Es 2017. Un abogado está sentado frente a su computadora, en una oficina digna del asesor legal de dos de los hombres más ricos y poderosos de Brasil.
Termina de escribir, pulsa Enviar y se dirige hacia la puerta. Pero hay algo que le inquieta, una sensación persistente que no logra ignorar. Da media vuelta, regresa a su escritorio y abre la carpeta de correos enviados.
La sangre se le hiela.
Con horror, se da cuenta de que adjuntó el archivo de audio equivocado al correo electrónico, un mensaje que iba dirigido directamente a la Fiscalía Federal de Brasil.
El archivo adjunto debía salvar a sus clientes.
En cambio, su error los enviará a la cárcel.
Esta es la historia de dos hermanos brasileños: Wesley y Joesley Batista, de 54 y 53 años respectivamente, cada uno con una fortuna estimada actualmente en US$5.700 millones.
Son los propietarios de JBS, la mayor productora de carne del mundo.
Si eres vegano o vegetariano, conviene advertirte que este relato hará referencia al sacrificio de una enorme cantidad de animales.
JBS procesa más de 13 millones de animales al día. Al año, eso equivale aproximadamente a 5.000 millones de pollos, 53 millones de cerdos, 27 millones de reses y 8 millones de corderos.
Casi todo el mundo, en algún momento de su vida, ha comido su carne.
La historia de los Batista está vinculada con el crecimiento económico de Brasil, pero también con uno de los mayores escándalos de corrupción en la historia del país.
Sin embargo, hoy son más ricos que nunca, sus acciones cotizan en la Bolsa de Nueva York y hasta se les puede ver en reuniones en la Casa Blanca.
Es una historia de película, así que vamos a la escena inicial.
El papá
Todo arrancó con el padre, José Batista Sobrinho. En 1953 abrió una carnicería en Anápolis, en el estado central de Goiás.
Brasil vivía entonces una modernización acelerada.
Entre 1956 y 1960 se construyó Brasilia, la nueva capital, bajo el lema de avanzar 50 años en solo cinco. José se mudó ahí, atraído por cuatro años de exención de impuestos
Empezó vendiendo carne en los comedores de las obras de la nueva ciudad y unos años después compró su primer matadero también en Goiás.
En 1972, renombró la empresa como Friboi y tuvo dos hijos, Wesley y Joesley, que nacieron con apenas diez meses de diferencia. Tenían otro hermano mayor y tres hermanas.
Brasil tenía vastas tierras de pastoreo y 105 millones de cabezas de ganado, la cuarta mayor oferta del mundo, detrás de India, la Unión Soviética y Estados Unidos.
El problema era su tasa de sacrificio: solo un 12% del rebaño se sacrificaba por año, contra 24% en Argentina y 40% en Estados Unidos. Los pastos eran pobres y el ganado tardaba más en engordar: cinco años, frente a 30 meses en Argentina o 16 meses en EE.UU.
El gobierno brasileño decidió convertir la carne en un negocio de exportación. Trasladó la ganadería hacia el estado de Mato Grosso y financió la modernización de las plantas. Todo eso justo al lado de Goiás, sede del negocio de Batista.
La tierra y los salarios eran baratos, así que Brasil rápidamente empezó a competir con EE.UU. en carne enlatada, hamburguesas y comida para mascotas.
Los hermanos
Wesley y Joesley crecieron en el negocio. De adolescentes ya compraban y vendían bueyes, trataban con clientes. Wesley dijo alguna vez que no tenían formación académica, que aprendieron viviendo. A los 17 años, ambos dejaron el colegio para manejar los mataderos de la familia.
Durante los años 80 y 90, el hermano mayor, José Junior, lideró Friboi. El padre se fue retirando de a poco.
Wesley y Joesley quedaron a cargo de la expansión del negocio. "Está en nuestro ADN crecer", dijo Wesley.
Entre 1993 y 2005, Friboi compró 12 mataderos y plantas de procesamiento.
Y pudieron crecer tanto gracias a que las cadenas de supermercados desplazaron a los carniceros de barrio. Como requerían más volumen y más controles sanitarios, los mataderos pequeños no podían seguirles el ritmo y terminaban golpeando la puerta de los Batista para vender.
