A la par del influencia taína y de la transmutación semántica impuesta por la flora y la fauna antillanas, la fisonomía lingüística de Santo Domingo quedó sellada por una profunda sedimentación náutica. La empresa colonial no fue protagonizada por preceptores de gramática ni por cortesanos de palacio, sino por una abigarrada marinería de pilotos, contramaestres, calafates y grumetes reclutados en los puertos de Sevilla, Palos, Moguer y Sanlúcar de Barrameda. Para aquella soldadesca y marinería trasplantada al suelo insular, el único instrumental verbal disponible para aprehender el mundo era el argot de a bordo. Al descender a tierra y trocar el vaivén de las cubiertas por la brega de los hatos, las estancias y los conucos, el poblador operó una transposición metafórica de colosales proporciones: proyectó sobre el espacio terrestre, sobre la conducta moral del hombre y sobre los rigores del clima la terminología técnica de la navegación atlántica. Como bien documentó Pedro Henríquez Ureña en sus estudios magistrales sobre el español dominicano, más de medio centenar de marinerismos abandonaron el ámbito salobre para fosilizarse en la entraña del habla popular y campesina de la isla.
- En el orden del movimiento físico y las faenas cotidianas, la impronta del muelle desarticuló de inmediato los verbos patrimoniales peninsulares. El colono no tiraba de una cuerda o de una carga: halaba (articulado con la aspiración meridional jalar). Halar (jalar): Consignada por Las Casas en su función marinera inmediata —«que halasen el batel o barca»—, verbo que articulaba el tiro concertado de cabos y sirgas sobre cubierta. Aspirado tempranamente por el fonetismo andaluz occidental, jalar barrió en La Española y el Caribe con los verbos peninsulares tirar o arrastrar, aplicándose a cualquier tracción de maderos, bueyes o cargas en los conucos y los hatos. Uno de los lemas de un partido en Santo Domingo era: “ el buey que más jala”.
Quien decidía marcharse de una comarca o abandonar una tertulia no se iba: se largaba, soltando los lazos del suelo del mismo modo en que la tripulación largaba las velas para ganar el viento en la partida. El acto de comparecer o presentarse en un lugar quedó fijado en el verbo aportar, derivado de la recalada del navío en el fondeadero («ese hombre no aporta por aquí»), mientras que arribar trascendió la simple aproximación a puerto para adquirir en el campo dominicano un conmovedor matiz biológico: la convalecencia del cuerpo que recobra las fuerzas tras el azote de una fiebre («el enfermo ya va arribando»). Asimismo, el gesto de arrojar por la borda los fardos averiados o el lastre inútil consagró el verbo botar como el término general para desechar cualquier objeto inservible, despedir al dependiente de su empleo.
- . El habitante insular no apretaba o ceñía una fardería: la atrincaba, ni ponía tenso un lazo: lo atesaba, del mismo modo en que la marinería aseguraba las jarcias para capear el viento. En los campos interiores, el acto de encaramarse en la copa de un árbol o trepar un risco fragoso se bautizó con el verbo gaviar, recuerdo fósil del grumete que ascendía velozmente hacia las velas de gavia en la arboladura; mientras que la acción de suspender o descolgar un objeto o una hamaca quedó consignada bajo las formas guindar y desguindar. Toda cuerda, por sutil y menuda que fuese, pasó a llamarse soga, desechando la variedad peninsular, al tiempo que el desgaste por frotamiento en los tejidos campesinos se nombró con el término arcaico y marinero de luyir (decantación de luir o lidir). El escobén o abertura por donde salía el cable del ancla prestó su fisonomía náutica al vocablo obenque, aplicado humorísticamente en la jerga de los tahúres a los ojos o mirones indiscretos: los ojos brotados; la almohaza rústica fue sustituida por la rasqueta que raspaba el verdín del casco; y el madero corto que servía de apoyo al remo en la borda —el tolete— se transformó en sinónimo indiscutible de garrote contundente y, en una pirueta irónica de la picaresca monetaria insular, en apelativo familiar para el «peso» fuerte. Cuatrocientos años después, se puso de moda , en 1964, el merengue de Enriquillo Sánchez “ El guardia con el tolete”. Tolete: además, de la estaca recia donde pivota el remo en la borda, pasó de sinónimo de leño o garrote contundente a tildar al hombre obtuso, torpe o montarazmente terco. Ej. Ese hombre es un tolete.
