En un planeta interconectado, atravesado por crisis políticas, sociales, ecológicas y tecnológicas que se alimentan mutuamente (policrisis), lo transido expresa una existencia marcada por la incertidumbre, la vulnerabilidad y el desarraigo. En sentido filosófico, designa una realidad herida por fuerzas y tensiones que modifican sus condiciones de habitabilidad. La humanidad se descubre transida por procesos planetarios que desbordan las fronteras y revelan la fragilidad de los vínculos que sostienen la vida (Merejo, 2023).

Bruno Latour, en Dónde aterrizar. Cómo orientarse en política (2019), estudia el panorama que caracteriza esta segunda década del siglo XXI, mediante la metáfora de un avión imposibilitado para llegar a su destino. El aeropuerto de la globalización ha dejado de ofrecer una pista viable, mientras que el regreso a lo local resulta igualmente problemático. Los pasajeros, representación de una humanidad desorientada, se acercan angustiados a las ventanillas tratando de descubrir algún territorio dónde descender sin estrellarse. Latour condensa esa sensación de impotencia en el anuncio: «Señoras y señores pasajeros, el capitán les habla de nuevo» (ibid., p. 52). La voz del capitán revela la pérdida de un suelo político, ecológico y existencial capaz de orientar el rumbo colectivo «la pista de emergencia, lo Local, también está inaccesible» (ibid.).

Este discurso filosófico, político y social, examina la desorientación provocada por la crisis ecológica e invita a replantear nuestra relación con el ámbito que habitamos. Su reflexión parte de una fractura entre las prácticas democráticas y las condiciones tangibles de la existencia. Mientras numerosos discursos continúan organizándose alrededor del crecimiento económico, la soberanía nacional y la competencia por los recursos, la Tierra responde mediante sequías, inundaciones, temperaturas extremas, pérdida de biodiversidad y desplazamientos humanos.

El filósofo vincula ese extravío con tres procesos convergentes: el aumento de las desigualdades, la desregulación económica y la negación del cambio climático. Su coincidencia revela la ruptura de un suelo común. Ciertos grupos privilegiados intentan protegerse de las consecuencias ambientales y sociales derivadas del modelo productivo que ellos mismos impulsaron.

Latour propone orientar el debate político hacia las condiciones concretas que sostienen la vida y fomentar una conciencia planetaria capaz de reconocer nuestra interdependencia ecológica, social y tecnológica. Aterrizar supone abandonar la idea de un progreso ilimitado y reconocer nuestra dependencia de los territorios, los suelos, las aguas, los organismos, las infraestructuras, los saberes y las instituciones. Esta orientación exige identificar las condiciones que sostienen la vida, las fuerzas que las amenazan y los sujetos que se benefician de su devastación.

La conciencia ante la crisis de la vida planetaria surge cuando el sujeto comprende que el deterioro de los ecosistemas, el cambio climático, las guerras, la ciberguerra y la expansión tecnológica sin responsabilidad amenazan las condiciones que sostienen la existencia. El planeta carece de conciencia sobre aquello que lo altera; corresponde al sujeto interpretar estas transformaciones, reconocer su participación en ellas y asumir el cuidado de los territorios, las aguas, los suelos y las múltiples formas de vida que comparten un destino común.

Su alcance atraviesa la democracia, la producción, la tecnología y las formas de convivencia. Comprenderlo exige reunir aquello que la modernidad separó: naturaleza y sociedad, territorio y técnica, materia e información. Como afirma Latour: «Lo que nos están arrancando tiene que ver con el arraigo, los modos de vida, el suelo y las propiedades que vemos derrumbarse» (2019, p. 22).

La reflexión adquiere mayor intensidad al abordarse desde una conciencia planetaria que comprende el mundo y el cibermundo como un híbrido planetario. El primero abarca cuerpos, ecosistemas, minerales, sistemas eléctricos, fábricas, servidores, centros de datos, satélites, dispositivos y cables submarinos. El segundo está constituido por redes, plataformas virtuales, algoritmos, bases de datos, inteligencia artificial y flujos de información. Ambos forman una unidad interdependiente: la dimensión cibernética descansa sobre soportes físicos, mientras la realidad material es registrada, administrada y transformada mediante procedimientos computacionales.