Al tiempo, con más urbanización y más ingresos, en el mundo cada vez se comía más carne. Y dado el mejor acceso a la refrigeración, comenzaron a exportar más.
En 2004 la empresa mudó su sede a São Paulo. En 2005, José Junior se fue a la política –sin mucho éxito– y dejó el negocio en manos de Wesley y Joesley.
Para entonces, Friboi facturaba casi US$2.000 millones; con 33 años, los hermanos ya eran millonarios.
De Brasil al mundo
Había llegado el momento de expandirse fuera de Brasil, y el viento soplaba a favor.
Brasil era parte de los BRIC, las economías emergentes que estaban cambiando el mapa económico mundial. Y el Banco Nacional para el Desarrollo Económico y Social, o BNDES, había lanzado un programa para convertir empresas brasileñas en gigantes multinacionales.
El país avanzaba a toda velocidad, y los hermanos Batista vivían al mismo ritmo.
Compraron Swift-Armour, la mayor exportadora de carne de Argentina, por US$200 millones en 2005, con un préstamo de US$80 millones del BNDES. Para 2006 ya operaban 21 plantas en Brasil y cinco en Argentina, con 20.000 cabezas procesadas por día.
Su siguiente objetivo era Estados Unidos, pero las normas sanitarias de ese país no aceptaban carne brasileña. Había que comprar el acceso a ese mercado.
Para financiarlo, salieron a bolsa. En marzo de 2007, JBS protagonizó el mejor debut bursátil de la historia de Brasil hasta ese momento. Friboi pasó a llamarse JBS, por las iniciales del padre.
Pocos meses después hicieron su compra más grande: Swift & Co., la tercera procesadora de carne de EE.UU., con ventas anuales de US$9.000 millones.
Costó US$1.400 millones. Y el BNDES contribuyó comprando US$500 millones en acciones nuevas de JBS.
Swift les dio una marca global y muchos mercados nuevos.
"Con esta compra, nos convertimos en la mayor empresa cárnica del mundo", anunció Joesley.
Un apetito insaciable
En la década siguiente, JBS adquirió más de 40 empresas en cuatro continentes.
Cuando el dólar bajaba, compraban más en EE.UU., como la división de carne de Smithfield Foods, por US$500 millones.
Pero cuando intentaron adquirir National Beef, el Departamento de Justicia los frenó por monopolio. Temían que un gigante de ese tamaño fijara precios, pagando menos a los ganaderos y cobrando más a los consumidores.
Wesley señaló que el fracaso del acuerdo le permitiría a JBS invertir en otras cosas.
Así fue: se diversificaron hacia el pollo. Compraron por US$800 millones la mayoría de la empresa estadounidense Pilgrim’s Pride tras su quiebra.
Para 2011, los hermanos controlaban el 22% del suministro de carne vacuna en Estados Unidos.
Pero aunque vendían mucho, no era tanto como para financiar una oleada de adquisiciones valorada en US$20.000 millones.
¿Cómo lo lograron?
Con casi US$5.000 millones del BNDES.
Para 2014, el Estado brasileño era el mayor accionista individual de la empresa, con casi el 35% de las acciones.
Un banco de desarrollo, dueño de un tercio de una multinacional privada exitosa.
Algo no cuadraba.
Lo que cuadró
Hasta acá, la historia que contaban ellos mismos. Pero luego se supo que no era toda la verdad.
Todo empezó con la Operación Lava Jato, una investigación anticorrupción que arrancó en 2014 con un pequeño lavadero de autos. Terminó destapando una enorme trama de corrupción que alcanzaba las más altas esferas del gobierno brasileño, en la que grandes empresas pagaban sobornos a políticos a cambio de contratos y favores políticos.
Para 2016, los hermanos ya eran sospechosos formales.
El riesgo era enorme: el jefe de otra empresa había sido condenado a 19 años de prisión. Así que en 2017 hicieron un trato con la Fiscalía, en el que entregarían toda la evidencia que tenían a cambio de inmunidad.
