Molly y Stewart llevaban ocho años casados cuando un suceso menor desató un efecto mariposa que terminaría por darle un vuelco a su relación.
Una noche, molesta con su marido y agobiada por las labores de cuidado de sus dos hijos, Molly salió a caminar para tomar un poco de aire y se encontró con una amiga que la convenció de ir a tomar un trago.
En el bar, conoció a Matt. Se sintió intensamente atraída y, al final de la noche, intercambiaron números de teléfono.
"Fue genial conocerte esta noche, Molly. Espero que nos volvamos a ver pronto", le escribió Matt, sin contar que ella había dejado el teléfono en su casa y que sería su marido el primero en leer ese mensaje.
Lo que en muchas relaciones habría podido desatar un ataque de celos o incluso una crisis matrimonial, en el caso de Molly y Stewart abrió la puerta para lo que se convertiría en su nueva normalidad.
Decidieron abrir su matrimonio.
No fue fácil.
"Los diez primeros años fueron muy complicados", admite Molly en entrevista con BBC Mundo.
Tuvo que confrontar sus celos, construir una nueva dinámica con su marido, y hasta encontrar la manera de decírselo a sus hijos.
En ese camino, se llevó la sorpresa de descubrir que sus padres también tuvieron un matrimonio abierto, aunque no le ponían ese nombre.
En More: A Memoir of Open Marriage (publicado recientemente en español como "¡Más!: Memorias de un matrimonio abierto", por Gatopardo Ediciones), Molly Roden Winter, estadounidense de 53 años, ofrece un relato franco y profundo de su particular matrimonio.
Y reflexiona más ampliamente sobre la monogamia, la libertad y el amor.
Actualmente, sigue felizmente casada con Stewart, mientras mantiene otras dos relaciones y escribe la segunda parte de su exitoso libro.
Lo que sigue es una versión editada de su entrevista con este medio.
¿Cómo surgió por primera vez en tu vida la idea de tener un matrimonio abierto?
Cuando conocí a Stewart, yo había tenido muy pocas parejas sexuales. Tenía 23 años y había tenido un solo novio durante toda la universidad. Él, en cambio, era cinco años mayor y había salido con muchas personas.
Antes de comprometernos, él me dijo: "Molly, va a ser imposible que te conformes con acostarte solo conmigo por el resto de tu vida. Y está bien, solo dímelo".
En ese momento, yo le respondí: "¿De qué hablas? Nunca voy a querer acostarme con nadie más".
Diez años después, casados y con dos hijos, efectivamente ahí estábamos. Una noche que estaba molesta con él salí a caminar y terminé coqueteando con un tipo en un bar.
Desde que le conté lo que había pasado, Stewart me alentó a seguirme viendo con él si era lo que quería.
Yo, en cambio, sentía que era algo muy peligroso. Me emocionaba, pero al mismo tiempo me aterraba.
No sabía que eso iba a convertirse en un algo tan grande y tan importante en mi vida, pero bueno, fue hace ya 18 años y seguimos casados y abiertos.
Dices que al principio te sentías aterrada. ¿Cuáles eran tus miedos?
Perder a mi familia y perder a mi esposo. Yo lo amaba a él y todavía lo amo. Y también a mis hijos, claro.
Pero en ese momento me sentía muy atrapada por mi rol.
Creo que cualquier mujer con hijos pequeños puede identificarse con que no se siente solo como una nueva etapa de la vida, sino como una nueva realidad completa.
De repente pasas de ser una persona a ser madre. Es una identidad radicalmente distinta. Es un cambio enorme para el que nadie puede prepararte realmente, porque lo consume todo. Es muy duro, incluso en las mejores circunstancias.
Entonces sí, tenía miedo de perder esa vida que amaba, pero en la que al mismo tiempo me sentía atrapada.
Seguramente, muchas mujeres pueden identificarse con lo que describes, esa experiencia de sentirse atrapadas por la maternidad. Tu libro no se trata de dar consejos, pero ¿les aconsejarías probar a tener un matrimonio abierto como remedio?
No sé si sea el camino más fácil. Puede que haya maneras más eficientes, pero para mí sí fue muy liberador.
Creo que el elemento clave es encontrar algo que te haga sentir libre. Tener espacios en los que sientas que eres libre de ser una persona completa fuera del rol de madre.
Tener esas conversaciones con tu pareja sobre la humana necesidad de libertad.
Mirarse mucho hacia adentro y preguntarse: ¿de qué maneras puedo tener más libertad en mi vida?
Yo particularmente disfruto la libertad sexual de un matrimonio abierto, pero quizá eso no es lo que todo el mundo quiere.
Supongo que un matrimonio abierto implica definir unas nuevas reglas. ¿Puedes hablar un poco de cómo lo hicieron ustedes y qué papel juegan estas en tu relación con Stewart?
Cuando comenzamos, yo no tenía idea de lo que estábamos haciendo. Era 2008, y ser un matrimonio abierto era territorio desconocido.
Básicamente, yo proponía unas reglas y luego era la primera en romperlas. Y cuando yo rompía una regla, Stewart también podía romperla. Todo muy caótico.