Este vínculo impide imaginar la vida virtual como una esfera suspendida fuera del planeta. Cada búsqueda en el ciberespacio, registro almacenado u operación algorítmica requiere electricidad, agua, minerales, equipos y trabajo humano. La aparente inmaterialidad de las plataformas encubre una extensa base terrestre: los centros de procesamiento demandan energía y refrigeración; los artefactos exigen litio, cobre, cobalto y tierras raras; la conectividad depende de antenas, satélites y cableado. Detrás de cualquier acción cibernética, de inteligencia artificial o digital existe, por tanto, una trama física con efectos ecológicos.

La modernidad construyó una concepción de la naturaleza basada en su separación de la sociedad y en su disponibilidad para la explotación económica, la expansión territorial y el dominio técnico. Bajo esta mirada, la Tierra fue tratada como un espacio vacío, homogéneo y apropiable, dejando en segundo plano los vínculos culturales, históricos y vitales que otros pueblos mantenían con sus lugares de pertenencia. En ese sentido, Latour afirma: «Cierta concepción de la naturaleza les ha permitido a los modernos ocupar la Tierra de una manera tal que les ha impedido a otros ocupar de manera distinta su propio territorio» (Latour, 2019, p. 97).

La afirmación revela que la ocupación moderna fue también una imposición de formas de vida, producción y conocimiento. Al convertir el suelo en propiedad y los bienes naturales en recursos explotables, se redujo la posibilidad de que otras comunidades habitaran sus territorios según sus saberes, necesidades y relaciones de pertenencia.

Latour analiza además la transformación introducida por la revolución científica en la comprensión de la naturaleza. La ciencia moderna hizo posible representar el universo con extraordinaria precisión, aunque consolidó la separación entre el sujeto cognoscente y la realidad observada. Aquella comenzó a concebirse como una exterioridad extensa, calculable y sometida a leyes universales: «La pérdida de la sensibilidad hacia la naturaleza —en el sentido antiguo del término— se convirtió en el único medio para acceder a la naturaleza como universo infinito […]» (Latour, 2019, p. 106).

Esta argumentación va acorde con su texto Políticas de la naturaleza (2004), en el que cuestiona la separación moderna entre una naturaleza concebida como realidad objetiva y una sociedad integrada exclusivamente por seres humanos. Esta división es explicada por el autor en aquello que denomina un modelo político de doble cámara: «El modelo político de doble cámara (naturaleza y sociedad) reposa sobre una doble ruptura» (Latour, 2004, p. 71). En una cámara se ubican los científicos, considerados portavoces autorizados de los hechos naturales; en la otra, los representantes políticos, encargados de expresar los intereses, valores y conflictos sociales. Tal organización impide reconocer que las ciencias, las técnicas, los seres vivos, los objetos y las instituciones participan conjuntamente en la composición de la vida común.

Frente a esa separación, Latour propone pensar la realidad como «un colectivo en vías de expansión: las propiedades de los seres humanos y no humanos con las que debe arreglárselas no están aseguradas en absoluto» (ibíd). Este colectivo carece de fronteras definitivas, pues continuamente incorpora nuevos seres, problemas y relaciones que reclaman atención política. Los virus, los animales, los ríos, las máquinas, los residuos, los algoritmos y el cambio climático dejan de concebirse como elementos exteriores a la vida colectiva y pasan a intervenir en sus decisiones. Sus propiedades tampoco se encuentran establecidas de antemano, ya que emergen y se redefinen mediante investigaciones científicas, controversias públicas y prácticas sociales.

Desde esta mirada, «no se trata de una sociedad «amenazada» por el hecho de recurrir a una naturaleza objetiva» (ibíd.; comillas internas en el original), como si naturaleza y sociedad constituyeran dos dominios enfrentados. La cuestión consiste en comprender los procesos mediante los cuales los seres humanos y los «nuevos no humanos» son «movilizados, reclutados, socializados y domesticados» (ibíd.).