Correlativamente, el naufragio y la zozobra de alta mar moldearon la percepción de la desgracia y del ocio terrenal. Quien flotaba en el agua o salía a flote de una ruina material aprendió a boyar; el que se desplomaba de cansancio o arrojaba violentamente una cosa la hondeaba o se hondeaba él mismo en el lecho como quien lanza la sonda al fondo abisal; y el menesteroso, el desprovisto de empleo o el litigante arruinado por la burocracia colonial no padecía desamparo: estaba varado, imagen exacta del casco inmóvil e inservible que la marea deja encallado sobre el banco de arena. Las disputas comunitarias y las reyertas callejeras heredaron el estrépito del aparejo militar a través de las voces zafarrancho y zafacoca.
En este corpus descuella con relieve monumental la resignificación de dos verbos vertebradores: bregar y singar. En el castellano medieval y renacentista peninsular, bregar conservaba su acepción bélica y pugilística de pelear, reñir con armas o luchar cuerpo a cuerpo en el campo de batalla. En La Española colonial, ese dramatismo de choque armado se desmilitarizó para asumir un sentido primordialmente social y económico: pasó a nombrar el afán extenuante del trabajo cotidiano, el esfuerzo físico del hombre que suda el pan y lucha a brazo partido contra la intemperie del trópico. De esta mutación nació el derivado criollo bregón (y su femenino bregona), título de honor popular para designar al trabajador incansable, al individuo batallador que no se rinde ante la adversidad.
La cúspide de esta transmutación metafórica la encarna, sin embargo, el destino insular del verbo singar. En el léxico marinero de raíz atlántica (emparentado con el francés singuer), la voz poseía una acepción técnica incontestable: la maniobra de impulsar y gobernar una embarcación menor moviendo con destreza un solo remo desde la popa, haciéndolo oscilar de un lado a otro con ritmo sostenido y cadencioso. El oído y la inventiva de la masa popular dominicana, siempre propensos a la analogía fisiológica, tomaron la recurrencia rítmica, la alternancia y el esfuerzo acompasado de ese remo zanganeando en el agua a popa para transferirlo, de manera exclusiva y categórica, al acto de la cópula sexual.
Henríquez Ureña puso así de manifiesto que el español de Santo Domingo no fue producto del azar ni de la decadencia articulatoria, sino un milagro de sedimentación histórica: una lengua que, recluida en su solar antillano, convirtió el instrumental náutico de los conquistadores en el código vital de su propia existencia, demostrando cómo una sociedad campesina y ganadera pudo seguir pensando, amando, padeciendo y trabajando bajo el pulso invisible de la marinería que la trajo al mundo.
Esta psicología náutica colonizó con igual agudeza la valoración del carácter, las emociones y el temperamento humano:
- La tensión del ánimo: El campesino ceñudo, hosco o irritado no muestra enojo; está amarrado, semejando al buque trincado con rigidez en la rada bajo la furia del temporal.
- La pérdida de rumbo: Quien disipa su vida en la desidia, el desgobierno o la falta de principios morales camina al garete, imagen exacta del casco que flota a merced del oleaje tras perder el timón y las velas.
- La pesadez y el sosiego: A la persona exasperantemente flemática, apática o tarda en sus determinaciones se le tilda de calma chicha, equiparando su carácter a la quietud siniestra del mar encalmado que asfixiaba a las naves en el trópico.
- La apostasía y el desorden: El viraje de la embarcación para cambiar de bordada suministró el verbo virarse, empleado para denunciar la deserción moral, la traición política o el simple cambio de postura; al tiempo que la acción de inclinar las vergas del navío engendró el modismo de embicar, aplicado en el ámbito tabernario al acto de empinar el codo y beber el ron a pico de botella.
