Orlando Jorge Villegas entra este Día de los Padres a la casa familiar con una decisión tomada: volver sobre sus pasos para recordar a quienes lo antecedieron. No llega con un discurso preparado ni con una consigna política. Llega, más bien, como quien busca en los rincones cotidianos una forma de conversación con los ausentes: la memoria como recorrido y la familia como punto de partida; captando todo en video para redes sociales.

“Hoy decidí venir a casa de mis padres para recordar un poco mis antecesores”, dice, mientras se detiene frente a un objeto que conserva con especial cuidado: un cuadro con el retrato de su abuelo Salvador Jorge Blanco como presidente de la República. No es una pieza decorativa más; para él es un símbolo que ordena recuerdos de infancia.

Ese retrato, explica, fue un regalo que su abuelo hizo “a cada nieto”. En su caso, el cuadro terminó en su cuarto, como si la historia pública encontrara un lugar íntimo entre paredes familiares. Lo que revive no es la solemnidad del cargo, sino una escena familiar: “Me trae muchos recuerdos de mi infancia, porque siempre estaba en mi cuarto y él iba a verme”. En esa frase hay una clave: lo que permanece no es el protocolo, sino la visita; no el título, sino el vínculo.

“Mi padre sabía de mi pasión por los deportes”.
Orlando Jorge Villegas

Con esa misma lógica —la de los objetos que abren puertas a momentos vividos— Orlando Jorge Villegas decide subir a lo que fue su habitación cuando vivía allí. El gesto es simple, pero tiene peso narrativo: subir es volver, y volver es reordenar la vida a través de pequeñas pruebas materiales.

En el cuarto aparecen dos libros que le regaló otro abuelo, el poeta y escritor Víctor Villegas. Los muestra como quien enseña una herencia silenciosa. Fueron escritos por él y llevan títulos que condensan mundos: La muerte herida y Sueño y realidad. Orlando Jorge Villegas no se detiene en reseñas ni interpretaciones; se detiene en lo esencial: “al final la pasión de mi abuelo era escribir”.

La escena, entonces, se amplía. La memoria familiar no es solo política o pública; también es cultural, artesanal, hecha de páginas. Hay un hilo que une el retrato presidencial con los libros: ambos hablan de legado, pero lo hacen desde lugares distintos. Uno evoca la imagen institucional; los otros, la vocación personal. Y entre ambos extremos, el nieto que recuerda.

El recorrido cambia de tono cuando aparece un tercer objeto: una gorra de las Águilas Cibaeñas. En esa prenda, gastada por el tiempo y cargada de firmas, Orlando Jorge Villegas encuentra una forma inmediata de volver a su padre, el fenecido exministro de Medio Ambiente, Orlando Jorge Mera. La gorra no es un trofeo; es una escena congelada de complicidad.

“Si mi memoria no me falla”, dice, pertenece al equipo del 2005 o 2006. Y enseguida arma el recuerdo con detalles concretos: fue con su padre a ver una final de Águilas contra Licey. En medio de esa experiencia, su padre tomó la gorra, bajó al dugout y logró que se la firmaran “desde el mánager hasta todos los jugadores del equipo”. Después, se la regaló.

No es un episodio grandilocuente, pero sí profundamente revelador. Habla de un padre que entendía la pasión de su hijo por el deporte y que, en vez de minimizarla, la celebró con un gesto fuera de libreto: buscar firmas, acercarse al equipo, convertir una salida familiar en recuerdo permanente. Orlando Jorge Villegas lo resume con una frase directa: “Mi padre sabía de mi pasión por los deportes”.

En esa casa, los objetos parecen cumplir una doble función. Por un lado, son lo que se puede tocar: un cuadro, dos libros, una gorra. Por el otro, son disparadores de algo más grande: las anécdotas, los momentos compartidos, las escenas que vuelven cuando ya no se puede llamar por teléfono ni tocar la puerta de una habitación.

“De ellos atesoro estos recuerdos materiales y otros también”, dice, pero enseguida corrige el foco: “Lo que más atesoro son los recuerdos, las anécdotas, los momentos vividos con ellos”. En su relato, lo material no reemplaza lo afectivo: apenas lo activa.

Al terminar el recorrido llega la nostalgia no es solo nostálgico; también es una declaración hacia adelante. Orlando Jorge Villegas no habla únicamente de lo que perdió o de lo que extraña, sino de lo que desea prolongar: “Yo espero también disfrutarlo con mis hijos”. La memoria, en su mirada, no es museo. Es puente. Y esa tarde, al volver a su cuarto y elegir qué llevarse —la gorra, al menos—, deja claro que recordar también es una forma de continuar.

Elvira Lora

Subdirectora

Periodista especialista en investigación, documentación y derechos humanos. Doctora en Periodismo & Comunicación de la #UAB. Productora transmediática y fundadora de una plataforma de periodismo feminista Ciudadanía Fémina.

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