"No te quedes inmóvil / al borde del camino / no congeles el júbilo".  (Mario Benedetti) 

En aquellos días de los años dorados de los ochenta, que en mi memoria siguen siendo años inolvidables (sin que se entienda que me he quedado anquilosado en sus maravillosas remembranzas), el viento y los sueños, el sol y el agua fresca, la música y los bailes, los besos y las andanzas me llevaban sin bridas. Había una impetuosa alegría en mi manera de acercarme al mundo, una confianza que convertía cada camino en una promesa y cada encuentro en la posibilidad de una aventura. La juventud me prestaba sus alas sin preguntarme hacia dónde quería volar, y yo aceptaba su invitación con la despreocupación de quien todavía no conoce el peso de las despedidas. Todo sucedió como lo expresa Rubén Darío en su majestuoso poema "Yo soy aquel que ayer no más decía": "Potro sin freno se lanzó mi instinto, / mi juventud montó potro sin freno", porque "sus rosas aun me dejan su fragancia". Tiempos de carcajadas abiertas, de amaneceres claros y crepúsculos libres; tiempos en los que bastaba escuchar una canción o sentir la cercanía de unos ojos queridos para que la vida adquiriera una intensidad difícil de explicar. Todo parecía esperarme, y yo salía al encuentro de todo. 

 Aquellos años tenían la apariencia de una primavera interminable. Quizá existían sombras, pero mi mirada, enamorada de la claridad, apenas se detenía en ellas. Leía a granel, con una avidez que no distinguía entre la necesidad de saber y el placer de dejarme llevar por las palabras. Los libros abrían habitaciones secretas dentro de mí, ensanchaban mis preguntas y me enseñaban que también era posible viajar permaneciendo quieto. Valoraba la flor por su belleza y por aquel misterio silencioso que la hacía brotar sin pedir permiso. Las noches dejaban de ser simples pausas entre dos días: eran creaciones, espacios de imaginación donde una página, una conversación o un pensamiento podían mantenerme despierto hasta la llegada del alba. Entonces abría los brazos a la aurora para decirle nada y todo a la vez, como si el silencio fuera suficiente para expresar mi gratitud. 

 De aquellas lecturas nacía también el deseo de encontrar mi propia voz. Algunas palabras se quedaban resonando en mí después de cerrar un libro y me acompañaban durante las caminatas, entre el canto de la lluvia o en la quietud de la noche. Sentía que había algo por decir, aunque todavía no supiera darle una forma precisa: la emoción de una mirada, el temblor de una ausencia, la extraña felicidad de estar vivo. La poesía me enseñaba a escuchar esos movimientos interiores y a descubrir relaciones entre cosas que antes parecían distantes. Una hoja llevada por el viento podía acercarme a la idea de libertad; la corriente de un río, al misterio del tiempo. Así, mientras los días transcurrían entre encuentros y andanzas, las palabras iban reuniendo dentro de mí otra manera de vivirlos, más atenta a sus resonancias y a cuanto permanecía después de cada experiencia. 

 Fue en esos años cuando aprendí a contemplar el horizonte como quien descubre por primera vez la luz. Mirar se convirtió en una forma de participar de las cosas, de reconocer su presencia y sentir que algo de ellas también me pertenecía. El cielo, con sus nubes blancas y sus arreboles, parecía prolongar mis ilusiones; los árboles guardaban una paciencia que yo aún no comprendía, y los senderos me invitaban a caminar sin exigir una explicación del destino. Si alguna vez lloré, el recuerdo de aquellas lágrimas se ha vuelto tenue, casi invisible entre tanta claridad. Tal vez la memoria haya protegido la alegría, tal vez haya dejado que ciertos dolores se disuelvan para conservar intacta la emoción de haber sido joven. Lo que permanece es la sensación de estar ante un mundo recién abierto, cuya belleza podía conmoverme con la misma fuerza de una revelación. 

 La música tenía entonces una manera particular de habitar el cuerpo y acompañar los afectos. Una canción podía quedarse unida a una tarde, a un zaguán oloroso a yerbas recién mojadas, a una voz, y bastaba volver a escucharla para que aquel instante regresara con su luz y su temperatura. Los bailes eran celebraciones del encuentro; en ellos, la timidez encontraba cómo acercarse y las miradas se atrevían a decir lo que los labios todavía callaban. Recuerdo los besos, las conversaciones que parecían no tener final y aquellas andanzas en las que el reloj perdía autoridad sobre nosotros. No necesitábamos grandes acontecimientos para sentirnos felices: una compañía entrañable, un trillo con orillas salpicadas de diversas flores o una noche fresca podían bastar. Así fui aprendiendo el lenguaje del amor y de la amistad, entre entusiasmos, incertidumbres y pequeños gestos cuya importancia solo he comprendido plenamente con los años.  

