Hay películas que uno ve y sigue su camino, y hay otras que no se dejan abandonar tan fácilmente. Colosal pertenece a ese segundo grupo: una película que no recurre al grito ni a la conmoción fácil, sino que se instala con calma en un lugar incómodo, el de la memoria familiar atravesada por la violencia y los conflictos políticos.

Asistí a una de sus proyecciones dentro del Festival de Cine Global Santo Domingo, organizado por FUNGLODE, institución que preside el expresidente de la República, doctor Leonel Fernández. La sala estaba llena. No se trataba de una presencia distraída: había silencio, atención, una especie de recogimiento que no siempre se da en este tipo de funciones. Antes de que la película comenzara, parecía como si el público sintiera que no iba a ver algo ligero.

La experiencia de ver Colosal

Fui a ver Colosal sin saber de qué se trataba. Era un estreno dentro del festival y no llevaba conmigo un marco previo ni una expectativa definida. No iba buscando confirmaciones ideológicas ni respuestas cerradas; iba, simplemente, a ver una película. Tal vez por eso —o precisamente por eso— salí conmovido. No conmovido en el sentido fácil de la palabra, sino tocado, removido por una historia que no se cuenta desde la distancia.

El documental parte de un hecho brutal de nuestra historia: el asesinato de Amín Abel Hasbún, ejecutado por la policía en su propia casa, con su esposa embarazada y su hijo pequeño presentes, durante uno de los gobiernos de Joaquín Balaguer. Pero la película no se queda ahí. No se regodea en el hecho ni lo convierte en una escena ejemplarizante. Lo que hace es seguir el rastro de ese crimen en el tiempo, observar cómo sus efectos se infiltran en una familia, cómo reaparecen en conversaciones, silencios, fotografías, recuerdos incompletos.

Uno de los grandes aciertos del filme es su forma de organizar el relato. Colosal se construye a partir de un árbol genealógico que funciona como línea de tiempo, pero no como una cronología ordenada. Aquí la memoria no avanza en fila india: se bifurca, se detiene, vuelve atrás. Una fotografía conduce a un testimonio; un testimonio abre una grieta; la grieta obliga a mirar otra vez.

Las entrevistas —familiares de distintas generaciones— no están montadas para producir una verdad única. Y eso se agradece. Hay versiones que se superponen, recuerdos que no coinciden del todo, emociones que todavía no encuentran palabras y silencios que pesan. La directora no interviene para corregir ni para cerrar. Deja que la memoria haga su trabajo, con todas sus imperfecciones.

La directora como sujeto implicado

Nayibe Tavárez Abel, la directora de Colosal.

Hay además un rasgo conceptual y estructural que atraviesa todo el documental y resulta fundamental para entender su fuerza: Colosal no es una película sobre un acontecimiento observado desde fuera. No hay aquí una directora situada en una posición omnisciente, externa, que filma una historia ajena. La directora forma parte de lo que está contando. Ella no solo investiga esa memoria: está implicada en ella.

La cámara la acompaña, la sigue, la muestra presente en los recorridos, en las entrevistas, en los silencios. Su cuerpo está ahí, su voz está ahí, su mirada está ahí. Eso cambia radicalmente el estatuto del relato. Lo que vemos no es una reconstrucción objetiva del pasado, sino una búsqueda desde dentro, atravesada por heridas que también le pertenecen. Ella es, al mismo tiempo, investigadora y parte de la historia; sujeto que pregunta y sujeto herido por las respuestas.

Esa decisión no debilita el documental; lo fortalece. Colosal no pretende una objetividad imposible, sino una honestidad radical. Lo que se narra ocurre desde la conciencia de alguien que pertenece a esa memoria y que, al revisitarla, se expone también a sus fracturas.

Entrevistas, memoria y deterioro

Desde el inicio del filme, la directora plantea una idea que funciona como columna vertebral de toda la película: la memoria es como una fotografía que, con el tiempo, se deteriora, se diluye, pierde nitidez. Esa afirmación no queda en el plano teórico; Colosal se encarga de demostrarla en acto.

Las entrevistas están provocadas ex profeso para que esa idea se encarne en los testimonios. Cuando la directora pregunta quién fue Joaquín Balaguer, las respuestas revelan una memoria fragmentada, erosionada, a veces inquietantemente complaciente. Muchos —sobre todo los más jóvenes— no saben responder con claridad; otros lo recuerdan como “un buen presidente”, repitiendo fórmulas que el tiempo ha ido puliendo hasta borrar las aristas más incómodas.

En contraste, cuando se pregunta por Amín Abel Hasbún, quienes vivieron aquella época recuerdan con precisión: fue asesinado durante el régimen de Balaguer. Ahí no hay confusión. Hay memoria viva. Los que no vivieron esa época, o no han sido lectores de la historia, responden encogiéndose de hombros, con los rostros marcados por la ignorancia.