En la percepción de los fenómenos atmosféricos y en la memoria de las privaciones materiales, el marinerismo suministró las metáforas más plásticas del idioma. Cuando la bruma marina cerraba el horizonte a los ojos del piloto, nacía la voz cerrazón, término que el campesino dominicano trasladó a las serranías para nombrar los nubarrones oscuros, densos y cargados de agua que preludian el aguacero torrencial. De ahí también deriva nublazón. La bodega abarrotada hasta el límite de su flotabilidad fijó el verbo abarrotar para designar cualquier estancia o almacén colmado de géneros; de bote en bote metáfora que indica saturación del puerto abarrotado; se puede caminar de un barco a otro, sin tocar el agua: y la faena militar de despejar con presteza las cubiertas retirando mamparos y cofres para entrar en combate bautizó todo alboroto, pendencia colectiva o riña tumultuaria bajo el rótulo de zafarrancho. Coronando este repertorio de zozobras, el recuerdo pavoroso de la crujía —aquel pasillo central y estrecho de la galera donde los remeros bogaban encadenados bajo el látigo del cómitre y el sol implacable— cuajó en la locución idiomática de pasar una crujía, cifra con la que el pueblo dominicano define, hasta el sol de hoy, el tránsito amargo por la escasez, el infortunio o los rigores extremos de la supervivencia.
El español de Santo Domingo se edificó, pues, como una lengua marinera varada en tierra firme. En sus bocas campesinas y en sus giros llanos, la memoria de las carabelas y galeones no murió en las costas: penetró por los valles, trepó las cordilleras y arraigó en la psique colectiva, transformando el lenguaje náutico del siglo XVI en la osamenta verbal con que la sociedad colonial aprendió a navegar su propio e insular destino.
En la vasta fábrica documental de la Historia de las Indias y en los extractos salvados del Diario del primer viaje colombino, Fray Bartolomé de Las Casas no sólo oficia de cronista del desastre demográfico y la discordia institucional; asume, con oído de consumado dialectólogo, la tarea de fijar el léxico técnico de la marinería atlántica. Como bien advirtió Pedro Henríquez Ureña en sus indagaciones cardinales sobre la génesis del español antillano, la pluma del dominico registra el momento preciso en que la jerga náutica —acotada inicialmente a la maniobra del aparejo, al fondo del lecho marino y a la bravura de los vientos— comenzaba a desprenderse de las cubiertas de las naos para sedimentarse en la memoria verbal de La Española. Con fórmulas testimoniales reiteradas —«como dicen los marineros», «llaman los marineros» o «según habla de la mar»—, Las Casas levanta un inventario razonado que ilumina la fisonomía de los hombres que trasplantaron el castellano al orbe antillano:
- Hidrografía, fondos marinos y meteorología de derrota
- Resaca: Definida por Las Casas con rigor de hidrógrafo como «las olas de la mar que quiebran o revientan en tierra o antes que lleguen a tierra». La voz aprehende el reflujo violento del oleaje costero, pasando de la rompiente litoral al caudal del habla viva como imagen del desgaste corporal, la turbación del ánimo o la secuela agónica de un quebranto físico. También se nombra el malestar producido tras una borrachera.
- Limpio: Calificativo que los mareantes aplicaban al fondo del mar o de cualquier fondeadero cuando carecía de «piedras o peñas pizarreñas que gastan o cortan los cables o amarras de las anclas». La voz transitó desde la seguridad del anclaje arenoso hacia la noción de desembarazo moral, legal y material en la vida civil.
- Basa: En íntima correspondencia con el anterior, Las Casas anota que basa significa que «el suelo es todo arena limpia de peñas, que es lo que mucho desean los marineros». El término sintetiza el anhelo primordial del navegante: hallar un lecho blando y seguro donde no zozobre el casco ni peligre la jarcia.
- El arte de navegar: Maniobra de aparejo y gobierno del velamen
- A la corda (o a la cuerda): Maniobra de suspensión y cautela que el fraile glosa con exactitud operativa: «que es no dejar hinchir las velas de viento para no andar nada». Quedar a la corda equivalía a mantener el barco al pairo en medio de la marejada, esperando el amanecer o la bonanza; de allí que en tierra el modismo se asimilara a la actitud de quien frena deliberadamente sus pasos, disimula el designio o contiene las pasiones para capear una coyuntura adversa.
- A la bolina: Estrategia náutica de navegar «dando vueltas contra el viento y la corriente para no perder lo andado». En la prosa testimonial, la frase captura la porfía de avanzar contra la resistencia de los elementos, semilla metafórica de la tenacidad con que el colono bregaba contra las adversidades del medio insular.
