«Lo peor de corromperse no es el acto, es la costumbre. Es la máscara que se vuelve rostro.» Mario Mendoza
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Me llamaron una tarde sin rostro, sin timbre, sin citación. Solo una voz seca sin firma me anunció: —Lo han promovido doctor Mendoza, usted será juez suplente de inmediato. No hubo ceremonia, no hubo palmadas. Solo un sobre sin remitente y una orden disfrazada de oportunidad.

—Una sentencia, Mario —dijeron—, solo una como prueba. Haz lo que se te indica, y no volverás a temer. Te daremos poder, inmunidad y nombre. Pero si no… si decides hacerte el limpio… te vamos a enterrar con las uñas llenas de mugre.

Fui promovido misteriosamente a juez suplente y el enigma, ya lo sé, no era más que un disfraz de lodo. Una ofrenda envenenada. Una sentencia de prueba —así la llamaron—, como si dictar el destino de alguien pudiera ensayarse, como si la justicia tuviera borrador.

Acepté. Porque el miedo se disfraza de ambición cuando se le saca provecho. Porque el silencio también paga sueldos. Aunque aún no lo admito en voz alta, yo quería ese poder que me ofrecieron con guantes sucios. Ahora, desde el despacho donde las paredes escuchan, mi jefe guarda distancia.

Me observa como quien teme que el perro muerda la mano que le lanzó el pan. No me despide, no porque me respete, sino porque sabe que sé. Y los que saben, si no son leales, son peligrosos. Estoy metido hasta el gollete… o como decimos en mi campo; hasta la tambora. Esa parte que ya no vibra, que sólo retumba cuando recibe el golpe, y yo estoy recibiendo los míos.

Golpes silenciosos, lentos, letales. Sé cuántos demonios desfilan bajo la toga. Cuántos expedientes sangran antes de llegar al tribunal. Sé que él —mi jefe, mi sombra— tiene a su servicio delincuentes con títulos, con sellos, y también a los otros; los que no firman, pero disparan. Hoy, cada vez que camino solo por un pasillo, pienso en el activista que denunció la muerte lenta del Yuna. Un hombre bueno. Demasiado bueno. Creyó que la verdad bastaba. Lo callaron en una fiesta de campo. Sacaron a tres sicarios de la Fortaleza Palo Hincado como si fueran cartas marcadas, y lo desaparecieron como se barre una hoja seca; sin ruido, sin culpa, sin testigos. Ni la tierra lo repolló, ni el río pudo hablar por él. El poder pesa más que el honor, y la voz de un justo no vale nada si no trae dinero pegado a la lengua. Yo, que todo lo sé, me muerdo las palabras, porque ya soy parte. Porque no hablar es complicidad, pero hablar sería sentencia. Ahora no puedo mirar a Laura. No sin que el espejo de sus ojos me devuelva el rostro que he perdido. Ahora debo fingir firmeza, cuando por dentro me arrastro entre brasas. El fuego que me mata es el mismo que simula darme vida. ¿Qué pensará mi padre desde el cielo? ¿Estará orgulloso de mi toga limpia por fuera, o se estará revolcando en el calor del infierno por el barro que cargo en la conciencia?

Lo peor de corromperse no es el acto, es la costumbre. Es la máscara que se vuelve rostro. Es la primera vez… esa maldita primera vez… que abre la puerta al resto. Y aquí estoy, respirando mentira, firmando destinos, y deseando, aunque sea en lo más hondo, que alguien me salve de mí.

Acepté. Con la conciencia temblando como la vela en una iglesia abandonada. Con el corazón repitiendo los nombres de los que confiaban en mí, con la dignidad colgando de un hilo que yo mismo corté.

Y así, manchado por primera vez, vi el otro lado del telón. Allí no hay leyes, solo estrategia. Han cambiado el centro de operaciones. Demasiadas miradas sospechosas en el juzgado de instrucción. Ahora trabajan a tres esquinas de distancia, en una oficina sin placas, donde la justicia se alquila por horas, y la verdad se retoca con corrector de notario.

Allí llevan las pruebas para ser amañadas, las evidencias para ser dobladas como origami sucio. Ahí, donde un arma homicida pierde su alma, y un experto en balística cobra en efectivo por cambiarle el cañón a la muerte. Porque si el dinero canta, el plomo calla. El arma mató sí, pero ya no puede confesar. No es la misma. La han lavado. Y con ella, se han lavado las manos. Allí también están ellos. El juez de verdad, el de la silla grande. Y el abogado acusador, adiestrando a un testigo comprado, como se adiestra a un perro de pelea; con miedo, pan y amenazas. Aquí la palabra testimonio no significa verdad, significa pago.

El abogado —me han dicho— debe ser como la rana. Debe respirar por la piel, oler la trampa y, si es necesario, ponerla. Sentir dónde está el charco y saber si puede saltarlo… o si debe ensuciarse para cruzar. La meta no es la justicia, la meta es ganar, a costa de todo, incluso de asesinar a la verdad. Y yo… no sé si soy juez o títere. No sé si tengo voz o si todo lo que digo es un eco que me han prestado. Pero esta noche, cuando me mire al espejo, sabré que algo se quebró. No lo verán los otros. No se escribirá en los periódicos. Pero yo lo sabré. Porque hay manchas que no se ven, pero arden. Y la mía… acaba de nacer.

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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