“Una mujer está sola cuando el mundo no la nombra desde su verdad.” (Aída Cartagena Portalatín)
La obra de Aída Cartagena Portalatín (Moca, 1918) ocupa un lugar axial en la literatura dominicana y caribeña del siglo XX, no solo por la amplitud de su producción —poesía, narrativa, ensayo, teatro y crítica—, sino por la coherencia ética y estética que la sostiene. Desde sus primeros textos, su escritura se configura como un espacio de conciencia crítica donde el sujeto femenino, la nación, la historia y el lenguaje se interrogan mutuamente. Aída no escribe para ornamentar la realidad, sino para someterla a una lucidez incómoda, consciente de que la palabra es siempre una forma de responsabilidad.
Ella misma lo advierte cuando escribe: “No me basta la belleza si no me nombra el mundo”, afirmación que resume su concepción de la literatura como acto ético antes que como ejercicio formal. En ese sentido, su obra inaugura una manera distinta de pensar la literatura dominicana: menos complaciente, más reflexiva, profundamente comprometida con la dignidad humana. En su poesía, Aída Cartagena Portalatín despliega una voz que transita desde la interioridad existencial hacia una conciencia histórica cada vez más abierta.
Libros como Una mujer está sola (1955), Escalera para Electra (1970), Catálogo de sueños (1969), Del sueño al mundo (1945), Mi mundo el mar (1953), La voz desatada (1962) o Víspera del sueño (1944), revelan una poética donde el yo no se repliega en el lirismo intimista, sino que se convierte en un espacio de conflicto entre el cuerpo, la memoria y el mundo. “Yo no hablo desde el silencio: hablo desde la herida”, escribe, dejando claro que la experiencia poética es también una experiencia de confrontación.
La mujer que habla en sus versos no es símbolo decorativo ni alegoría pasiva, sino sujeto pensante, interrogador, situado en una historia concreta: “He venido a decir mi nombre/ aunque me duela decirlo”. Como afirmara Rosario Castellanos, “la poesía escrita por mujeres no busca un lugar marginal, sino un lugar verdadero en el lenguaje”, afirmación que dialoga hondamente con la poética de Aída, quien convierte la experiencia femenina en una categoría crítica del mundo.
Su narrativa, particularmente en Toeya (1978) y Escalera para Electra (1970), en su dimensión híbrida, profundiza esa misma preocupación por la identidad, el poder y la memoria colectiva. Aída utiliza la ficción como un espacio de reconstrucción simbólica del pasado indígena, colonial y moderno, cuestionando los relatos oficiales de la historia dominicana. No es casual que en su imaginario reaparezca la voz ancestral silenciada: “Habla la sangre antigua que nadie quiso oír”. En este sentido, su escritura se adelanta a enfoques poscoloniales posteriores, al poner en crisis la mirada eurocéntrica y patriarcal sobre el Caribe.
Su literatura dialoga con los grandes debates del pensamiento latinoamericano y universal, sin perder su arraigo local.
Octavio Paz sostuvo que “la literatura es una forma de conocimiento histórico”, y en la narrativa de Cartagena Portalatín esa premisa se cumple con rigor y sensibilidad crítica. El ensayo ocupa un lugar fundamental en su producción, pues es allí donde la autora articula de manera explícita su pensamiento sobre la cultura, la sociedad y el rol del intelectual.
Textos como Danza, música e instrumentos de los indios de la Española (1974), evidencian a una Aída lúcida, rigurosa, profundamente preocupada por la función social del arte y por la tradición cultural y artística de sus conciudadanos a través de la historia de la nación que muy bien llegó a conocer. Aída fue una académica y estudiosa permanente de los procesos históricos de su país y de la historia universal de la humanidad. En alusión al precedente ensayo señalado, no se trata de un estudio académico distante, sino de una reflexión comprometida, escrita desde la urgencia de quien entiende que la palabra también es una forma de acción: “Callar también es una forma de traicionar”, afirma en uno de sus textos, subrayando la responsabilidad del intelectual ante su tiempo.
