A Amadeo Pietro (o Peter) Giannini se le ha llamado "el banquero caballeroso", e incluso, en su época, con un deje no exento de desdén, "el verdurero italiano".
De haber nacido un siglo después, probablemente se le habría descrito como un innovador legendario, emprendedor excepcional y un ángel visionario que vio potencial donde otros solo veían riesgo.
Conocido como AP, el italo-estadounidense revolucionó uno de los sectores más tradicionales de la economía, rompiendo con la banca elitista de su época.
Con una visión mucho más social que la acostumbrada, contribuyó a crear el ADN de la banca moderna.
No sólo ayudó a inmigrantes, pequeños comerciantes y mujeres a salir adelante, ofreciéndoles créditos accesibles, sino también a reconstruir toda una ciudad y, tras la Segunda Guerra Mundial, a la reconstrucción industrial en Italia.
Además apoyó los sueños de artistas como el actor Charlie Chaplin, el director Frank Capra y el animador Walt Disney, y fue el principal financista del puente Golden Gate de San Francisco y de la empresa de tecnología Hewlett-Packard, cuando nadie creía en esos proyectos.
Así, se convirtió en uno de los personajes más influyentes de su tiempo.
Pero, aunque terminó creando el que llegó a ser el banco más grande del mundo, no fue un millonario.
Su fortuna personal nunca superó los US$500.000 pues, en su opinión, quien quisiera acumular más que eso "debería consultar a un psiquiatra".
Para él, el dinero era una herramienta de desarrollo económico y social, no algo que debiera concentrarse indefinidamente en manos de una sola persona.
Cuando le sobró, creó fundaciones para el desarrollo de la medicina y la ciencia.
Quizás esa visión se forjó temprano, cuando su mundo no eran las bóvedas, sino el campo, los surcos de cultivo y las cajas de frutas y verduras.
De la granja al banco
La madre de Giannini, Virginia, llegó a California a mediados de 1869, cuando tenía 15 años y estaba recién casada con Luigi, un inmigrante del Reino de Cerdeña quien, tras ganar dinero en los yacimientos de oro, la había traido de Italia.
Amadeo nació el 6 de mayo de 1870 en San José y creció en una pequeña granja, cuyos productos vendían sus padres en la floreciente San Francisco.
Cuando tenía seis años, vio cómo un trabajador al que le negaron su jornal de US$1 por no presentarse a trabajar mató a tiros a su padre.
Quizás por eso, solía decir "no puedes morir por un dólar", consciente del valor de la vida humana, pero también de que el dinero no era un fin en sí mismo.
Su madre, viuda, con dos hijos y uno más en el vientre, terminó mudándose a San Francisco para comprar al por mayor a los agricultores y vender a las tiendas. En 1880 se casó con Lorenzo Scatena.
Con la responsabilidad de ayudar en casa desde muy joven, Giannini pronto se incorporó a L. Scatena & Co., el negocio de su padrastro, un mayorista de frutas y verduras.
Se convirtió en un hombre alto y fuerte, capaz de defenderse con soltura en las duras subastas de frutas y verduras de los muelles donde los comerciantes se encontraban con los barcos de los agricultores.
Ayudó a construir un negocio próspero y con el tiempo, quedó a cargo.
A los 31 años, le vendió su parte a sus empleados, señalando que no le interesaba acumular riqueza.
"Ningún hombre es dueño de una fortuna", decía. "La fortuna lo posee a él".
Para entonces llevaba diez años casado con Clorinda, hija de una acomodada familia italoestadounidense. Tras la muerte de su suegro, heredó un paquete de acciones de un banco local, y fue persuadido para ocupar el puesto vacante en la junta directiva.
Le horrorizó que el banco no le prestara dinero a inmigrantes pobres, especialmente estando en North Beach, un vecindario que era ampliamente conocido como la "Little Italy" debido a la concentración de familias italianas inmigrantes que vivían y trabajaban allí.
No era raro: hasta entonces, los servicios financieros no solían ser accesibles para la gente común, solo para la élite adinerada.
Las discusiones en la sala de juntas hacían retumbar las paredes.
Era 1902, y tan solo dos años después, dimitió… y fundó el banco que imaginaba: el Banco de Italia, un banco popular que ayudaría a quienes realmente lo necesitaban.
Gracias a su trabajo en los muelles -señaló el autor Harold Evans a la BBC- se había convertido en un agudo juez de carácter, por lo que no dudaba en prestar dinero para pagar las facturas del médico por el parto de un bebé si percibía que la pareja tenía integridad.
Esa fue la innovación de Giannini, resaltó Evans en "They Made America": abrir las puertas a todos y juzgar los préstamos "no por lo que tienen en el banco, sino por lo que tienen en el alma".
