"Despacio que tengo prisa".
Es posible que hayas escuchado, o hasta dicho, esta frase o una similar para llamar a la calma: aunque algo sea urgente, si vamos demasiado rápido, es más fácil equivocarnos y eso al final nos hace perder más tiempo.
Esa idea tiene aún más peso cuando estamos conduciendo.
Aunque, lógicamente, cuando necesitas llegar pronto a algún lugar aceleras, las matemáticas de la velocidad en las calles y las carreteras quizás te llevarán a revisar ese impulso.
Resulta que la cantidad de tiempo que ahorras , entre más rápido vayas, decrece. Y la posibilidad de causar un accidente fatal aumenta dramáticamente.
Los números -y varios estudios- lo confirman.
Aclaremos desde ya: no estamos diciendo que si conduces más rápido no llegarás más pronto, sino que la realidad no siempre coincide con las expectativas.
Acelerar es una forma de recuperar el tiempo perdido y llegar más rápido a tu destino, pero hay un punto en el que las ganancias de ese incremento de velocidad son casi insignificativas, y su costo peligroso.
Te invito a un viaje, cuyo destino está a 10 kilómetros.
Si vamos a 10 km/h nos tomaría una hora llegar. El mismo viaje a 20 km/h tomaría media hora, un ahorro de tiempo considerable.
¿Todavía mucho?
Acelerémos a 30 km/h, pues llegaremos 10 minutos antes que si vamos a 20 km/h, y eso quizás también merezca la pena.
¿Y a 40 km/h? ¡Claro! Estaremos donde queremos estar en sólo 15 minutos.
Pero, ¿notaste lo que está pasando?
Si bien es cierto que la diferencia entre viajar a 10 km/h y 40 km/h es grande, pues podemos llegar en 15 minutos en lugar de en una hora, el tiempo que ahorramos con cada cambio de velocidad ha ido decreciendo.
Aunque el aumento de la velocidad era el mismo siempre (10 km/h), primero implicó un corte de 30 minutos de viaje, luego 10 minutos y finalmente 5 minutos.
Esa tendencia es constante y aún más impactante cuando pensamos en velocidades más altas.
El patrón es claro.
Pero la verdad es que, por magro que sea el ahorro, a veces necesitamos esos 10 minutos que ganamos si vamos a 120 km/h en vez de a 100 km/h; quizás es imperativo llegara a tiempo a esa importante cita.
Sólo que hay algo más que vale la pena tener en cuenta.
Estos cálculos son de laboratorio.
En la vida real, los ahorros se reducen más debido a los semáforos, el tráfico, el clima, las condiciones de la carretera… en fin, a menudo conviene más llamar para avisar que llegarás un poco tarde.
Y no sólo por estas matemáticas de la velocidad, sino también por las del riesgo.
El peligro en números
Mientras que los beneficios de ir más rápido en términos de ahorro de tiempo disminuyen, el riesgo de sufrir un accidente por exceso de velocidad y la gravedad de las consecuencias se dispara.
Cuanto más rápido conduzcas, menos tiempo tendrás para reaccionar ante obstáculos, paradas repentinas u otros eventos inesperados.
Y cuando por fin frenas, la distancia que recorre el auto antes de detenerse aumenta exponencialmente con la velocidad.
Para darte una idea, citemos la información de transporte y automovilismo proporcionada por el Gobierno de Queensland, Australia.
Imagina a un conductor en un auto familiar común, circulando por una calle seca.
- Si va a 40 km/h y nota algo que lo alerta, recorrerá 17 metros antes de frenar, y el auto solo se detendrá tras recorrer 26 metros;
- A 80 km/h, la distancia de reacción es de unos 33 metros y de frenado, 69 metros;
- Y a 110 km/h, reaccionará unos 45 metros después y parará 113 metros más allá.
Es decir, a 80 km/s, aunque el conductor pise el freno con fuerza, desde que detecta el peligro hasta que el auto se detiene, recorrerá más de 100 metros… casi una cuadra completa avanzando sin poder hacer nada para eludir lo que esté adelante.
Y aquí entramos en terreno escabroso, en el que los números se transforman en tragedia.
Las consecuencias en cifras
La velocidad no solo cambia qué tan rápido se llega a un destino; también cambia radicalmente lo que ocurre en una colisión.
Cuando un vehículo choca contra algo (otro auto, una bicicleta o una persona), la gravedad del daño no depende solo de cuán rápido va el coche, sino de cuánta energía cinética tiene en ese momento.
Sí, aquí no sólo tenemos que hablar de matemáticas sino también de física.
Recordemos que la energía cinética es, a grandes rasgos, la que tiene un objeto por estar en movimiento.
Si te golpea una pelota lanzada despacio, te puede doler un poco; la misma pelota lanzada con mucha fuerza puede causar una lesión. No cambió la pelota, cambió la energía con la que impacta.
Eso no significa que la velocidad sea el único factor: el tamaño y el peso del objeto también importan. A igual velocidad, si esa pelota es más pesada transporta más energía y, por lo tanto, puede causar daños mucho mayores.
En resumen: cuanto más pesado es el objeto y cuanto más rápido se mueve, más energía acumula.
En caso de un choque, esa energía se transfiere obedeciendo a una fórmula que en este caso es cruel: duplicar la velocidad significa cuadruplicar la energía que debe absorber el cuerpo humano en un impacto.
Eso tiene consecuencias muy reales.
Un estudio de 2019 analizó datos de múltiples investigaciones y calculó cómo cambia el riesgo de muerte de un peatón según la velocidad de impacto estimada.
Cada 1 km/h adicional de velocidad, el riesgo de que un atropello sea mortal aumenta en ≈11 %.
La probabilidad de muerte de un peatón es aproximadamente:
- ≈5% a ~30 km/h
- ≈10% a ~37 km/h
- ≈50% a ~59 km/h
- ≈75% a ~69 km/h
- ≈90% a ~80 km/h
Cada kilómetro por hora adicional no solo suma peligro… lo multiplica: cuando un coche golpea a un peatón a unos 30 km/h, el riesgo de que ese atropello sea fatal ronda el 5%; a casi 60 km/h, ese riesgo supera el 50%, y sigue creciendo con la velocidad.
Esta relación física entre velocidad, energía y resultado clínico explica por qué los límites de velocidad bajos en zonas urbanas reducen tanto las muertes y las lesiones graves.
Todo esto puede sonar macabro, pero hay una buena noticia: la solución es sencilla. Reducir la velocidad.
Claro que hacerlo implica implica luchar contra la tentación de pisar el acelerador con más fuerza cuando estás atrasado o atascado en el tráfico.
Cuando la sientas, pregúntate si realmente vale la pena correr un riesgo exponencialmente mayor para llegar cinco o diez minutos antes.
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