- Papahigo y bonetas: Nomenclatura del velamen mayor donde Las Casas consigna el detalle del navío que corre la tormenta «quedándose los navíos con el papahigo, que dicen los marineros, de la vela mayor, sacadas todas las bonetas». El papahigo —vela única, recia y desnuda a la que se despojaba de sus añadidos textiles (las bonetas) para resistir la furia del vendaval— operó como cifra del despojo material, del desamparo absoluto o de la austeridad forzosa frente al infortunio.
- La dinámica verbal de a bordo y su transposición terrestre
- Botar: Registrado por el dominico con el sentido de arrojarse, saltar con violencia o precipitarse al vacío («botaban a huir como asombrados»). La acción de lanzar la carga inútil o averiada a la mar devino en la designación vernácula indiscutible para desechar la basura, arrojar a alguien de una estancia o disipar la hacienda.
- Garrar: Maniobra fallida que el cronista explica con claridad clínica: «le garraron los navíos medio cable, que es, arrastrárnosle las anclas». El fallo del hierro sobre el fondo que deja a la nave a merced de la corriente proveyó la imagen de la pérdida de fijeza moral, el desvío de la conducta o el fracaso de una empresa que no logra aferrarse a tierra firme.
- Surgir: Utilizado por Las Casas de forma sistemática y constante a lo largo de toda su magna obra como sinónimo técnico de fondear o echar anclas en la rada, antes de que el castellano metropolitano restringiera el vocablo a su posterior acepción de brotar o emerger.
- Arquitectura naval y morfología litoral
- Cala: Designada por el fraile como la «entrada angosta que entra el agua del mar en la tierra», fijando en la toponimia costera la ensenada reparada del embate de las olas. Topónimo: la caleta, pequeña cala.
- Tipología de las embarcaciones: La obra lascasiana establece el escalafón riguroso de las maderas que surcaron el Atlántico, deslindando la pesada y corpulenta carraca, la nao de carga y combate, la ligera y maniobrable carabela de los descubrimientos, y el menudo batel, esquife auxiliar que operaba de puente obligado entre la nave capitana y las playas insulares.
- En la arquitectura de las naos y carabelas de la era del descubrimiento, el carajo designaba la canastilla o cofia de vigía encaramada en la cúspide del palo mayor. Por hallarse en el punto de mayor oscilación de la arboladura, batido a la intemperie por los vientos, el frío o el sol canicular del trópico, constituía el rincón más inhóspito de la nave; de ahí que los oficiales enviaran allí a los marineros díscolos o negligentes como sanción disciplinaria, naciendo la orden imperativa y punitiva: «¡Vete al carajo!». Era allí donde se hallaba Rodrigo de Triana, cuando, tras una calma chicha, columbro una bandada de guaraguaos, y las costas de Guanani, y grito : tierra.
- En el habla dominicana contemporánea, el término perdió su referente maderero original para cristalizar como una enérgica interjección de expulsión, cólera o repudio («¡mándalo al carajo!»), al tiempo que se consolidó en la toponimia metafórica popular para indicar la lejanía geográfica inaccesible o el desamparo absoluto («eso queda en el mismísimo carajo»)
El catálogo de agravios del habla dominicana exhibe una inconfundible filiación de cubierta, donde la aspereza del régimen disciplinario y la jerarquía de a bordo suministraron la munición verbal del insulto civil:
- Chusma: En las galeras imperiales nombraba a la masa encadenada de remeros forzados y galeotes; en tierra transmutó en el estigma clasista para descalificar a la plebe soez o al grupo desprovisto de modales.
- Morralla: De la pesca menuda, espinosa e inservible desechada en el fondo de las redes, pasó a catalogar a la gente ruin, desechable y de escasa valía social.
- ¡Lárgate!: De la orden de aflojar las jarcias y soltar las amarras para ganar el viento, decantó en la conminación expeditiva y colérica para expulsar a un intruso.
- Botarate: Entroncado con la acción de alijar o arrojar la carga inútil por la borda (botar), fijó en las Antillas el reproche al manirroto, atolondrado y despilfarrador del dinero.
- Desgaritado: De la nave que perdía el rumbo y se apartaba de la derrota de la flota, devino en el calificativo del sujeto que anda a la deriva moral, disperso, prófugo o sin gobierno vital. Desgaritarse: A partir del sustantivo garete, mediante la adición del prefijo des- y la desinencia verbal -ar / -itar, la gente de mar forjó el verbo desgaritarse, cuyo significado náutico original era ‘perder el rumbo el navío’, ‘extraviarse de la ruta’ o ‘desviarse impulsado por el temporal’.
