“Cuando la cultura se convierte en mercancía, el espíritu se empobrece aunque el mercado prospere.”— Theodor W. Adorno.
Estamos asistiendo a la consagración global de Bad Bunny como ídolo moderno de una cultura que parece haber relajado su juicio estético y su exigencia musical. Su presencia en el escenario más visto del planeta podría considerarse un episodio más del mercado del entretenimiento. Sin embargo, su estrellato obliga a preguntarnos qué tipo de sensibilidad colectiva estamos legitimando cuando convertimos en canon aquello que apenas resiste un examen artístico riguroso.
No se trata de una cruzada moral ni de una nostalgia elitista. Si el autor disfrutó durante años de intérpretes de alta música universal, lo menciona como contraste histórico, no como credencial. Lo que está en juego es el debilitamiento progresivo del juicio crítico en nuestras sociedades.
Sería injusto negar que Bad Bunny representa a sectores que durante décadas carecieron de visibilidad en el gran espectáculo global. Jóvenes de barrios periféricos y comunidades latinas encuentran en él una voz cercana, alguien que habla su dialecto literal y simbólico sin filtros académicos. Su éxito tiene una dimensión sociológica incuestionable. Pero la pregunta de fondo no es si esa representación es legítima, sino qué ocurre cuando se convierte en criterio exclusivo de validación cultural.
¿Debe el reconocimiento simbólico anular nuestra capacidad de evaluar el contenido?
Desde una perspectiva musical básica, Bad Bunny dista de responder a criterios tradicionales de excelencia vocal. Su registro es limitado, la afinación suele apoyarse en correcciones tecnológicas y la interpretación depende en gran medida de la producción digital más que del dominio técnico del canto. Señalarlo no es un gesto clasista, sino una observación técnica verificable.
El problema no es la existencia de música centrada en el ritmo o la repetición. Es la naturalización de una renuncia casi total a la exigencia artística, como si aspirar a calidad, complejidad o rigor fuese sinónimo de atraso cultural. Cuando la excelencia comienza a percibirse como elitismo, el deterioro deja de ser estético y se vuelve civilizatorio.
Una discusión doméstica con mi hija adolescente y su pana inseparable me llevó a pensar que lo que está en juego no es solo una preferencia sonora, sino una forma de celebrar sin examen crítico a determinadas figuras mediáticas. Intenté explicarles la pertinencia del concepto de la banalización del mal desarrollado por Hannah Arendt. Arendt no entendía el mal únicamente como perversión consciente, sino como la normalización de prácticas vacías de pensamiento, aceptadas por costumbre y legitimadas por sistemas que desactivan y hacen miserables el juicio individual.
Algo semejante ocurre cuando Bunny —por ponerle un apellido— deja de ser interrogado y toda objeción se interpreta como herejía cultural. Mis chicas me declararon “hereje musical”, anclado en trovadores que su generación apenas reconoce. En esa distancia generacional hay algo más que gustos distintos; hay un desplazamiento de referentes.
No estamos ante un mal radical, sino ante una banalización progresiva del empobrecimiento simbólico. Letras repetitivas, cargadas de sexualización mecánica y lenguaje deliberadamente vulgar se consumen y celebran sin reflexión. No se trata de condenar toda ruptura estética, sino de advertir que el mercado presenta estas expresiones como inevitables y modernas, desplazando cualquier discusión sobre profundidad o calidad (ver también: https://n9.cl/l4ub3). El pensamiento se repliega; el aplauso ocupa su lugar.
Bad Bunny no es el autor consciente de esta banalización. Es uno de sus productos más acabados. Su éxito no responde a una ambición estética transformadora, sino a su adaptación perfecta a una lógica donde el impacto sustituye al contenido y la visibilidad reemplaza al mérito. El problema no reside tanto en el individuo como en el sistema que lo normaliza y lo blinda frente a la crítica, especialmente cuando genera dividendos descomunales envueltos en narrativas de reivindicación identitaria.
No estamos ante una revolución cultural. Estamos ante una regresión rentable.
Mis contertulias (mencionadas) reaccionaban con vehemencia: “¡Tú quieres que los artistas sean filósofos o modelos morales inmaculados!”. No se trata de eso. Se trata de admitir que los ídolos no son neutros; influyen, orientan, moldean imaginarios. Cuando el éxito se vincula de forma reiterada a la precariedad del lenguaje, a la ostentación sin contenido y a la ausencia de disciplina formativa, el mensaje que se filtra es muy peligroso en la medida en que afirma la creencia —y en algunos la convicción— de que no es necesario aprender, ni profundizar, ni exigirse; basta con exponerse y repetir hasta convertirse en tendencia.
No debemos convertir a Bad Bunny ni a sus iguales en símbolos incuestionables de progreso cultural. Una sociedad que renuncia a evaluar críticamente a sus ídolos termina empobreciendo su propio horizonte simbólico. La decadencia no comienza cuando surgen y se imponen expresiones ligeras y hasta insultantes a la inteligencia, sino cuando se pierde la capacidad de distinguir, de jerarquizar y de exigir algo más que entretenimiento inmediato.
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