Pero todas las reglas estaban diseñadas para proteger una en particular: no enamorarse [de otra persona].
Yo sentía que, si alguno de los dos se enamoraba, sería el final. No buscaba ser poliamorosa, todo lo contrario. Pensaba: esto es pura exploración sexual y nada más.
Entonces las reglas eran cosas como nada de pasar la noche, nada de exes, no vecinos… todo lo que pudiera generar una intimidad estaba prohibido.
Pero, por supuesto, terminamos rompiendo todas las reglas, incluida la de no enamorarse. Tardó en pasar, pero pasó.
Ahora, básicamente tenemos una sola regla: comunicarnos entre nosotros.
Llevamos 18 años siendo abiertos y 26 años de casados. Ya no intentamos controlar lo que hace el otro, pero sí tenemos que ser honestos.
Y la verdad es que, después de 18 años de práctica, nos hemos vuelto bastante eficientes.
Antes podíamos pasar semanas enteras en agonía procesando algo; ahora es más como: ok, entiendo qué pasa, hablamos y seguimos adelante.
¿Crees que quizás al poner las reglas hay un deseo inconsciente de romperlas?
Sí, tal vez. Las reglas existen justamente porque sabemos que la otra persona quiere romperlas. Piensa, por ejemplo, en los votos matrimoniales. ¿Por qué tendrías que jurar algo si no existiera el peligro de que no lo cumplas?
La autora Esther Perel, que habla sobre relaciones, dice que el adulterio es lo único para lo que tenemos dos mandamientos, uno sobre hacerlo y otro sobre simplemente pensarlo: "No codiciarás a la mujer de tu prójimo".
En el momento en que intentamos controlar los pensamientos de alguien, ya sabemos que estamos entrando en un territorio profundamente humano y natural.
También por eso ya no tenemos reglas estrictas: porque dejan de tener sentido cuando entiendes que el objetivo de fondo es ser libre y darle a tu pareja la libertad de vivir la vida más plena, feliz e interesante que pueda vivir.
A nuestros amigos, vivimos deseándoles que lo pasen increíble. Pero por alguna razón nos cuesta muchísimo querer eso mismo para nuestra pareja.
Nos da miedo decirle a la persona que supuestamente amamos más que a nadie "que la noche te lleve adonde te tenga que llevar y ojalá regreses mañana con muchas historias".
El matrimonio abierto es zambullirse en esos miedos.
Nunca terminas del todo de confrontarlos, pero en el camino sí te vuelves mucho más cercana a ti misma, a tu pareja, a la naturaleza humana, a la naturaleza del amor. Y te vuelves mucho más capaz de manejar lo que vaya surgiendo.
En la mayoría de los matrimonios, tener otras parejas sexuales se consideraría una traición. En tu matrimonio sin reglas, ¿qué sería una traición?
Romper los términos del acuerdo es una traición, sea cual sea el acuerdo.
En nuestro caso, la deshonestidad sigue siéndolo. Pero he salido con personas que estaban en relaciones abiertas que tienen una política de "no preguntes, no cuentes". En ese caso, sería una traición contarle a tu pareja lo que hiciste anoche.
Pero la traición no necesariamente es algo irreparable.
Puede ser una oportunidad para reconectar, atravesar sentimientos dolorosos y conversaciones difíciles. No tiene que ser el final si estás dispuesto a reparar.
En la terapia de pareja existe la idea de "ruptura y reparación". Cuando ocurre una ruptura, lo más importante es reparar.
Y cuando reparas, puedes hacerlo de manera que ese punto, ese tejido sensible, quede incluso más fuerte que antes.
Aunque tengas otras parejas, tu esposo sigue siendo tu esposo. ¿En qué se diferencia tu relación con él de las demás? ¿En qué le das la prioridad?
Stewart es la única persona con la que vivo. Es la única persona con la que tengo hijos. Es la única persona que está obligada a ir a visitar a mis padres conmigo.
Compartimos gastos, pagamos cuentas juntos y tomamos decisiones financieras importantes juntos. Todo eso crea su propia intimidad.
Ahora tengo otras dos parejas más, y puedo viajar o pasar la noche con ellos, pero nunca se siente del todo como la vida real. Y eso puede ser muy divertido y liberador.
Pero tener hijos con alguien es un vínculo real. No hay nadie más que ame a estos niños como yo, salvo Stewart.
Quizás muchas personas fantasean con tener otras parejas, pero sienten que es demasiado complicado por el tiempo, el trabajo emocional, las conversaciones incómodas… en fin, todo lo que implica tener múltiples relaciones a la vez. ¿Cómo hiciste para que funcionara en tu caso?
Pues sin dormir mucho (risas).
Pero fue una decisión mía. No todo el mundo quiere ir a la facultad de medicina tampoco, o entrenar para un triatlón. Hay cosas muy difíciles que la gente hace en la vida porque siente que la recompensa supera los retos.
Lo único que puedo decir es que a mí me encantan las relaciones. La intimidad con otra persona me estira, expande mi corazón, me trae experiencias nuevas y alegría a mi vida.
