Hace unos días vi en una entrevista al reconocido escritor y Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, Manuel Matos Moquete, en la que afirmaba que el padre del cuento dominicano, sin lugar a duda, es Juan Bosch. Su argumento se sostiene en que, antes de Bosch, lo que se denominaba “cuento” no respondía con rigor a la estructura y características propias del subgénero; se trataba, más bien, de narraciones de tradición oral, historias transmitidas de generación en generación que, aunque valiosas desde el punto de vista cultural, no alcanzaban la configuración formal del cuento moderno. Obras como Cosas añejas dan cuenta de esa literatura breve en proceso de conformación, aún distante de la arquitectura narrativa que luego consolidaría Bosch.
En esa misma intervención, Matos Moquete hizo referencia a Virgilio Díaz Grullón y estableció un análisis comparativo entre su cuentística y la de Bosch, explicando las razones por las cuales considera a este último como el verdadero fundador del cuento dominicano en su sentido moderno.
No obstante, todavía hoy persiste, en ciertos círculos literarios, el debate sobre quién puede considerarse el mejor cuentista dominicano: Bosch o Díaz Grullón.
Bosch desarrolló un tipo de cuento profundamente vinculado a la realidad social de su tiempo. Su narrativa, de lenguaje claro y preciso, se centra en lo rural, en las tensiones sociales y en la dimensión humana de los sectores más vulnerables. Su obra responde a una necesidad histórica y literaria: dar forma estructural al cuento en la República Dominicana y convertirlo en un vehículo de denuncia y reflexión.
Por su parte, Díaz Grullón introduce con maestría el cuento psicológico en el país. Su narrativa se adentra en la complejidad de la mente humana, en los conflictos internos y en las zonas más ambiguas del individuo. Esta vertiente se nutre de los avances de la psicología como ciencia desde el siglo XIX, cuyos aportes influyeron significativamente en la literatura universal, dando lugar a obras como Crimen y castigo y Grandes esperanzas, entre muchas otras, y permitiendo a numerosos autores explorar nuevas dimensiones del personaje.
Desde esta perspectiva, ponernos a decir que uno es “mejor” que el otro resulta una simplificación reductora. Ambos representan momentos y enfoques distintos dentro del desarrollo del cuento dominicano. Bosch, como bien señala Matos Moquete, puede ser considerado el padre del cuento moderno en el país por su aporte estructural y fundacional. Díaz Grullón, en cambio, amplía el horizonte del género al introducir una profundidad psicológica que enriquece la narrativa nacional.
Algunos críticos han calificado a Bosch como un escritor “simple” debido a su enfoque rural y a la aparente sencillez de su lenguaje. Sin embargo, esta visión ignora que la simplicidad estilística puede ser, en realidad, una forma de depuración literaria. Basta pensar en Juan Rulfo, cuya obra también se nutre de lo rural y lo campesino, sin que ello disminuya en absoluto su valor universal.
No se puede desestimar una obra literaria porque no se ajusta a los gustos personales. La verdadera literatura trasciende modas y preferencias individuales. En ese sentido, tanto la obra de Bosch como la de Díaz Grullón constituyen referentes imprescindibles: lecturas obligatorias para todo aquel que aspire a comprender o a cultivar el arte del cuento.
Al final, la pregunta no debería ser quién es mejor, sino qué aporta cada uno a la tradición literaria dominicana. Y la respuesta es clara: ambos, desde sus diferencias, son pilares fundamentales de nuestra cuentística.
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