El escándalo de los exámenes de admisión en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) enciende las alarmas mucho más allá del sur de la Ciudad de México, donde está la emblemática universidad más grande de América Latina.
A la inteligencia artificial (IA) se le encargó vigilar que nadie hiciera trampa en el examen. Pero se cree que, precisamente con esa misma tecnología, miles de personas cometieron fraude.
Es por eso que la entidad anunció el viernes que va a hacer un examen presencial a los postulantes que tuvieron resultados muy buenos.
El debate de fondo está lejos de ser saldado: ¿tiene que cambiar la educación tras el auge de la IA? ¿Se les puede adjudicar a los estudiantes, en términos éticos, la responsabilidad del buen uso de estas plataformas? ¿Debería haber algún tipo de regulación frente a la IA en la educación, como ha empezado a surgir con el uso de teléfonos inteligentes?
El caso de la UNAM nos habla del tortuoso, competitivo y emocionante proceso de admisión de la universidad pública mexicana, pero también del sentido de la enseñanza.
Julián de Zubiría es un profesor colombiano que lleva décadas estudiando eso: no solo la viabilidad y el alcance de la educación, sino su sentido en el progreso humano y las maneras como debe cambiar para adaptarse al mundo contemporáneo.
Director y fundador del Instituto Merani, un centro de innovación pedagógica en Bogotá, de Zubiría explica que el modelo de educación basado en la memoria y la repetición debió cambiar hace 50 años.
Con la llegada de la IA, insiste, ese cambio es urgente.
¿Cómo reaccionas a un caso como el de la UNAM?
Muestra el riesgo inminente de la inteligencia artificial: el de la suplantación, el de presentar como propio algo que no lo es. Y es un caso curioso, porque se le entregó a la inteligencia artificial la vigilancia del examen y, muy probablemente, también con inteligencia artificial se hizo el fraude.
La pregunta pertinente en educación es qué papel puede tener la IA. El beneficio puede ser enorme si quien la usa tiene un buen nivel de lectura, de comprensión, de análisis, de conceptualización. En ese caso el uso es espectacular: uno consulta bibliografías, contrasta fuentes, pide validaciones, pide diagramas. La inteligencia artificial está sintetizando la historia humana: hace unos 30 años quizá estaba sistematizado un 2% del conocimiento; hoy puede estar el 98%.
Bill Gates dijo que la educación sería una de las primeras profesiones sustituidas.
Se equivocó de cabo a rabo. Él era un optimista tecnológico: creyó que con un computador para cada niño la educación sería facilísima. Pero eso no es la educación. La educación es que yo me siente y aprenda.
Es decir, algo distinto a lo que evalúan los exámenes convencionales…
El examen de memoria, de repetición, de responder en tiempo real, esa educación sí la va a sustituir la IA. Y fíjate que esto habla muy mal de los exámenes de México. Si el examen fuera muy bueno, sería mucho más complejo que un joven frente a un computador lo resolviera rápido.
Pueden engañar a la IA porque el examen es malo y sigue siendo un examen de conocimiento particular. Alguien en el cuarto le dice A o B, y ya. Así es facilísimo.
Si el examen fuera de competencias, si le dieran a uno un texto, sería más complicado; la IA se demoraría. Los exámenes de lectura crítica, contextual, de argumentación miden algo que la IA por sí sola no puede suplantar.
Todos esos modelos memorísticos tradicionales, con inteligencia artificial, ya no sirven. Las universidades y los colegios van a tener que replantear los exámenes muy rápidamente.
En las universidades de Estados Unidos, en las evaluaciones del currículo, se ha encontrado que entre un 8 y un 17% comete fraude con inteligencia artificial.
Y un 80 o 90% usa inteligencia artificial.
Es que usarla la usa todo el mundo. El problema es para qué se usa. Si uno le pasa su artículo y le pide que lo revise, o que le sintetice las ideas contrarias, o que le proponga diez títulos, está muy bien usado.
El núcleo del asunto es quién tiene el control. Como la adicción: el problema no es el alcohol ni el celular en sí, sino perder el control y que algo —una persona, un objeto, una idea— empiece a manejarlo a uno.
¿Cuáles son las implicaciones cuando un estudiante delega su aprendizaje en la IA, en lo crítico y en lo cerebral?
Todos los estudios concluyen que hoy los trabajos que entregan los universitarios están mejor escritos, pero son menos creativos y se parecen mucho entre sí. El problema es que el estudiante no aprende. Y ya está demostrado que si yo escribo a mano aprendo más, porque la mano me obliga a un ejercicio de pensamiento; si escribo en el computador aprendo menos, y en el celular, peor.
El ejemplo crítico es pedirle "escríbame el ensayo": ahí no participé, no aprendí, no desarrollé mi pensamiento. Ese es el extremo.
El otro caso es cuando yo escribo, yo dirijo, y solo pulo, reviso y confronto. El problema es que cada vez los estudiantes leen menos, comprenden menos, aprenden menos y atienden menos.
¿Qué consecuencias tiene eso de cara al trabajo y al resto de sus vidas?
Van a ser personas con menos pensamiento, menos creatividad, menos flexibilidad, menos capacidad de adaptación. Y en un mundo que pide exactamente lo contrario: trabajar con más gente, cambiar rápido de idea, ser más flexible.