Fénix de los escombros
Entonces, 18 de abril de 1906, poco después de las 5 am, un poderoso terremoto que, según testigos, retumbó "como el rugido de 10.000 leones" sacudió a San Francisco.
En cuestión de minutos, se desataron incendios que comenzaron a extenderse por la ciudad, incluido North Beach, y que arderían durante tres días.
Alrededor de 3.000 personas murieron, más de 200.000 quedaron desplazadas y 28.000 edificios quedaron reducidos a escombros carbonizados, entre ellos el pequeño banco de AP.
Pero él había reaccionado con rapidez.
Antes de que las llamas lo alcanzaran, se apresuró a poner a salvo los US$80.000 en oro y efectivo del banco, ocultándolos bajo cajas de naranjas en un carro para evitar a los saqueadores y trasladarlos a un lugar seguro.
Así, mientras los grandes bancos permanecían cerrados pues sus bóvedas estaban selladas por el calor y sus registros destruidos, Giannini instaló un escritorio improvisado en un muelle cercano a North Beach, colocando una tabla sobre dos barriles.
Con un cartel que decía que el Banco de Italia estaba a la orden "como siempre" y con su voz resonando en la desolación, anunció que estaba ahí, dispuesto a apoyar a quienes lo necesitaran.
Entre el humo y las ruinas, comenzó a prestar dinero para reconstruir viviendas, reabrir negocios y volver a empezar.
No exigía propiedades como garantía, más bien, confiaba en el carácter; se cuenta que solía decir que para él el mejora aval eran los callos en las manos y un anillo en el dedo.
La confianza fue recíproca: muchos supervivientes depositaron en su improvisado banco el oro y el efectivo que habían logrado salvar.
AP extendió crédito a comerciantes y facilitó recursos para traer materiales de construcción desde otras ciudades.
North Beach fue una de las primeras zonas en levantarse de las cenizas.
La conquista de California
Lo que hizo Giannini tras el terremoto confirmó que estaba construyendo un modelo radicalmente distinto.
Mientras la banca tradicional operaba desde elegantes oficinas en el centro financiero y atendía principalmente a comerciantes consolidados y familias acomodadas, el Banco de Italia abrió sucursales en barrios populares e introdujo prácticas que hoy parecen obvias, pero que entonces eran revolucionarias.
Consciente de que muchos inmigrantes tenían poca experiencia bancaria, hablaban un inglés limitado y trabajaban jornadas extenuantes, el banco le enseñaba a sus clientes a rellenar recibos de depósito, contrataba empleados que hablaban italiano, francés, español y portugués, y mantenía abiertas sus puertas hasta la noche y los sábados.
Además de conceder préstamos a pequeños comerciantes sin exigirles un historial patrimonial y alentar el crédito productivo como motor del desarrollo, alentaba a las familias obreras a ahorrar aunque fuera unas pocas monedas a la semana.
Su clientela pronto se amplió a más minorías étnicas, a soldados y veteranos que regresaban de la guerra con escasos recursos y a mujeres que hasta entonces dependían legalmente de sus maridos para operar cuentas.
En 1921, Giannini dio otro paso audaz al fundar un banco dirigido íntegramente por mujeres, una institución pionera destinada a fomentar su independencia económica.
Allí se ofrecían clases nocturnas para enseñar a ahorrar, pedir préstamos e invertir con criterio.
Impulsó además un programa de ahorro escolar que le permitía a los niños abrir cuentas con apenas un centavo, inculcándoles desde pequeños la disciplina financiera.
Pero su mayor innovación estructural fue el concepto de banca con múltiples sucursales.
En una época en que la mayoría de esos bancos elegantes eran pequeñas entidades locales, independientes y vulnerables ante cualquier crisis regional, Giannini imaginó una red integrada.
La idea era simple y poderosa: si una región atravesaba dificultades, otra podía sostenerla. El riesgo se distribuía. El sistema se fortalecía.
La red comenzó a extenderse por California como una telaraña financiera que absorbía pequeñas entidades y abría oficinas donde otros no veían negocio: en comunidades agrícolas, en ciudades en crecimiento, en zonas trabajadoras.
Cada nueva sucursal reforzaba al conjunto. El banco dejaba de depender del pulso económico de una sola ciudad.
Para 1918, había establecido el primer sistema bancario estatal de California.
Diez años después, fundó Transamerica Corporation, como una compañía holding para agrupar sus intereses financieros y de seguros.
A finales de la década de 1920, el Banco de Italia había dejado de ser solamente el banco de los inmigrantes de North Beach. Era el de quienes hasta entonces habían quedado fuera del sistema.