Bueno, en los primeros años probablemente había alegría, pero también mucha lucha.
Pero yo sentía que estaba aprendiendo cosas sobre mí misma, y que los dolores eran de crecimiento. Por eso insistí.
¿Qué cambió al enterarte de que tus padres también tenían un matrimonio abierto?
Bueno, yo crecí sin saberlo. Y ni siquiera usaban el término de matrimonio abierto.
Pero, como cuento en el libro, mi tía se emborrachó y me lo contó cuando yo tenía 28 años.
Entonces, en realidad, no tuve conversaciones abiertas con mi madre al respecto hasta que yo misma abrí mi propio matrimonio.
En ese momento, ambas sentíamos un poco de vergüenza. Pero, a pesar de eso, recibí muchísima sabiduría de ella y sentí mucha tranquilidad al saber que no solo era algo posible, sino también valioso.
Ella ahora tiene Parkinson y está en silla de ruedas desde hace bastante tiempo.
Puede que la parte sexual de su vida haya terminado, pero aún mantiene dos amistades que son importantes para ella y hacen su vida más rica.
Mis padres me mostraron que no es malo elegir este camino. Desmontaron la idea de que es algo extremadamente peligroso.
Yo en todo caso sentí miedo y preocupación durante mucho tiempo, pero los tenía a ellos como un modelo muy cercano al corazón.
No quiero dejar de hablar de los celos. Como contaste, tu marido no se sintió particularmente celoso cuando empezaste a salir con otros hombres. Pero tú sí sentiste celos. ¿Qué has aprendido de los celos a lo largo de todo este proceso?
Leí el libro The Ethical Slut, que habla mucho de los celos, mientras estaba pasando por todo esto.
Una de las cosas que dicen los autores y que cito en mi libro es que los celos son una máscara que usamos para cubrir otra emoción. Para mí, eran una máscara de mi inseguridad y del miedo a perder a mi esposo.
Con el tiempo, me pude ir dando cuenta de que eso no era lo que estaba pasando. Stewart no me estaba reemplazando. De hecho, nos volvimos más cercanos y seguimos eligiéndonos. Nos enamoramos de otras personas, pero seguimos queriendo estar casados el uno con el otro.
Los celos todavía pueden aparecer de vez en cuando, pero también hemos vivido lo suficiente juntos como para saber que nuestra relación es sólida. Y por eso ya no tienen el mismo poder.
Mucha gente dice: "yo nunca podría tener un matrimonio abierto, soy demasiado celoso". Y lo dicen como prueba de cuánto aman a su pareja.
De nuevo, con los amigos nos resulta más fácil ver que los celos son algo poco sano y que deberías querer que tu amigo sea feliz y pleno, no que sea tu posesión.
Pero en las relaciones románticas fomentamos lo contrario: la idea de que los celos son algo bueno, de que está bien querer controlar a tu pareja. Y eso, otra vez, es lo opuesto a la libertad y el amor.
En el fondo, todo el mundo está pidiendo amor, solo que no sabe cómo hacerlo.
Mis celos eran una forma de pedir amor. Y ahora puedo expresar eso de manera más directa.
Por ejemplo, si Stewart planea un viaje con alguien y nosotros no hemos viajado en un tiempo, puedo sentir celos. Pero en lugar de pensar: "no me quiere, la quiere más a ella", le digo: "¿planeamos un viaje?".
Y él seguramente me responde: "claro, ¿qué quieres hacer?, ¿a dónde vamos?".
Muchas veces resulta que ella simplemente propuso el viaje y yo no. Así que tengo que pedir lo que necesito, pedir el amor de forma explícita en lugar de quedarme sumergida en mi propio miedo.
En conclusión, ¿qué efecto tuvo en tu relación con Stewart el hecho de abrir tu matrimonio?
Bueno, que no tenemos secretos. Que nos conocemos mejor y tenemos una comunicación más fuerte.
Nuestra vida sexual también es mejor que al principio. Tenemos más de 50 y una relación sexualmente maravillosa, creo que en parte porque no lo somos todo el uno para el otro.
Creo que hay matrimonios en los que nadie ha tenido sexo oral en 20 años y están molestos por eso. Los resentimientos se van acumulando. Nosotros no tenemos eso.
Si hay algo que el otro no quiere hacer, podemos conseguirlo en otra parte. Pero también somos muy buenos pidiéndonos mutuamente lo que necesitamos.
Y luego, hay una seguridad y una estabilidad entre nosotros que resulta un poco irónica.
Se podría pensar que ocurriría lo contrario, que salir con otras personas nos distanciaría. Pero, como seguimos eligiéndonos el uno al otro, sé que Stewart quiere estar casado conmigo y él sabe que yo quiero estar casada con él. Sabemos que nos queremos mutuamente y valoramos lo que cada uno aporta a este matrimonio.
En broma, llamo a mi novio que vive en Australia "el Stewart australiano" porque son muy parecidos físicamente, pero en realidad son muy diferentes. No hay ningún otro Stew.
Hemos vivido muchas otras relaciones y al final no hay nadie como Stewart ni nadie como Molly. Así que estamos juntos porque queremos.
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