La directora no corrige ni impone una verdad desde fuera. Deja que las contradicciones hablen por sí solas. Y en esas respuestas dispares —a veces ingenuas, a veces alarmantemente elogiosas— se confirma lo que ella había advertido desde el comienzo: la memoria se acomoda, se desgasta, se vuelve selectiva, como una fotografía antigua que pierde contraste mientras conserva solo aquello que conviene recordar. El documental no solo habla de la memoria: la pone en evidencia.

El agua como leitmotiv y el pulso del montaje

El cadáver de Amín Abel quedó tendido en las escaleras de su vivienda.

Uno de los hilos simbólicos más persistentes y mejor trabajados del documental es el del agua, que aparece reiteradamente como leitmotiv. No surge de manera decorativa; cada aparición cumple una función precisa dentro del ritmo narrativo.

Primero vemos a la directora de espaldas al público, detenida frente al mar, mirando la vastedad del océano. Es una toma que se sostiene, como si estuviera pensando por dónde comenzar, midiendo la magnitud de lo que tiene delante. Ese plano inicial es casi una declaración de método: la memoria es inmensa y, antes de entrar en ella, hay que detenerse, mirar, dudar.

Luego se le ve nadando en la superficie. Todavía no se hunde. Avanza, se desplaza, como quien inicia una búsqueda sin saber exactamente qué va a encontrar. Más adelante aparece buceando, descendiendo ya en el agua, hurgando en profundidad. Nunca se le ve tocando fotografías con las manos cuando está en el agua; lo que vemos son imágenes deterioradas que flotan o reposan en el fondo del mar, recuerdos que existen pero que no siempre pueden ser alcanzados. Ella busca. Las fotos están ahí, pero no se poseen del todo.

Hacia el final, el motivo del agua regresa una vez más. El mar aparece quieto, amplio, con leves ondulaciones. El mensaje queda claro: la memoria no se agota; el agua permanece.

Conclusión

Colosal es un documental valiente, sensible y formalmente creativo. No busca cerrar la historia ni ofrecer respuestas definitivas. Su apuesta es otra, más arriesgada: mostrar cómo la violencia política se filtra en la vida cotidiana, cómo deja marcas que no siempre se pueden nombrar y cómo el pasado sigue respirando en el presente.

Al concluir la proyección, la sala aplaudió. Fue un aplauso sostenido, sentido, que funcionó como un homenaje espontáneo no solo a la película y a su directora, sino también al equipo técnico y humano que hizo posible ese trabajo. No siempre ocurre. Ese aplauso confirmó que Colosal no pasó inadvertida y que tocó algo en quienes estuvimos allí.

Conviene señalar, además, que Colosal no es solo el resultado de una voluntad autoral, sino también de una red de apoyos culturales e institucionales que hicieron posible su desarrollo y circulación. La directora reconoce como aliados fundamentales a la Escuela de Cine de Altos de Chavón, el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, la Dirección General de Cine (DGCINE), el Moulin d’Andé y el programa Ibermedia, cuyos aportes fueron decisivos para que este proyecto pudiera madurar con rigor, independencia y alcance internacional.

Sobre la directora

Nayibe Tavares-Abel es una cineasta dominicana dedicada al cine de no ficción y al documental de investigación. Antes de formarse en dirección cinematográfica, estudió Ciencias Políticas y Lengua Francesa, base académica que se refleja en el rigor histórico y la sensibilidad ética con que aborda sus proyectos. Colosal es su largometraje documental y ha tenido un destacado recorrido internacional en festivales como la Berlinale, Cinéma du Réel, Hot Docs y Sheffield Doc/Fest.

Sobre el autor del articulo

Carlos Sánchez es ensayista, gestor cultural, crítico cultural y articulista dominicano. Ha desarrollado una labor sostenida en el análisis de cine, teatro, literatura y pensamiento político, con especial interés en los vínculos entre memoria, historia y cultura.

Ficha técnica

Título: Colosal
Dirección: Nayibe Tavares-Abel
País / Año: República Dominicana, 2025
Género: Documental

Música:
Y tú, ¿qué has hecho?”, poema de Eusebio Delfín, en arreglo original de Gus Rodríguez para la película, interpretado por músicos de la banda Mache Mache.

Tema: Memoria histórica y violencia política
Contexto: Régimen de Joaquín Balaguer

Festivales:
Berlinale 2025 (Forum), Cinéma du Réel (París), Hot Docs (Toronto), Sheffield Doc/Fest (Reino Unido).
Exhibida en el Festival de Cine Global Santo Domingo

Carlos Sánchez

Escritor

Carlos Sánchez es escritor.

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