Hay películas que uno disfruta mientras las ve y olvida apenas aparecen los créditos. Otras permanecen dando vueltas en la cabeza durante días. Pero, muy de vez en cuando, aparece una obra que provoca algo todavía más extraño: hace que uno quiera volver a escuchar música.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió con Sinners, la nueva película de Ryan Coogler.

Salí del cine sin buscar otra película. Busqué a Robert Johnson. A Son House. A Charley Patton. A Howlin’ Wolf. A Muddy Waters. Quería regresar al origen de un sonido que creía conocer y que, gracias a Coogler, entendí de una manera completamente distinta.

Porque Sinners no es solamente una película de terror.

Ni siquiera creo que sea una película sobre vampiros.

Es una película sobre el blues.

Sobre esa música nacida entre el dolor, la esperanza y la supervivencia. Esa música que Estados Unidos convirtió en patrimonio universal después de haber ignorado durante décadas a quienes la crearon. Ryan Coogler entiende algo que muchas películas olvidan: antes de existir el rock, el soul, el funk, el rhythm and blues, el pop e incluso el hip-hop, ya existía el blues.

Y sin blues probablemente no existiría ninguno de ellos.

Mientras veía la película no podía dejar de pensar que, en realidad, estaba asistiendo al nacimiento de toda la cultura pop que marcó nuestra generación.

Porque si seguimos el árbol genealógico de la música, todas las ramas terminan conduciendo al mismo lugar.

Los Beatles encontraron inspiración en Chuck Berry, pero Chuck Berry venía del blues. Los Rolling Stones tomaron incluso su nombre de una canción de Muddy Waters. Eric Clapton construyó una carrera estudiando a B.B. King. Led Zeppelin convirtió viejos riffs de blues en himnos del rock. Jimi Hendrix expandió ese lenguaje hasta llevarlo a otra dimensión. Prince mezcló funk, soul y blues para crear un universo propio. Michael Jackson heredó esa tradición rítmica para transformarla en pop. Incluso artistas tan distintos como Beyoncé, Kendrick Lamar o Jack White siguen dialogando con esa misma raíz.

No importa cuánto cambien los géneros.

El río siempre desemboca en el mismo lugar.

Y Coogler lo sabe.

Por eso Sinners nunca utiliza la música como un simple acompañamiento emocional. La convierte en el corazón de la historia. Cada interpretación parece invocar algo antiguo, casi sagrado. No escuchamos canciones; asistimos a un ritual donde la memoria colectiva se transmite de generación en generación.

Es imposible hablar de la película sin detenerse en una de sus secuencias musicales más memorables. No entraré en detalles para no arruinar la experiencia de quienes aún no la han visto, pero basta decir que pocas veces el cine reciente ha logrado condensar en unos cuantos minutos tantos siglos de historia musical. Coogler derriba las barreras del tiempo y nos recuerda que ningún género nace aislado. El blues conversa con el gospel, este con el jazz, el jazz con el rock, el rock con el funk, el funk con el hip-hop y todos terminan encontrándose en un mismo latido.

Mientras veía esa escena pensé que el cine estaba haciendo exactamente lo que solo el gran arte consigue hacer: convertir la historia en emoción.

Y entonces comprendí que los vampiros eran otra cosa.

Desde Bram Stoker hasta el cine contemporáneo, el vampiro ha representado muchas obsesiones humanas: el deseo, la inmortalidad, el miedo al otro. Pero Coogler parece utilizar esa figura para hablar de una historia mucho más concreta. El vampiro es aquello que necesita alimentarse de la vida ajena para sobrevivir.

¿No ha ocurrido algo parecido con la música afroamericana?

Durante décadas, artistas negros inventaron sonidos que otros convirtieron en fenómenos comerciales. El blues viajó por el mundo, transformó la industria musical y cambió para siempre la cultura popular, mientras muchos de sus creadores permanecían atrapados en la pobreza, el anonimato o el reconocimiento tardío.

No se trata de afirmar que toda influencia sea un robo. La historia de la música siempre ha sido un diálogo permanente entre culturas. Pero también es cierto que ese diálogo no ocurrió en igualdad de condiciones. Muchas veces el reconocimiento, el dinero y la gloria viajaron por un camino distinto al de quienes sembraron las primeras semillas.

Y Sinners parece recordarnos precisamente eso.

Que la cultura también tiene memoria.

Que el arte también carga cicatrices.

Que detrás de cada éxito mundial suele existir una historia que casi nadie cuenta.

Permítanme abrir un paréntesis.