- Sorrastrado: Nacido de la sorra —el lastre de arena gruesa y grava infecta que yacía en lo más hondo de la sentina—, selló el insulto contra el individuo desaseado, vil, rastrero o degradado.
Para rematar esta glosa nos referiremos finalmente a tres dominios, muy presente, en la lengua cotidiana
En el orden del tránsito físico y la alteración material, las maniobras de la nave se transfirieron a las mecánicas del cuerpo y de las cosas: apiarse (o apearse), que en el habla marinera designaba el descenso desde el buque o la escala a tierra, pasó a nombrar el descabalgar de cualquier cabalgadura o vehículo; arribar, de la recalada o entrada de la nave al puerto, mudó en la llegada genérica y, por derivación analógica con la bonanza, en el recobro de la salud; virarse trasladó la maniobra del cambio de bordada o de rumbo al hecho de mudar repentinamente de parecer o revolverse con hostilidad contra un semejante; y desarbolar (asimilado popularmente en desbaratar), que expresaba el despojo violento de mástiles por el vendaval, se fijó en la acción de fracturar, descomponer o volver pedazos cualquier objeto.
En el ámbito de las oscilaciones anímicas y la afección moral, el sujeto criollo retrata sus turbaciones a imagen de la intemperie oceánica: estar atortoleado (o atortojado) proyecta el aturdimiento y desconcierto del individuo sobre la imagen de la nave sacudida y sin gobierno frente a la marejada; mientras que engorgonearse (o enforforarse) calca la irritación colérica en el gorgoteo, encrespamiento y borbollón de las aguas espumosas al estrellarse; contrapuesto al estado de estar boyante, donde la holgura espiritual o económica reproduce la prestancia de la boya o del casco que flota desahogado sobre el nivel del mar.
Por último, en la esfera de la maniobra económica y la subsistencia doméstica, la brega cotidiana adquiere la fisonomía de un derrotero de incertidumbre: embarcarse, del acto arriesgado de ganar cubierta para cruzar el Atlántico, cristalizó en el arrojo imprudente a una transacción precaria o deuda onerosa; en tanto que bandeárselas retuvo el arte náutico de gobernar el timón frente a los bandazos del oleaje para transformarse en la destreza del criollo desamparado que se las ingenia, con maña y pulso firme, para esquivar el naufragio de la estrechez cotidiana.
El análisis de estos marinerismos en la obra de Fray Bartolomé de Las Casas confirma que la lengua de La Española no se gestó en los gabinetes escolásticos ni bajo los preceptos de las gramáticas latinas; nació en las amarras del batel, en la zozobra del ancla que garra sobre el fondo y en la resistencia del papahigo ante la cerrazón del cielo. Al transmutar estos tecnicismos en el pan de la conversación cotidiana, Santo Domingo no hizo sino consagrar la vocación atlántica de su destino: una sociedad que, aun internándose en los valles del Cibao o en las serranías del Bahoruco, jamás renunció a nombrar los avatares de la existencia terrena con el vocabulario heroico y salobre de los hombres de la mar.
Referencias bibliográficas
- Las Casas, B. de. (1552/2022). Brevísima relación de la destrucción de las Indias (Edición, introducción y notas de T. Barrera). ePubLibre / Titivillus. (Trabajo original publicado en 1552 por Sebastián Trujillo).
- Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro I). ePubLibre. (Trabajo original redactado entre 1527 y 1561; edición digital basada en la edición del Marqués de la Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, Imprenta de Miguel Ginesta, 1875).
- Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro II). ePubLibre. (Edición digital basada en la edición de M. Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, 1875).
- Las Casas, B. de. (1561/2022). Historia de las Indias (Libro III). ePubLibre. (Edición digital basada en la edición de M. Fuensanta del Valle y J. Sancho Rayón, 1875).
- Henríquez Ureña, P. (1940/1975). El español en Santo Domingo (2.ª ed.). Editora Taller / Biblioteca Nacional. (Trabajo original publicado en 1940 como el Vol. V de la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Instituto de Filología, Universidad de Buenos Aires).
- Henríquez Ureña, P. (2003). Estudios lingüísticos y filológicos (Obras completas, Tomo IV; I. Pérez Guerra, Ed.). Editora Universal / Secretaría de Estado de Cultura.
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