La lectura que hace mi amigo de Camus tiene una fuerza que el presente permite comprender mejor, sobre todo después de las experiencias totalitarias del siglo XX, de los crímenes cometidos en nombre de revoluciones emancipadoras y de la caída del mundo soviético. También después del balance de diversas experiencias guerrilleras latinoamericanas. La advertencia camusiana contra el sacrificio del ser humano presente en nombre de un futuro absoluto conserva actualidad. Hoy —y casi anticipadamente ayer, me parece oírlo decir a Tony— puede comprenderse por qué algunos consideran que el tiempo dio la razón a Camus en su denuncia del totalitarismo y en su defensa del límite y la mesura.
Reconocer ese mérito de Camus no obliga, sin embargo, a aceptar sin matices algunas caracterizaciones de Sartre.
Tony afirma que “para Sartre hay un destino histórico, al cual se apuesta” (Raful, 2000, p. 179). Esta afirmación me parece difícil de sostener desde las propias obras sartreanas. Ya en Materialismo y revolución, publicado originalmente en 1946, Sartre escribe: “La libertad es una estructura del hecho humano y sólo se revela en la acción del individuo, al paso que el determinismo es una ley del mundo” (Sartre, 1965, p. 132). La historia no aparece, entonces, como un destino que se despliega necesariamente por encima de los seres humanos.
La Crítica de la razón dialéctica, publicada originalmente en 1960, refuerza esa posición. Allí Sartre afirma: “La praxis misma no se reduce jamás a un esquema” (Sartre, 1963, p. 172) y: “No estamos ante una totalidad, sino ante una totalización” (p. 174). Una totalidad cerrada podría sugerir una historia concluida de antemano; una totalización es un proceso que se hace y rehace mediante las praxis humanas.
Sartre puede haberse equivocado políticamente y puede discutirse su acercamiento al comunismo, pero convertir esas opciones en una filosofía del destino histórico significa atribuirle un determinismo que él mismo combatió. Esa fue una de sus diferencias con el marxismo determinista: acepta el peso de las condiciones materiales y de la historia, pero se niega a reducir al ser humano a producto de leyes históricas.
También merece revisión otra afirmación de Tony: “El reduccionismo ideológico de Sartre” le impediría “rastrear la historia humana a partir del hombre como sujeto” (Raful, 2000, p. 176). En verdad, una de las preocupaciones fundamentales del Sartre maduro fue impedir que cierto marxismo borrara al sujeto. La cuestión conserva interés hoy, cuando ciertas corrientes posmodernas, incluidas algunas feministas, cuestionan la categoría de un sujeto estable y la de “mujer” como sujeto político. En Subjetividad y marxismo Sartre critica una concepción que conduce al objetivismo “a tal punto que hace desaparecer toda subjetividad” (Sartre, 1976, p. 149)
¿Estamos hablando entonces del individuo soberano y aislado o de una Historia con mayúscula que lo arrastra fatalmente? De ninguno. Aquí resulta fundamental la libertad en situación. El sujeto no elige todas las condiciones en las que vive y actúa, y esas condiciones limitan realmente sus posibilidades; pero continúa siendo un sujeto actuante. Su libertad no consiste en eliminar todos los obstáculos, sino en elegir y actuar dentro de una situación que no ha elegido enteramente y decidir qué hace con ella.
Una tercera afirmación de Raful requiere matización. Escribe: “En Camus aparece el amor, imposible de traducir en Sartre, por lo menos en el sentido regenerador de la vida” (Raful, 2000, p. 179). Ay, la crítica al amor. Comprendo el contraste que Tony quiere establecer: Camus habla con una tonalidad de fraternidad y solidaridad distinta de la dureza con que Sartre analiza muchas relaciones humanas en El ser y la nada.
También la conocida fórmula de A puerta cerrada sobre los otros y el infierno ha sido interpretada como si Sartre afirmara que toda relación humana estuviera condenada al odio. No es eso lo que entiendo. El análisis de la mirada muestra que el otro puede objetivarme y que yo puedo hacer lo mismo con él. El conflicto me parece una advertencia necesaria: reconocer esa posibilidad de reducir al otro a objeto puede ayudarnos a intentar construir otra relación. Una auténtica relación de amor y amistad. Como la remataria Simone con cierta precaucion.
