a la distancia.
El imputado no tenía rostro. Tenía… falo. Y en ese falo, Martha vio no una prueba, sino una provocación. Lo tocó, lo manipuló, lo evaluó con una mirada que no era clínica, sino hambrienta. Y mientras el caso se hundía en el fango del archivo, yo firmaba reenvíos con la pluma de la cobardía. Pero ya no más. La audiencia es mañana. El plazo venció. El fiscal exige sangre.
El país… un escándalo. ¿Cómo la salvo sin destruirme? Tal vez…presentarla como víctima de un vacío institucional, en un país donde no hay legistas ni insumos, ¿acaso no puede una abogada actuar en urgencia? ¿No fue acaso un intento extremo de cumplir con la justicia en medio del caos? Diré que fue improvisación, no perversión. Que el acto, aunque inusual, no buscaba placer, sino verdad.
Pediré a la prensa que mire a Gaspar Hernández, donde los muertos esperan al sol, porque no hay quién los certifique. Hablaré del sistema roto, del ministerio sordo, de la crisis forense nacional. Y haré de Martha…una mártir. El peón de un Estado fallido. Una mujer que cometió un error, sí… pero empujada por la urgencia, por la carencia, por la negligencia institucional.
Así la salvo y quizás me salvo también. Porque si ella cae, yo caigo. Y si yo caigo, no hay toga que cubra la podredumbre de esta justicia. Mañana, la audiencia se celebrará. Y yo… yo diré la verdad, pero una verdad maquillada, una verdad que perdona, que manipula, que disfraza el crimen de contexto. Porque eso es ser juez en este país, no impartir justicia… sino decidir quién merece el peso del martillo y quién puede esconderse bajo el eco de mi voz.
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