Los humanos intervienen sobre las cosas, mientras estas inciden, a su vez, en las conductas, las instituciones y las decisiones públicas. Un río contaminado, una especie en peligro, un sistema informático o una fuente energética, pueden impulsar la transformación de leyes, conocimientos, hábitos y formas de producción. De este modo, la política deja de ocuparse exclusivamente de las relaciones humanas y se abre a la trama de asociaciones que sostiene la vida común.

La naturaleza deja de ser un escenario inmóvil y se convierte en una trama activa de asociaciones, disputas y transformaciones mediante la cual el colectivo compone, de manera siempre provisional, el planeta híbrido (mundo – cibermundo), que desea habitar.

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La concepción filosófica y antropológica de Latour conduce hacia una política capaz de asumir la condición híbrida compleja en la que vivimos, formada por cuerpos, máquinas, instituciones, ecosistemas y conexiones que se transforman mutuamente. Cada decisión adoptada en la esfera cibernética repercute sobre la materialidad terrestre, mientras cualquier alteración física atraviesa los circuitos informativos y modifica la vida virtual. Buscar un lugar dónde aterrizar comienza al reconocer esta interdependencia y disputar colectivamente las condiciones que hacen posible habitar la Tierra.

En la tradición filosófica, sociológica y literaria, la modernización fue concebida con frecuencia como una ruptura necesaria con el pasado. Bajo esta concepción, la tradición quedó asociada al atraso, la inmovilidad y la resistencia frente al cambio. Latour desmonta esa oposición al señalar que ninguna sociedad puede renovarse destruyendo los vínculos mediante los cuales transmite experiencias, saberes, prácticas y formas de habitar la Tierra. Lejos de constituir un legado inerte, lo heredado es una materia viva que cada generación recibe, interpreta, transforma y entrega a la siguiente:

«La perversidad del frente de modernización estriba en que, al ridiculizar la noción de tradición presentándola como algo arcaico, ha vuelto imposible toda forma de tradición, de herencia, de recuperación y, en consecuencia, de transformación; en una palabra, de generación. Y esto vale tanto para la educación de los pequeños humanos como para los paisajes, los animales, los gobiernos o las divinidades» (2019, Latour, p. 127).

La crítica de Latour revela que la descalificación de lo heredado termina debilitando la propia posibilidad de crear algo nuevo. Toda transformación parte de una realidad recibida que se recupera, se reelabora y se transmite bajo formas diferentes. Tradición e innovación pertenecen, por tanto, a un mismo movimiento dialéctico, entendido como un proceso abierto de relación, tensión y transformación recíproca.

Es por lo que, desde hace dos décadas, he asumido como estrategia discursiva la articulación entre innovación y tradición, conocimiento y experiencia, saber y sabiduría. Resulta insuficiente afirmar que vivimos en la sociedad del conocimiento, como si la información acumulada en las redes pudiera sustituir los años de estudio, investigación y reflexión. Esta tensión entre lo heredado y lo nuevo también atraviesa el lugar que ocupa el conocimiento en las sociedades actuales. Como afirma Innerarity:

Nunca el conocimiento había sido tan importante y a la vez tan sospechoso; nunca lo habíamos necesitado tanto y habíamos desconfiado tanto de él; nunca habíamos depositado tanta esperanza en el conocimiento como solución, mientras se convertía, él mismo en un problema» (Innerarity, 2022, p. 10).

Esta tensión señalada por Innerarity muestra que el conocimiento ha perdido su condición de promesa incuestionable. Sus avances pueden contribuir a resolver problemas y, al mismo tiempo, generar riesgos sociales, políticos, ecológicos y cibernéticos. Aterrizar entre la tradición y la innovación, el conocimiento y la experiencia, el saber y la conciencia significa orientar sus posibilidades mediante la responsabilidad y las formas de vida heredadas.

