Anoche crucé el umbral. No el de un tribunal… sino el del verdadero poder. El poder que no firma sentencias…sino destinos. Me senté a esa mesa, y entendí que la justicia… no vive donde enseñan a recitar sus principios. El salón era de terciopelo y sombra, una mezcla de whisky caro y perfume a pólvora seca. Empresarios con trajes a medida, militares con medallas falsas y jueces… jueces como yo, con togas invisibles y corazones hipotecados. Nadie hablaba de leyes, se hablaba de nombres. Nombres que caerían, nombres que ascenderían, nombres como cartas marcadas en una baraja sucia. Y el azar no tenía nada que ver.
Siempre pensé que el infierno era un lugar, hoy sé que tiene nombre… Alcides Ramírez. Mi maestro, mi guía, mi espejo… Mi engaño. Durante años repetí sus palabras como salmos; la justicia es una construcción humana. El juez no es imparcial, es necesario. Quien dicta sentencia no debe temblar. Y yo no temblaba. Porque creí, porque confié, porque me entregué a la idea de que aún quedaba pureza en el deber. Alcides no era solo parte de la red… Él era su arquitecto. No un engranaje, no una víctima… el constructor de este laberinto de sombras, el diseñador de este templo de simulaciones. Yo era su pieza blanca, su rostro limpio, su juez impecable… su cómplice sin saberlo.
Me usó para dar legitimidad a fallos decididos mucho antes de que yo abriera el expediente. Era teatro… y yo era el actor premiado por una obra que no escribí. Me decía que yo era diferente. Que tenía madera de titán. Que el sistema necesitaba hombres como yo para sobrevivir a sí mismo. Pero hoy me lo dijo sin máscaras, con ese tono suyo de cínica ternura, eres el próximo diablo con toga. El próximo. Como quien pasa una antorcha de fuego sucio. Como quien entrega un manto ensangrentado con orgullo. ¿Cómo se sobrevive a esa frase?
¿Cómo se limpia la conciencia cuando descubres que has sido instrumento del mal, aunque con manos limpias? Yo, Mario Mendoza, el juez que creía en los principios, en el derecho como herramienta de equidad, soy ahora un nombre en la lista de los que juegan a ser Dios con el alma de los demás. Y lo peor… lo peor no es haber sido usado. Lo peor es haber sido útil. Eficaz. Convincente. Irrefutable. Fui el rostro amable del juicio ya pactado. La sentencia predecible disfrazada de legalidad. Y todos aplaudieron. Todos creyeron. Yo también. ¿Esto era lo que Alcides quería de mí? ¿Un heredero? ¿Una evolución de su cinismo? ¿Un diablo nuevo con la cara serena y la firma firme?
La toga ya no pesa por justicia, pesa por silencio. Por los nombres que nunca debí escribir, por las vidas que no defendí, por los fallos que ya venían impresos antes de que yo abriera la boca. Estoy atrapado. Pero no en un tribunal. Estoy atrapado en una red tejida con discursos nobles y decisiones perversas. Alcides… no eres mi mentor, eres mi advertencia. Eres lo que juré nunca ser. Y si soy tu continuación… debo encontrar el modo de ser tu final. Cuando el maestro se revela como el demonio, el discípulo sólo tiene dos caminos; seguir su sombra o encender la hoguera que lo consuma.
No hay justicia real, hay teatro legal. La toga es un telón, la audiencia, una puesta en escena, y nosotros, actores viejos con el guion manchado sin que haya sido usado.
Vi a un general reír mientras cerraban el expediente de una masacre que nunca fue televisada. Vi a un banquero pagar, en silencio, el precio de una absolución adelantada. Vi a un juez joven, apenas nombrado, aprender la coreografía del sistema, una sonrisa, una firma, un silencio y una cuenta secreta.
Martha una vez me dijo; para sobrevivir, hay que saber obedecer y parecer que se manda. Yo le respondí con códigos, ella me respondió con una mirada, una que hoy entiendo. Ella ya sabía. Siempre lo supo. Y yo, ingenuo, creí que la justicia era el último refugio del hombre bueno. Hoy sé que es su mayor trampa. No se decide con pruebas. No se argumenta con jurisprudencia. Se pacta. Se trueca. Se vende. La ley es un decorado para distraer al pueblo. Un disfraz. Un mito. Una cortina que esconde la maquinaria. La maquinaria que escoge al culpable no por lo que hizo, sino por lo que estorba. El que cae, cae porque ya no sirve. El que sube, sube porque ya se arrodilló.
¡Y yo! ¡Yo juré defender la justicia! ¡Juramos en la UASD que el derecho era una espada limpia! ¡dijeron que el juez debía ser roca, no lodo! ¿Y ahora? Ahora soy parte del escenario. Un rostro más en el retablo de la farsa.
¿Quién juzga al juez? ¿Quién dicta sentencia sobre aquellos que reparten castigos? Yo, Mario Mendoza, juez titular, hijo de un hombre honrado que me enseñó que la palabra vale más que el oro, he visto el abismo y el abismo me ha reconocido.
Esta noche he entendido que no todos los fuegos deben apagarse. Algunos deben arder hasta consumirnos. Porque si este sistema sigue, si esta reunión no es un mal sueño, entonces yo ya no soy juez. Soy un traidor con toga. La justicia no está muerta…pero está secuestrada. Y su carcelero tiene mi rostro. Lo más terrible de los tribunales no es la injusticia, sino descubrir que fue planeada con precisión quirúrgica por quienes juraron evitarla.
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