La flexibilidad es la condición del aprendizaje, y el aprendizaje depende de la atención, que es justo lo que está disminuyendo. Ya no pueden ver una película completa ni leer un libro, porque el cerebro se acostumbra a chispazos de dopamina: uno se engancha muchísimo, pero disminuye rápido, como la droga, y tiene que volver a lo mismo.
¿Qué efecto político tiene eso?
Debilita la democracia. La democracia es debatir, es leer; su símbolo es un libro: yo creo una cosa, usted otra, y nos ponemos de acuerdo, y yo cedo y usted cede. Pero en un mundo polarizado, donde solo leo a los que piensan como yo, empiezo a confundirme, porque creo que la realidad es únicamente lo que yo veo.
¿Tienen los estudiantes la responsabilidad ética de no hacer trampa?
Los que menos responsabilidad tienen son los estudiantes.
Esto es fruto de la cultura que hemos creado: hemos sido incapaces de regular esto para beneficio de la sociedad.
Las familias tienen una enorme responsabilidad. Les dieron pantallas a los niños desde los seis meses, como niñeras; les quitaron el juego y les dieron una pantalla.
Y hay una responsabilidad muy alta de la clase política. En América Latina se han encontrado 3.000 operaciones de lobby de las grandes tecnológicas para no dejarse controlar. Nadie las ha controlado.
En América Latina, con desigualdad, brechas educativas, informalidad y criminalidad, ¿qué consecuencias puede tener esto?
Más graves que en el resto del mundo, porque va a ser más fácil manipular a la población.
En Estados Unidos es más complejo por una institucionalidad fuerte; acá, con un nivel educativo bajo y brechas gigantescas, es muy fácil. Van a aumentar las brechas y la manipulación.
Pero, del otro lado, la población podría beneficiarse enormemente. Bien regulada, la IA podría llevar educación muy buena a muchísima gente, con los mejores profesores y las mejores bibliotecas del mundo.
¿El escándalo de la UNAM tiene un lado positivo, en el sentido de que permite tener esta conversación y genera un aprendizaje?
Es una oportunidad para abandonar la escuela tradicional. Estas máquinas nos están demostrando que no tiene sentido transmitirle un dato a un niño para después preguntarle lo mismo que le dije. En la educación tradicional debimos abandonarla hace rato.
Tú llevas décadas diciéndolo: ¿por qué la escuela tradicional es tan problemática?
Porque parte de un postulado falso: que el papel de la escuela es recibir a un niño que no sabe y transmitirle información, y que él la puede retener. Todos los estudios muestran que los niños no aprenden ciencias ni sociales en la escuela.
Que 200.000 mexicanos digan "quiero entrar a la UNAM" habla muy bien de la imagen que tiene; es hermoso cómo la siguen queriendo y valorando.
Pero aprender no es que yo no tenía una idea y me llegó una nueva. Aprender es que yo tenía una idea, con la nueva entraron en tensión, ambas se modificaron y me quedó algo.
Los profesores poniendo tareas mecánicas y repetitivas, con quince asignaturas fragmentadas. No puede ser fragmentado; el profesor de matemáticas no puede enseñar algo desconectado del de sociales. La escuela debió replantearse hace 50 años, y ahora llegó a una situación crítica que le exige cambiar si no quiere desaparecer.
No es sostenible que a estudiante que no entiende nada pueda irle muy bien y diga: "profe, dígame el tema y mañana le traigo el trabajo hecho".
Lo esencial de la escuela es la conversación, el juego colectivo, que no es solo lenguaje: es cuerpo, es emociones. Lo vimos en la pandemia. Los niños no extrañaban los logaritmos; decían "¿dónde están mis amigos?, quiero jugar fútbol, hacer una obra de teatro, botarme en el pasto". Toda esa convivencia no la va a hacer la IA.
Dice Jonathan Haidt que, en la última década, la fricción se perdió en las escuelas, los parques, la educación en general. ¿Cuál es el problema de eso?
Se perdió la fricción y se arma el gueto: los que están de acuerdo con unos y los que están de acuerdo con otros, ambos creyendo que tienen la razón, y se acabó el diálogo, el debate, la confrontación democrática, que es donde uno aprende. Uno aprende discutiendo con los compañeros.
Estamos volviendo a los niños poco tolerantes a la frustración, poco flexibles, muy frágiles. Y eso es clave para no ubicar el problema en los muchachos, no es que esta generación sea frágil o ansiosa; nosotros los estamos volviendo ansiosos, frágiles y temerosos.
No solo estamos hablando de la institución educativa, el diploma o el mercado laboral: estamos hablando de la naturaleza humana, su alma, su sentido.
Por eso a mí me encantó la encíclica papal sobre IA, porque este Papa lo vio. En su estilo diplomático, sin enfrentarse tan duro al poder de Estados Unidos, dijo con firmeza que aquí está en riesgo la libertad, la dignidad, la conciencia, la democracia, y por eso en Europa se pusieron a mirar esto con mucho cuidado.
Está en juego algo mucho más de fondo que los procesos de evaluación: esto es, literalmente, una cuestión de vida o muerte para la humanidad.
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