La novedad tecnológica adquiere sentido cuando dialoga con la memoria y el aprendizaje de quienes han dedicado gran parte de su vida a comprender estos procesos. La innovación que desprecia lo heredado corre el riesgo de convertir la velocidad en ignorancia y la actualización permanente en vacío.

Aterrizar entre la tradición y la innovación significa transformar lo heredado sin quedar desarraigados, reconociendo que toda creación se nutre de saberes, experiencias y memorias transmitidas a través del tiempo. Innovar implica reelaborar ese legado frente a las exigencias de nuestro tiempo, incorporando conocimientos científicos y avances tecnológicos sin renunciar a las raíces culturales que otorgan sentido a nuestra existencia.

Este retorno al origen, al reconocimiento de las raíces, encuentra una expresión simbólica en el viaje de Odiseo (Homero, 1984). Tras una larga travesía, regresa a Ítaca transformado por las experiencias y los conocimientos adquiridos, aunque conserva la memoria del lugar al que pertenece. Volver carece aquí del sentido de retroceder o quedar atrapado en el pasado; implica recuperar lo heredado para interpretarlo desde el presente. Como Odiseo, la modernización  puede avanzar, afrontar lo desconocido e incorporar nuevas posibilidades sin perder las raíces que le permiten orientarse y reconocerse.

De manera semejante, la modernidad puede retornar a sus raíces sin quedar encerrada en el pasado: recibe lo heredado, lo interpreta y lo renueva. Aterrizar entre la tradición y la innovación implica, como en el viaje de Odiseo, avanzar sin perder el lugar desde el cual podemos reconocernos.

Aterrizar entre la tradición y la innovación significa reconocer que ninguna transformación surge del vacío. Los saberes heredados, la experiencia acumulada y la memoria colectiva constituyen el suelo desde el cual cada generación interpreta su tiempo y crea nuevas posibilidades. En una época transida por la policrisis, la aceleración tecnológica, las guerras, la ciberguerra y el posible colapso de las condiciones que sostienen la vida, innovar exige algo más que producir novedades: demanda sabiduría, responsabilidad y conciencia de las consecuencias humanas, políticas y ecológicas de cada avance.

Homero. (1984). Odisea. OMGSA.

Innerarity, D. (2022). La sociedad del desconocimiento. Galaxia Gutenberg.

Latour, B. (2004). Políticas de la naturaleza. Arpa.

Latour, B. (2019). Dónde aterrizar: Cómo orientarse en política. Taurus.

Merejo, A. (2023). Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos. Búho.

Andrés Merejo

Filósofo

Profesor e investigador de la escuela de filosofía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD): PhD en Filosofía. Coordinador del Master Filosofía en un mundo global UASD-UPV/EHU (País Vasco). Especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad (CTS). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Premio Nacional de ensayo científico (2014). Profesor del Año (UASD). Fundador del Instituto Dominicano de Investigación de la Ciberesfera (INDOIC). Fundador del Observatorio de las Humanidades Digitales de la UASD (2015). Miembro de la Sociedad Dominicana de Inteligencia Artificial (SODIA). Miembro fundador e integrante de la Junta Directiva de la Asociación Iberoamericana de Filosofía de las ciencias y las técnicas (AIFCYT). Director de fomento y difusión de la Ciencia y la Tecnología, del Ministerio de Educación Superior Ciencia y Tecnología (MESCyT). Autor de varias obras: La vida americana en el siglo XXI (1998), Cuentos en NY (2002), Conversaciones en el Lago (2005), El ciberespacio en la Internet en la República Dominicana (2007), Hackers y Filosofía de la ciberpolítica (2012), La era del cibermundo (2015), La dominicanidad transida: entre lo real y virtual (2017), Filosofía para tiempos transidos y cibernéticos (2023), Cibermundo transido: Enredo gris de pospandemia, guerra y ciberguerra (2023), El oficio de pensar. Diálogos filosóficos (2025), vol. I y II, y Filosofía política de la inteligencia artificial. Poder, técnica y futuro humano (2026). Email: merejoandres@gmail.com

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