Teníamos, además, una manera confiada de hablar del porvenir. El futuro parecía lo bastante amplio para recibir nuestros deseos, y cada conversación podía llenarse de proyectos que apenas empezaban a tomar forma. Soñábamos con lo que haríamos, con los lugares que conoceríamos y con la vida que algún día construiríamos, sin detenernos demasiado en las dificultades del camino. Había una hermosa ingenuidad en aquella confianza, pero también una energía que nos impulsaba a intentar, a salir, a descubrir.   

Hoy recuerdo con ternura esa facilidad para imaginar y la convicción con que pronunciábamos ciertas promesas. Algunas encontraron su cumplimiento; otras cambiaron con nosotros o quedaron suspendidas en la distancia. Todas, sin embargo, dieron movimiento a aquellos días y nos permitieron sentir que el horizonte estaba abierto, que nuestras decisiones podían conducirnos hacia algo digno de ser vivido. Hoy, con los pies hundidos en este presente y consciente del sabor agrio de algunos de sus días, me resulta imposible olvidar aquellas lunas y aquellas noches de amor y ternura.  

 El tiempo ha puesto otros nombres a mis preocupaciones y me ha enseñado que vivir también exige sostener ausencias, aceptar límites y atravesar jornadas en las que la esperanza debe buscarse con paciencia. Sin embargo, todavía escucho el dulce grito de la mañana que entonces me invitaba a vivir más. Todavía vuelve a mí la melodía de los ríos, la mirada edénica de la naturaleza y aquel silbido del silencio que parecía juguetear entre los capullos. Esos recuerdos llegan a veces sin aviso: en el olor de la tierra mojada, en una melodía antigua o en la claridad que entra por una ventana. Durante unos segundos, el muchacho que fui vuelve a reconocer el mundo a través de mis ojos.  

Comprendo ahora que aquella luz nacía también de mi disposición a recibirla. Había en mí una apertura, una facilidad para el asombro que hacía más luminosas las cosas sencillas. El mundo tenía sus dificultades, aunque yo no alcanzara a verlas todas; había incertidumbres, heridas y preguntas para las cuales mi entusiasmo todavía no poseía respuestas. Pero la juventud me daba valor para avanzar, y esa confianza dejó una huella que el paso del tiempo no ha conseguido borrar. Recordar los ochenta me permite reconocer el origen de muchas de mis inclinaciones: el amor por la lectura, la necesidad de contemplar, el gusto por la palabra y la búsqueda de libertad. En aquellos días comenzaron a formarse maneras de sentir y de pensar que aún me acompañan, incluso cuando la vida me obliga a revisar mis certezas.  

Por eso, cuando vuelvo a aquellos años, siento que recojo una parte de mí que merece seguir teniendo lugar en el presente. La memoria conserva rostros, voces, paisajes y emociones cuya cercanía todavía puede sostenerme en una tarde difícil. Sé que no puedo regresar a las mismas calles de mi Moca querida, a los mismos caminos angostos y resbaladizos de mi lar nativo (distrito municipal de Monte de la Jagua), y hacerlo con la misma inocencia, ni encontrar intactos todos los lugares donde fui feliz; algunas personas se han alejado, otras han fenecidos y viven únicamente en el recuerdo, y yo también he cambiado. Aun así, aquello que compartimos sigue actuando en mi vida de una manera discreta y profunda. Los libros de entonces continúan conversando con mis lecturas de hoy; los afectos me enseñaron una ternura que procuro conservar, y los caminos recorridos dejaron preguntas que todavía me hacen avanzar. Haber vivido esa alegría me permite reconocerla cuando vuelve bajo otras formas, más serenas quizá, pero igualmente capaces de conmoverme. En la juventud hubo un aprendizaje del gozo, y agradecerlo es también una manera de cuidar lo que soy.  

La luz de los años ochenta permanece en mí como permanece el calor del sol en una piedra cuando ya empieza a caer la noche. A veces basta una canción para sentirla; otras, debo buscarla entre las páginas de un libro, en una conversación querida o en el sosiego de mirar cómo cambia el cielo. Quisiera conservar de aquellos días la generosidad con que me entregaba a la vida, sin desconocer cuanto he aprendido desde entonces. Todavía hay mañanas a las que puedo abrir los brazos, flores que merecen una mirada atenta y palabras capaces de devolverme el entusiasmo.   

Todavía puedo escuchar, amar, leer y dejar que una belleza inesperada interrumpa mis preocupaciones. Ese es el legado más íntimo de aquellos años: haberme enseñado que la existencia puede sentirse con hondura y celebrarse en sus detalles. Mientras esa disposición siga viva, el muchacho de los ochenta tendrá un lugar en el hombre que hoy escribe, y ambos podrán encontrarse, por un instante, ante la misma aurora

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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