Y contaron de todo. Sobornos a funcionarios para resolver temas de impuestos, para liberar préstamos. Dijeron haber sobornado a tres presidentes brasileños, algo que todos ellos negaron.
En total, unos US$200 millones repartidos entre casi 1.900 políticos.
Joesley llegó a decir que, sin esos sobornos, la empresa no habría crecido tan rápido.
También reveló que el esquema con el BNDES empezó en una reunión en 2005 con Guido Mantega, entonces presidente del banco y más tarde ministro de Economía.
Por el primer préstamo para comprar Swift-Armour en Argentina, dijo Joesley, sobornaron con US$3,2 millones a un asociado de Mantega, al que siguieron pagándole hasta 2009, cuando alegaron que empezaron a negociar directamente con Mantega.
El BNDES negó todo. Mantega fue arrestado y liberado casi enseguida.
Entre los sobornados, según su testimonio, estaba el presidente de Brasil en ejercicio, Michel Temer, quien habría recibido US$4,6 millones.
Joesley llegó a grabar una conversación con él, usando un micrófono oculto, en la que, según la Fiscalía General, Temer avaló el pago para comprar el silencio de un exdiputado encarcelado que podía incriminar a destacados dirigentes políticos.
El mandatario negó todo y nunca renunció.
Giros inesperados
El trato de los hermanos con la Fiscalía les daba inmunidad por corrupción. La empresa, eso sí, pagó una multa récord de US$3.200 millones, repartida en 25 años.
Pero hubo dos giros inesperados.
¿Recuerdas al abogado del principio?
En vez de la grabación de Temer, envió otra conversación, entre Joesley y un ejecutivo de la empresa, Ricardo Saud.
En esa charla, Joesley parecía admitir que le ocultó información clave a los fiscales, y hablaban de cómo influir en el fiscal general de Brasil para mejorar el acuerdo de colaboración con la justicia.
Ambos sonaban relajados; incluso se reían. En un momento, se oía a Joesley decir: "Somos la joya de la corona. Vamos a salir de esta siendo amigos de todo el mundo y no nos van a detener".
Días después del monumental desatino del abogado, los dos se entregaron a la policía.
Pero el golpe de gracia para los Batista fue financiero: días antes de que se supiera públicamente que había una grabación secreta con el presidente Temer, los hermanos vendieron US$90 millones en acciones de JBS.
Cuando estalló el escándalo, la bolsa brasileña se desplomó y tuvo que suspender temporalmente sus operaciones tras hundirse casi un 9%, su peor caída en nueve años.
Los Batista parecían haberse blindado antes de la catástrofe, así que fueron acusados de uso de información privilegiada y terminaron tras las rejas, aunque siempre alegaron su inocencia.
Tras pasar unos seis meses en prisión preventiva, quedaron bajo arresto domiciliario nocturno y durante los fines de semana, además de recibir medidas cautelares que les prohibían salir del país y ejercer cargos en JBS.
La resurrección
¿Y la empresa? En lugar de hundirse, floreció. Cuando Joesley salió de prisión, las acciones de JBS subieron un 3,6%.
Poco después, un boom en la demanda de carne desde China disparó las ganancias en Brasil casi un 116% a principios de 2019. Ese mismo año, Wesley y Joesley debutaron en la lista de milmillonarios de Forbes con US$1.300 millones cada uno.
La cárcel no perjudicó el negocio; al contrario, lo catapultó.
Con la llegada del covid-19, un juez les levantó la prohibición de ocupar cargos directivos: JBS proveía el 25% del mercado alimentario de Brasil y empleaba a 260.000 personas. Al parecer eran demasiado importantes como para dejarlos castigados.
En 2023, la comisión de valores de Brasil los absolvió de los cargos de uso de información privilegiada.
Al año siguiente, regresaron oficialmente al directorio de JBS, consolidada como la mayor empresa cárnica del mundo con más de US$77.000 millones en ingresos anuales.
Era y sigue siendo un buen momento para estar en el negocio de la carne.
Tras años de auge vegano en Occidente, este producto volvió con fuerza impulsada por los beneficios de la proteína.