En este punto resulta especialmente pertinente recordar la afirmación de Sartre: “cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres” (Sartre, como se citó en Rodríguez García, 2022, p. 90). Rodríguez García señala después que esta concepción conduce hacia “el compromiso y la solidaridad” (2022, p. 92). Resulta difícil, entonces, reducir a Sartre a un pensador incapaz de apertura hacia los otros.
Hay, sin embargo, una diferencia real entre Camus y Sartre alrededor de la violencia. Camus insiste en el límite que la rebelión no debe franquear. Sartre teme que una moral del límite pueda dejar intactas situaciones concretas de opresión.
Un paréntesis. Hace pocos meses participé en el debate “Frantz Fanon, vida, pensamiento y legado”, moderado por Laura Faxas y en el que participamos Leopoldo Artiles y yo. Allí reapareció el problema de la violencia. Se ha sostenido que Fanon no defendía la violencia. Creo que esa formulación necesita matices. No me parece justo reducirlo a un apologista de la violencia, pero en Los condenados de la tierra, publicado en 1961, Fanon sí atribuye una función liberadora a la violencia del colonizado dentro de una situación colonial previamente constituida por la violencia. Sartre, en el prólogo que escribió para esa obra en 1961, lleva todavía más lejos la justificación de esa contra-violencia anticolonial.
Aquí marco también mi propia distancia. Hoy no justifico la violencia como principio político. En todo caso, podría concebirla solamente en una situación límite, insoportable, en la que la opresión haya cerrado las demás posibilidades. Eso no impide comprender históricamente por qué Fanon y Sartre pudieron considerarla legítima en determinadas condiciones coloniales.
Hay muchas otras críticas a Sartre fuera del texto de Raful y en otros escenarios. No sorprende: Sartre exhibió un pensamiento muy crítico y, para muchos poderes establecidos, peligroso.
Vista desde nuestro presente, la polémica resulta más fecunda si resistimos la tentación de declarar un vencedor absoluto. Camus tuvo razones poderosas para denunciar el terror revolucionario y la transformación de la historia en una nueva religión. Sartre tuvo razones poderosas para recordar que la libertad no existe fuera de las condiciones materiales, sociales y políticas en que los seres humanos actúan.
Por eso mi discrepancia con Tony Raful no consiste en disminuir a Camus. Al contrario: consiste en intentar que la grandeza de Camus no necesite una reducción de Sartre. Podemos reconocer cuánto vio Camus antes que muchos de sus contemporáneos y, al mismo tiempo, leer a Sartre desde Sartre.
Así la polémica de entonces reaparece con sangre nueva, para nutrición de nuestros queridos estudiantes.
Referencias
Raful, T. (2000). La herencia del hombre rebelde de Albert Camus. En O. Díaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 175–183). Ediciones Ferilibro.
Martínez, L. (2000). Sartre, el filósofo de la libertad. En O. Díaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 185 – 204). Ediciones Ferilibro.
Rodríguez García, J. L. (2022). Sartre. El hermoso orgullo de ser libre. Shackleton Books.
Sartre, J.-P. (1963). Crítica de la razón dialéctica (M. Lamana, Trad.). Losada.
Sartre, J.-P. (1965). Materialismo y revolución. En La república del silencio: Estudios políticos y literarios (A. L. Bixio, Trad.; 2.ª ed.). Losada.
Sartre, J.-P. (1976). Subjetividad y marxismo. En B. Brewster, R. Rossanda, G. Gera, A. Gorz, M. Macció y J.-P. Sartre, Sartre y el marxismo (2.ª ed. ampliada). Cuadernos de Pasado y Presente/Siglo XXI Editores.
Lusitania Martínez. Filósofa y feminista, profesora de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) e investigadora del Archivo General de la Nación (AGN).
Compartir esta nota