Además, ya era el banco más grande de California, y el nombre comenzaba a quedarle pequeño.
En 1930 Giannini lo rebautizó como Bank of America.
No era una exageración grandilocuente. Era una declaración de intenciones: no se trataba solo de expansión territorial, sino de amplitud social.
Un apostador arriesgado
El éxito de Giannini no lo hizo popular en todos los círculos.
Su red de sucursales desafiaba el modelo tradicional; su insistencia en atender a personas de a pie alteraba el equilibrio del poder financiero y su costumbre de prestar a quienes otros consideraban "riesgo innecesario" parecía, para algunos, casi temeraria.
Pero cuando llegó la Gran Depresión, su modelo demostró una fortaleza inesperada.
Mientras miles de bancos locales colapsaban, Bank of America absorbía los golpes.
La diversificación geográfica y su enorme base de pequeños ahorristas le permitieron soportar los sacudones.
En lugar de replegarse, expandió el financiamiento.
Impulsó planes de crédito a plazos con bajos intereses que permitieron mantener a flote la economía de familias y pequeños negocios.
Apoyando sectores productivos, contribuyó a modernizar partes importantes de la infraestructura y la industria de California justo antes de la Segunda Guerra Mundial.
Y, como ya había hecho tras el terremoto de 1906, volvió a apostar cuando otros dudaban.
Respaldó, por ejemplo, la construcción de un puente que uniría la bahía de San Francisco y muchos consideraban inviable. Su apoyo financiero permitió que aquel puente, que parecía una fantasía técnica y financiera, se hiciera realidad.
Terminaría convirtiéndose en uno de los íconos mundiales de ingeniería: el Golden Gate Bridge.
Paralelamente, el banco respaldó la naciente industria cinematográfica de Hollywood, extendiendo crédito a los estudios cinematográficos, apoyando producciones de figuras como Charlie Chaplin y Frank Capra.
Pero la apuesta más audaz llegaría cuando Walt Disney se vio en problemas: los costos de "Blancanieves y los 7 enanitos" se dispararon y Hollywood consideraba que un largometraje animado era una locura financiera.
Bank of America le concedió un prestamo crucial que permitió completar la producción. El filme, estrenado en diciembre de 1937, fue un éxito monumental y transformó la industria de la animación.
Alrededor de esa época, un par de emprendedores llamados William Hewlett y David Packard que trabajaban en un garage en Palo Alto recibieron apoyo financiero de la institución que Giannini había creado.
En 1939 fundaron la empresa pionera de informática Hewlett-Packard. El garage es conocido como el lugar de nacimiento de Silicon Valley. El legado de Giannini quedó conectado con la siguiente gran ola de innovación.
El del pueblo
A finales de los años 30, el Bank of America no solo era el banco más grande de California: era ya uno de los mayores del país.
Y tras la Segunda Guerra Mundial, con una red de sucursales que se extendía por todo el país y volúmenes de activos que superaban a la mayoría de sus competidores, se consolidó como uno de los más grandes del mundo.
Giannini no se detuvo ahí.
Incluso antes de que se desplegara el Plan Marshall, su banco financió préstamos para la reconstrucción industrial en Italia, reflejando su visión de un banco comprometido con el desarrollo económico más allá de las fronteras.
En lo personal, aunque su vida giraba en torno al dinero, seguía mostrando poco interés en poseerlo, negándose a aceptar aumentos de sueldo y desdeñando cualquier bonificación.
Cuando en una ocasión, a pesar de su reticencia, le asignaron un bono sustancial que lo puso en riesgo de convertirse en millonario, lo donó inmediatamente a la Universidad de California para fines de educación e investigación.
A sus 75 años, creó y dotó la A. P. Giannini Foundation para apoyar la investigación médica, fiel a su pasión por la prevención y la cura de enfermedades humanas, ya que varios de sus seis hijos murieron jóvenes a causa de hemofilia.
Hizo además generosas donaciones a la Universidad de California, Berkeley, y al Instituto de Tecnología de California (Caltech).
Cuando Giannini murió el 3 de junio de 1949, Bank of America ya era el banco más grande del mundo por capitalización bursátil, con una red que se extendía por todo Estados Unidos (hoy suele aparecer en torno al puesto 6 en el mundo por total de activos).
Su patrimonio personal, sin embargo, era de menos de US$500.000 dólares, una cantidad alta para el común de la gente, pero muy modesta comparada con la riqueza que solían acumular sus pares.
Miles de personas asistieron a su funeral en San Francisco y siguieron la procesión por las calles, un testimonio del afecto que tantos sentían por el hombre a quien muchos llamaban "el banquero del pueblo".
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