El creador de Adolescence ("Adolescencia"), Jack Thorne, adaptó El señor de las moscas, la novela clásica de William Golding, para su última serie de televisión sobre jóvenes asesinos.
Thorne lleva mucho tiempo siendo un dramaturgo y guionista prolífico y aclamado. Dentro de sus créditos se incluye el gran éxito teatral Harry Potter and the Cursed Child ("Harry Potter y el legado maldito").
Sin embargo, fue el fenómeno de Netflix del año pasado Adolescence -junto a Stephen Graham-, el que lo catapultó a una nueva dimensión: su historia sobre un asesino de 13 años arrasó en los Emmy y desencadenó un debate mundial.
Así que se podría decir que la decisión de Thorne de adaptar El señor de las moscas, fue una buena estrategia para construir una marca y, a la vez, tentar al destino dadas las similitudes narrativas superficiales: otra historia de chicos con comportamientos espantosos.
Pero, en realidad, la historia de Golding sobre un grupo escolar que gradualmente desciende a la anarquía violenta y al asesinato después de que su avión se estrelle en una isla desierta, es algo muy diferente: mucho más una alegoría sobre los problemas de la sociedad que sobre los de la juventud masculina.
Una propuesta distinta
Lo que Thorne consigue con tanta maestría en esta audaz y escalofriante obra de cuatro partes es que la narrativa funcione en dos niveles: naturalista, como un thriller tenso e inmersivo, y filosóficamente, como una oscura investigación sobre la maldad del comportamiento humano colectivo.
Su versión de la historia, estrenada internacionalmente en el Festival de Cine de Berlín, conserva la ambientación de época del libro, con los chicos hablando en una arcaica y aristocrática lengua británica que incluye "long vacs" (vacaciones), "togs" (ropa) y "gnasher paste" (pasta de dientes).
Pero por lo demás, como suele ocurrir con las versiones de clásicos ampliamente estudiados, esta resulta sorprendentemente fresca y distinta.
Estructuralmente, la innovación clave de Thorne reside en presentar cada episodio desde un punto de vista diferente, lo que le confiere una intimidad en la caracterización que se complementa con la impactante dirección de Marc Munden.
Desde la desconcertante cámara ojo de pez hasta los cortes al estilo Terrence Malick y la naturaleza en acción (hormigas enjambre, escarabajos correteando), Munden realmente envuelve al espectador en la vida isleña.
Mientras tanto, la paleta de colores sobresaturada (rojos y naranjas llameantes, verdes espantosamente chillones) le da al conjunto la cualidad alucinógena de una pesadilla, algo reforzado por la banda sonora retumbante y discordante del compositor de The White Lotus, Cristóbal Tapia de Veer.
Casting ideal
El departamento de casting se lleva todos los halagos también.
Sin duda, es una bendición que la serie comience con una hora centrada en un actor tan carismático como David McKenna, quien interpreta al condenado Piggy. Su personaje representa la voz de la razón del grupo que intenta establecer el orden, pero es ignorado y ridiculizado por su peso y sus gafas, entre otras cosas.
Lejos de convertirlo en una víctima trágica, el actor norirlandés de 12 años (que debuta profesionalmente, sorprendentemente) le infunde tal encanto y aplomo que resulta aún más injusto que los demás lo ignoren de manera tan categórica.
Es casi una lástima que, en el segundo episodio, el manto del protagonista pase a su némesis, el populista y arrogante Jack, quien forma un bando disidente y es el verdadero instigador del caos, aunque Lox Pratt también funciona de manera excelente en ese papel, capturando la vulnerabilidad bajo la bravuconería burlona del personaje.
Otro detalle interesante es que Thorne le ofrece a Jack y a otros de los personajes principales un poco más de historia sobre su infancia antes de la isla, incluso mediante flashbacks. Este detalle adicional está bien, aunque no estoy seguro de que fuera estrictamente necesario, porque el verdadero y perturbador poder de El Señor de las Moscas reside en que estos personajes, y su dinámica, son tan arquetípicos.
Esto se confirma con Ralph, el jefe electo del grupo, un líder fundamentalmente decente, pero cuyos defectos son evidentes desde el principio en la forma en que se une a las burlas de Piggy para congraciarse.
Puede que se centre en los niños, pero, por supuesto, dista mucho de ser una historia infantil; sin embargo, al mismo tiempo, es una serie hecha para el tipo de visualización familiar más enriquecedora, de la que todas las generaciones pueden aprender algo.
Esta es una adaptación de una reseña publicada originalmente por BBC Culture. Si quieres leerla en el inglés original, haz clic aquí.
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