En este punto, su obra dialoga con la tradición crítica latinoamericana que, como señalara Simone de Beauvoir, concibe la escritura como un acto de responsabilidad frente a los otros. El teatro de Aída Cartagena Portalatín, menos conocido pero igualmente significativo, prolonga estas preocupaciones mediante el conflicto dramático. En sus piezas, la tensión entre individuo y estructura social se hace visible a través de personajes que encarnan dilemas morales, políticos y existenciales.
El escenario se convierte en un espacio de confrontación simbólica donde el lenguaje revela sus fisuras y sus posibilidades emancipadoras. “La verdad duele cuando sube a escena”, parece decirnos su dramaturgia, reforzando la idea de una obra total, donde cada género dialoga con los otros sin perder coherencia interna.
Uno de los aportes más significativos de Aída Cartagena Portalatín es su mirada sobre la condición femenina, no desde el panfleto, sino desde una conciencia crítica profundamente literaria.
Su feminismo es reflexivo, ético, atravesado por la historia y el lenguaje. No busca invertir jerarquías de manera simplista, sino desmontar los mecanismos simbólicos que han silenciado a la mujer: “No quiero el poder que imita al verdugo”, escribe, marcando distancia de toda reproducción acrítica del dominio. Como ha señalado Soledad Álvarez, Aída “pensó la escritura femenina no como una excepción, sino como una forma plena de pensamiento”, reconocimiento que subraya su papel pionero en la literatura dominicana.
En el contexto cultural dominicano, su figura representa una ruptura con el conformismo intelectual. Aída fue una escritora incómoda, vigilante, crítica del autoritarismo, del machismo y de la superficialidad cultural. Su obra se erige como una ética del decir, donde cada palabra parece medir sus consecuencias: “No toda palabra salva: algunas condenan”.
José Mármol ha señalado que la tradición literaria dominicana encuentra en figuras como Cartagena Portalatín “una conciencia que interroga el lenguaje desde su dimensión moral”, afirmación que permite comprender la profundidad de su legado. La dimensión caribeña de su obra también merece atención, pues Aída escribe desde una conciencia insular abierta al mundo.
Su literatura dialoga con los grandes debates del pensamiento latinoamericano y universal, sin perder su arraigo local. Esa tensión entre lo propio y lo universal convierte su obra en un espacio de mediación cultural, donde la identidad no es una esencia fija, sino un proceso en constante revisión: “Soy isla, pero no encierro”.
En ello coincide con la idea de Édouard Glissant de que la identidad caribeña se construye en la relación, no en el aislamiento. La vigencia de Aída Cartagena Portalatín radica en que su obra continúa interrogando nuestro presente. En un tiempo marcado por nuevas formas de exclusión, violencia simbólica y banalización del discurso, su escritura nos recuerda que la literatura puede ser un acto de conciencia y resistencia. “La palabra que no incomoda ha renunciado a su destino”, parece advertirnos.
Leerla hoy es reencontrarse con una palabra exigente, que no ofrece consuelo fácil, pero sí lucidez. Su legado no es solo literario, sino ético: una invitación a pensar, a cuestionar y a no claudicar ante la injusticia. En conjunto, la producción de Aída Cartagena Portalatín constituye un corpus coherente, profundo y necesario, donde poesía, narrativa, ensayo y teatro confluyen en una misma búsqueda: comprender la condición humana desde la dignidad del lenguaje.
Su obra no se limita a un período histórico ni a una problemática específica; es una exploración constante del ser, del poder y de la palabra. “Escribo para no aceptar el mundo tal como me lo entregan”, confiesa, y en esa declaración se condensa el sentido último de su escritura. Aída Cartagena Portalatín representa una de las conciencias literarias más altas y complejas de la República Dominicana.
Su obra, atravesada por la reflexión existencial, la crítica social y la afirmación del sujeto femenino, construye un espacio donde la literatura se vuelve pensamiento, y el pensamiento se vuelve responsabilidad. No escribió para agradar ni para ocupar un lugar cómodo en el canon, sino para interrogarlo, tensionarlo y ampliarlo. En su palabra convergen la historia y el cuerpo, la nación y la intimidad, el dolor y la lucidez.
Leer a Aída es aceptar el desafío de una literatura que no se conforma con nombrar el mundo, sino que exige transformarlo desde la conciencia. Su legado permanece como una ética del lenguaje: escribir —y leer— como quien asume el riesgo de pensar con profundidad y verdad.
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