En 2025, Wesley indicó que el auge de medicamentos para bajar de peso tipo GLP-1 estaba disparando la demanda de proteína para evitar la pérdida de masa muscular.
"Antes el médico te decía que no comieras tantos huevos ni tanta proteína. Ahora es al revés", señaló.
Sin embargo, a JBS le quedaba por cruzar una frontera: cotizar en la Bolsa de Nueva York. El regulador estadounidense se lo había negado repetidamente por una férrea oposición bipartidista en el Congreso, donde existía un grupo llamado, literalmente, "Prohibamos a los Batista".
Todo cambió con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
La aprobación de la bolsa llegó en 2025, apenas dos días después de revelarse que el mayor donante del comité inaugural de Trump había sido Pilgrim’s Pride, una filial de JBS, con una aportación de US$5 millones.
Era una cifra astronómica: cinco veces más que los gigantes tecnológicos como Amazon, Meta, Uber, Nvidia o Microsoft, que aportaron un millón cada uno.
JBS negó cualquier trato de favor.
Su debut en Wall Street fue un éxito rotundo. Ese día, la fortuna de cada hermano aumentó US$200 millones. Hoy, el patrimonio de cada uno escala hasta los US$5.700 millones.
Lo oscuro
No todo es carne y dinero.
En 2025, JBS pagó US$4 millones tras descubrirse que niños centroamericanos trabajaban de noche limpiando plantas en Colorado, Minnesota y Nebraska. Manejaban productos químicos y algunos llegaban al colegio con quemaduras.
En 2017, otra investigación encontró que JBS compraba carne de un campo bajo sospecha de utilizar mano de obra en condiciones de esclavitud moderna.
También hubo denuncias de maltrato animal. En 2017, la Humane Society difundió imágenes de pollos golpeados en una granja de Pilgrim’s Pride. En 2018, otro video mostró trabajadores golpeando y mutilando lechones sin anestesia.
JBS afirmó en ambos casos que abrió investigaciones y rompió relaciones con los proveedores implicados.
Las acusaciones por deforestación tampoco cesaron.
En 2017 la empresa pagó una multa de US$7,7 millones, y en 2024 volvió a ser sancionada por las autoridades brasileñas dentro de una operación contra la compra de ganado procedente de áreas ilegalmente deforestadas de la Amazonía, aunque la compañía negó haber incumplido la normativa.
Ese mismo año, además, la fiscal general de Nueva York demandó a JBS por considerar engañosas sus promesas de alcanzar emisiones netas cero para 2040, una acusación que la compañía también rechazó.
Demasiado grandes para caer
El regreso de los hermanos Batista no se limitó a las finanzas; vino acompañado de una enorme influencia política. En Brasil, hoy aparecen con total normalidad junto al presidente Lula da Silva en actos públicos.
En el escenario internacional, los hermanos comenzaron a moverse en las altas esferas diplomáticas.
Una muestra de ello fue cuando Joesley se reunió en privado con Donald Trump en 2025, poco después de que EE.UU. impusiera un arancel del 50% a la mayoría de las importaciones brasileñas, una medida que Washington terminó eliminando por completo.
La influencia de los hermanos en esta decisión fue tal, que otro empresario brasileño llegó a asegurar que la retirada del arancel fue, en un 99%, mérito directo de los Batista.
Joesley también ayudó a acercar posiciones entre Trump y Lula, y tuvo un papel en la operación de Estados Unidos en Venezuela, viajando entre Washington y Caracas para intentar destrabar las tensiones con el gobierno venezolano.
Tal vez este retorno al primer plano no deba sorprender.
Los Batista revolucionaron la industria alimentaria de Brasil hasta convertirla en una potencia mundial de exportación de carne. En el mundo de los negocios, hay quienes los ven como héroes empresariales por llevar el orgullo brasileño a Wall Street.
Al final, la lección incómoda es de puro realismo financiero: puedes hundirte en el peor de los escándalos, pero si tu fortuna es lo suficientemente grande, el sistema siempre mantendrá abierta una puerta.
* Este artículo está basado en el episodio "The Batista brothers: Meat and money" de la serie de la BBC Good Bad Billionaire. Escúchala en tu app de podcasts favorita
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