Mi formación profesional se inició en las aulas del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental, anteriormente conocido como ITECO y hoy denominado UTECO, donde cursé la licenciatura en Educación, mención Ciencias Sociales. Durante esta etapa, recibí las orientaciones de destacados docentes como: Antonio Rosario, Tomás Aquino Cruz, José Altagracia Espino, Jesús María de León López, Julio Mendoza, Manuel Vásquez Belén, Ramón Antonio Pérez Otáñez (Polo) y Emilio Suárez, entre otros, quienes contribuyeron de manera decisiva a fortalecer mi interés por la historia, aun cuando mi primera afinidad había sido con la literatura.
En este entorno académico, y en diálogo constante con la lectura y la reflexión, entré en contacto con la obra cinematográfica de René Fortunato, la cual ejerció una influencia significativa en mi comprensión del devenir nacional. Sus documentales, caracterizados por un riguroso ejercicio de síntesis histórica y una sostenida búsqueda de imparcialidad, ofrecieron una mirada profunda sobre episodios de alta trascendencia para la República Dominicana. Gracias a este acercamiento, desarrollé una perspectiva más amplia y crítica sobre los procesos históricos, entendidos no solo como sucesos aislados, sino como narrativas complejas que configuran la identidad colectiva.
Así, en el complejo panorama del cine dominicano, un ámbito que durante décadas avanzó en relativo silencio y con escaso respaldo institucional, emergió una voz que comprendió que la memoria no constituye un archivo inerte, sino un cauce vivo que demanda ser narrado. René Antonio Fortunato irrumpió en ese escenario como alguien que llega al mundo portando una lámpara destinada a iluminar las zonas opacas del pasado.
Su vida, concluida el 18 de julio de 2025, no puede entenderse como una trayectoria lineal y finita, sino como un arco luminoso capaz de enlazar generaciones y de articular, mediante el cine documental, los fragmentos dispersos de una nación empeñada en comprenderse a sí misma. Su fallecimiento, consecuencia del cáncer, no extinguió su legado; por el contrario, dejó en el espacio cultural dominicano una estela perdurable, un faro que continúa orientando frente a los naufragios recurrentes de la desmemoria colectiva.
Desde una edad temprana, prácticamente en la adolescencia, Fortunato identificó en el cine un medio idóneo para develar aspectos ocultos de la realidad social y política dominicana. A los dieciséis años se vinculó al ámbito cinematográfico, no como un acercamiento casual, sino como una búsqueda consciente de comprender e intervenir en los procesos históricos y culturales del país.
Su trabajo inicial en el área de sonido, sus columnas de crítica publicadas en Listín Diario, La Noticia y El Caribe, así como su experiencia en la televisión dominicana, constituyeron las bases de una trayectoria profesional que posteriormente alcanzaría gran relevancia. En su caso, cada etapa formativa no solo fue un avance personal, sino también un acto de interpretación y análisis del devenir nacional.
Fortunato cursó estudios de Comunicación Social y observó la realidad dominicana desde sus tensiones estructurales más profundas. Con el desarrollo de su oficio cinematográfico, asumió el rol de un cronista comprometido, decidido a documentar y examinar los procesos que han configurado la identidad y la memoria colectiva del país.
Fortunato comprendió que el cine documental trasciende la mera función de registro para constituirse en una forma de resistencia y de intervención crítica en la vida pública. Con Abril: La trinchera del honor (1988), considerada su obra más emblemática, transformó la pantalla en un espacio de exposición y reflexión histórica. Allí donde muchos percibían riesgo político o institucional, él identificó una responsabilidad ética. Su producción audiovisual ha operado, y continúa haciéndolo, como una cartografía rigurosa del sufrimiento, la complejidad y la dignidad del pueblo dominicano.
Sustentado en una sólida base cinematográfica y en un compromiso sostenido con la investigación histórica, Fortunato examinó con profundidad el régimen de Trujillo, la figura política de Joaquín Balaguer, la dimensión ética de Juan Bosch y las tensiones sociopolíticas de la insurrección de 1965. Con ello, no se limitó a narrar acontecimientos, restituyó voces silenciadas, recuperó identidades marginadas y contribuyó a reconstruir una memoria colectiva que durante décadas había sido objeto de ocultamiento o distorsión.
Su trilogía «El poder del jefe» no fue concebida como una obra destinada al consumo comercial, sino como un análisis crítico de la estructura de poder y de sus repercusiones sociales. En consecuencia, su filmografía se consolidó no solo como un espejo interpretativo de la historia dominicana, sino también como una advertencia sobre los riesgos de la desmemoria y la manipulación del pasado.
La filmografía de Fortunato, amplia y coherente en su desarrollo, constituye una de las propuestas documentales más consistentes del Caribe contemporáneo. Obras como «Tras las huellas de Palau», «La herencia del tirano», «La violencia del poder», «Bosch, Presidente en la frontera imperial», entre otras, conforman un corpus que funciona como un conjunto articulado de piezas destinadas a reconstruir y analizar dimensiones esenciales de la historia dominicana. Cada producción aporta elementos que permiten completar un panorama más preciso de los procesos políticos y sociales del país.
Asimismo, su incursión en la escritura amplió el alcance de su reflexión crítica. Su libro «La democracia revolucionaria» representa un ejercicio intelectual que complementa su labor cinematográfica, orientado a promover una comprensión más profunda de la identidad nacional y de las dinámicas que han configurado la vida democrática dominicana.
René Antonio Fortunato vivió 67 años, pero su obra continúa ejerciendo influencia sobre diversas generaciones. Fue director, pero también un observador crítico de su tiempo; guionista, aunque igualmente un cuidadoso intérprete de las fuentes históricas; cineasta, pero, ante todo, un artífice de memoria. Mientras existan dominicanos interesados en comprender los procesos que han configurado la identidad nacional y en examinar las tensiones que atraviesan nuestra historia, su filmografía seguirá formando parte esencial de ese ejercicio colectivo de autoconocimiento.
Su legado demuestra que, aunque la vida biológica concluya, determinadas contribuciones intelectuales y culturales mantienen una vigencia que trasciende a sus autores. En este sentido, Fortunato permanece presente en la conciencia pública a través de las imágenes, narrativas y reflexiones que él mismo produjo, las cuales continúan iluminando aspectos fundamentales de la experiencia histórica dominicana.
ANEXOS: SELECCIÓN DE IMÁGENES DEL ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN, PRESENTADAS PARA VISIBILIZAR Y PONER EN VALOR LA OBRA DE ESTE GRAN DOMINICANO.
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