Con frecuencia escucho decir que Sinners es una película de terror o, en el mejor de los casos, una extraordinaria película de género. Personalmente, creo que esa etiqueta se queda corta. Sí, utiliza los códigos del terror, pero solo como un lenguaje. Lo que realmente construye Ryan Coogler es una mirada profundamente arraigada en la experiencia afroamericana. Cada símbolo, cada canción, cada conflicto espiritual y cada herida histórica nacen de una memoria colectiva específica. Cambia la experiencia histórica y cambian también los monstruos, las metáforas y las preguntas. Por eso prefiero pensar Sinners como una película de perspectiva negra que utiliza el terror para contar una historia que ningún otro lenguaje podría expresar con la misma fuerza.

Cierro el paréntesis.

Ryan Coogler lleva años preparando una película como esta.

Desde Fruitvale Station hablaba de vidas atravesadas por la violencia estructural. En Creed transformó el cine deportivo en una reflexión sobre la herencia. En Black Panther utilizó el universo de Marvel para discutir la diáspora africana, el colonialismo y la identidad. Con Sinners alcanza, quizás, su obra más personal.

Ya no necesita esconder sus ideas detrás del espectáculo.

Ahora consigue que el espectáculo sea la idea.

Su puesta en escena acompaña esa intención con una madurez admirable. La fotografía parece cubierta por el polvo del Delta del Mississippi. La luz tiene textura. La noche respira. La música no ilustra las imágenes: las posee. Incluso los silencios pesan. Hay momentos en los que la película parece menos interesada en provocar un sobresalto que en celebrar una ceremonia. Como si cada plano fuera una invocación a quienes hicieron del blues una forma de resistencia.

Y entonces comprendí que Sinners tampoco habla únicamente del pasado.

Habla de nosotros.

Porque la mayoría crecimos creyendo que Elvis inventó el rock, que los Beatles cambiaron la música para siempre, que Michael Jackson revolucionó el pop o que Prince creó un sonido completamente nuevo.

Todo eso es cierto.

Pero ninguno de ellos apareció en el vacío.

Todos heredaron un idioma que alguien había empezado a escribir mucho antes.

El blues es ese idioma.

Es la raíz invisible de la cultura popular.

Sin él no existirían los Rolling Stones. Ni Led Zeppelin. Ni Aretha Franklin. Ni Otis Redding. Ni Stevie Wonder. Ni Marvin Gaye. Ni Whitney Houston. Ni Michael Jackson. Ni Prince. Ni Beyoncé. Ni Kendrick Lamar.

Todos, absolutamente todos, beben del mismo río.

Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Sinners.

No pretende enseñar historia con la solemnidad de un documental.

La hace cantar.

La hace bailar.

La hace sangrar.

Cuando salí del cine comprendí que Ryan Coogler no había filmado una película sobre vampiros.

Había filmado una carta de amor al blues.

Había construido un homenaje a los hombres y mujeres que transformaron el dolor en belleza y terminaron cambiando la historia de la música sin imaginar que algún día sus acordes sonarían en todos los rincones del planeta.

Quizás esa sea la razón por la que Sinners emociona tanto.

Porque, al igual que ocurrió con Michael, no habla únicamente de un personaje o de una época. Habla del nacimiento de un legado. De esa cadena invisible que conecta a un músico anónimo tocando una guitarra gastada en el Delta del Mississippi con un estadio repleto coreando una canción de Michael Jackson, Beyoncé o los Rolling Stones.

Uno pone la primera piedra.

Otro construye la catedral.

Y generaciones enteras terminan habitándola sin preguntarse quién colocó los cimientos.

Sinners nos obliga a mirar hacia abajo, hacia esas raíces profundas que sostienen todo el edificio de la cultura popular.

Salimos del cine creyendo que hemos visto una gran película de terror.

En realidad, acabamos de asistir a un acto de memoria.

A un blues filmado.

Y pocas cosas pueden ser más poderosas que eso.

Gustavo A. Ricart

Cineasta y gestor cultural

Soy cineasta, gestor cultural y crítico en formación. Desarrolló mi carrera entre la creación audiovisual y el pensamiento crítico, combinando la práctica artística con estudios universitarios en Historia y Crítica del Arte. Actualmente cursa una maestría en Gestión Cultural, con el firme propósito de contribuir a la vida pública desde la reflexión estética y el análisis sociocultural. En paralelo, colabora activamente en proyectos que buscan descentralizar el acceso a la cultura y revalorizar nuestro patrimonio.

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