A propósito del estreno del filme Proyecto fin del mundo dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, y protagonizada por Ryan Gosling, podemos inferir que el cine de ciencia ficción contemporáneo ha encontrado en la figura del astronauta solitario una poderosa metáfora filosófica de la condición humana.

Otras películas como Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Atlas (Brad Peyton, 2024), Spaceman (Johan Renck, 2024) e Interstellar (Chistopher Nolan, 2014) configuran un corpus donde el espacio exterior funciona como un laboratorio que muestra la verdad de la condición humana cuando se expone a un contexto extraño, ajeno y difícil a su propia naturaleza.

En estas narrativas, el aislamiento cósmico permite explorar una pregunta antigua: ¿qué significa ser humano cuando toda referencia social desaparece y el individuo se enfrenta al universo en su escala más indiferente?

La soledad en estas obras no es simplemente circunstancial, sino estructural. Los protagonistas despiertan (puede ser literal o metafóricamente) en un estado de abandono que recuerda la noción existencialista de “arrojamiento” descrita por Martin Heidegger cuyo trabajo influyó en la fenomenología, filosofía contemporánea y en campos como la arquitectura, la crítica literaria, la teología y las ciencias cognitivas.

El astronauta que despierta sin memoria en Project Hail Mary, el científico que cuida las últimas plantas en Silent Running o el astronauta perdido en The Martian encarnan esta condición: sujetos que descubren que han sido lanzados a una situación límite donde la supervivencia exige una redefinición radical del yo.

La misión como respuesta al absurdo

El novelista y ensayista francés Albert Camus ya describía al ser humano como un ser que busca significado en un universo indiferente; las misiones que impulsan estas narrativas como salvar al Sol, encontrar un padre perdido, preservar la vida terrestre o colonizar nuevos mundos, funcionan como respuestas al absurdo.

Incluso en obras iniciales como 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick y Solaris (1972) de Andrei Tarkovski, el viaje cósmico aparece como un intento humano de comprender un orden del universo que permanece, en gran medida, enigmático.

Sin embargo, estas películas no celebran únicamente el heroísmo individual.

En ellas, la misión siempre está vinculada a la supervivencia o continuidad de la humanidad. Tanto Interstellar como Project Hail Mary sitúan a sus protagonistas en la frontera entre el sacrificio personal y la salvación colectiva, mientras que The Martian presenta la supervivencia individual como una afirmación de la inteligencia humana.

El astronauta se convierte así en una figura que puede estar en un estado liminal (entre una cosa y otra), un individuo aislado que, paradójicamente, representa a toda la especie.

Por ejemplo, la experiencia del aislamiento también produce una intensificación de la vida interior.

  • En Spaceman, el protagonista dialoga con una criatura que podría ser real o una manifestación de su propia psique. La soledad cósmica funciona como una cámara de resonancia donde los pensamientos, recuerdos y culpas adquieren una densidad casi física.
  • Del mismo modo, Ad Astra transforma el viaje espacial en una travesía psicoanalítica. Roy McBride no solo busca a su padre en los confines del sistema solar; busca también reconciliarse con una herencia emocional marcada por el abandono.
  • En contraste, Gravity radicaliza la experiencia del presente. La protagonista lucha por sobrevivir en un entorno donde cada segundo puede ser el último, reduciendo la existencia a una serie de decisiones inmediatas.

Tecnología y fragilidad humana

La tecnología desempeña un papel ambiguo en estas narrativas. Las naves, trajes y sistemas de inteligencia artificial son extensiones del cuerpo humano, pero también recordatorios de su fragilidad.

En Atlas, la protagonista depende de una armadura robótica para sobrevivir, estableciendo una relación simbiótica que anticipa debates contemporáneos sobre el transhumanismo y la integración entre mente y máquina.

Sin embargo, estas películas también muestran que la tecnología no puede sustituir completamente la dimensión relacional del ser humano.

Incluso en los entornos más automatizados, los protagonistas buscan contacto: con otros humanos, con inteligencias artificiales o incluso con formas de vida desconocidas. Esta necesidad de relación sugiere que la identidad humana se construye siempre en diálogo con el otro.

Ética y responsabilidad ecológica

Observando más de cerca a Silent Running, nos encontramos que este diálogo adopta una dimensión ética y ecológica. El científico que protege las últimas especies vegetales de la Tierra se enfrenta a una decisión moral que trasciende la supervivencia humana inmediata. Aquí el espacio exterior se convierte en un escenario para replantear la responsabilidad ética hacia la vida en todas sus formas, anticipando preocupaciones contemporáneas de la filosofía ambiental.

A su vez, The Martian introduce una dimensión pragmática y casi ilustrada en este panorama existencial. El protagonista sobrevive gracias a la ciencia, la ingeniería y el pensamiento racional, encarnando una confianza profundamente moderna en la capacidad humana para resolver problemas mediante el conocimiento. Frente al vacío del cosmos, la razón se presenta como herramienta de resistencia.

Interstellar amplía el horizonte filosófico al situar el amor y la memoria como fuerzas capaces de atravesar incluso las dimensiones del espacio-tiempo. Esta idea sugiere que ciertas experiencias humanas poseen una persistencia que desafía las limitaciones físicas del universo, planteando una visión del ser humano definida no solo por su inteligencia, sino también por su capacidad de vínculo emocional.

El astronauta como metáfora de la existencia

Lo que emerge de este conjunto de películas es una imagen del astronauta como figura existencial por excelencia. Desde el ingenio pragmático de The Martian hasta las dimensiones metafísicas que el cine de ciencia ficción ha explorado históricamente, como ocurre también en 2001: A Space Odyssey y Solaris, cada misión puede entenderse como una metáfora de la vida humana: una travesía incierta en un universo que no ofrece respuestas predefinidas.

Todas estas obras que hemos señalado sugieren que la verdadera exploración del espacio es también una exploración del ser.

Al situar a sus protagonistas frente al silencio del cosmos, el cine de ciencia ficción revela una paradoja central: cuanto más vasto se vuelve el universo, más urgente se vuelve la pregunta por lo que significa ser humano dentro de él.

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Félix Manuel Lora

Profesor de cine

Periodista, crítico de cine, catedrático e investigador. https://cinemadominicano.com/author/fmlora/

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