En los operativos policiales con civiles muertos, la versión oficial suele repetirse bajo una misma fórmula: “intercambio de disparos”. Detrás de esa expresión quedan familias que cuestionan el relato oficial, barrios marcados por el miedo y expedientes que pocas veces ofrecen una explicación completa, pública e independiente. 

El primer comunicado oficial suele venir de la Policía, casi siempre con rapidez. En él se afirma que los agentes perseguían a sospechosos, que estos dispararon primero y que la patrulla respondió. Para muchas familias de las víctimas, esa explicación no cierra el caso; apenas lo abre. 

Ese comunicado suele difundirse antes de que exista una investigación que determine quién ordenó el operativo, quién disparó, qué pruebas fueron levantadas, si había cámaras, si la escena fue preservada y si habrá responsables ante la justicia. Sin esas respuestas, la versión oficial corre el riesgo de imponerse como verdad. 

El problema no está en admitir que la Policía enfrenta situaciones de alto riesgo, sino en aceptar que, cuando hay muertos, la versión de los agentes no puede ser la única explicación. Peritajes, autopsias, videos, testimonios e investigaciones independientes son indispensables para determinar si hubo uso legítimo de la fuerza o abuso de poder, según han explicado especialistas en seguridad pública. 

El caso de la Barranquita puso en jaque el relato oficial 

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El caso ocurrido en el sector La Barranquita, en Santiago, llevó esa discusión al plano nacional. Según informó el Ministerio Público, cinco hombres murieron el 10 de septiembre de 2025 en una plaza comercial de la avenida Olímpica, y once miembros de la Policía Nacional fueron arrestados por su presunta vinculación con el hecho. 

La versión oficial describió el hecho como una balacera entre civiles y agentes, es decir, un “intercambio de disparos”. Sin embargo, familiares de los fallecidos rechazaron esa explicación y denunciaron que pudo tratarse de una ejecución. La contradicción entre el relato policial y el reclamo de las familias convirtió el caso en una prueba de la credibilidad del sistema de justicia. 

La Procuraduría General de la República abrió una investigación para esclarecer cómo ocurrió el hecho y determinar responsabilidades. En ese proceso, el caso no solo exigía reconocer a las cinco víctimas, sino también demostrar con pruebas, y no solo con versiones policiales, qué pasó antes, durante y después de los disparos. 

La etiqueta que llega antes que el reclamo de la justicia 

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La expresión “intercambio de disparos” se ha convertido en una fórmula recurrente del discurso oficial. Sugiere una escena de peligro y defensa propia; sin embargo, para muchas familias y sectores de la sociedad civil, funciona como una etiqueta que marca al fallecido antes de que la justicia examine los hechos. 

Activistas de derechos humanos y organizaciones civiles han advertido que ninguna muerte causada por agentes del orden debe quedar explicada únicamente por el parte policial. Señalan que, cuando la institución involucrada construye el primer relato y conserva parte de las pruebas, resulta indispensable un control externo que garantice una investigación confiable. 

La situación se agrava cuando se anuncia una investigación y luego no se informa qué ocurrió con el expediente. En muchos casos, no hay avances públicos, sanciones, decisiones judiciales ni una reconstrucción clara de los hechos. Así, el comunicado inicial termina imponiéndose sobre la investigación: la persona fallecida queda marcada por una primera versión, mientras su familia carga con el duelo y con la tarea de exigir que el caso no caiga en el olvido y se haga justicia. 

Las cifras que cuestionan el alivio oficial 

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El Centro de Análisis de Datos de la Seguridad Ciudadana, adscrito al Ministerio de Interior y Policía, informó que República Dominicana cerró 2025 con 951 homicidios intencionales y una tasa de 8.7 por cada 100,000 habitantes. Las autoridades presentaron el resultado como una señal de mejoría en materia de seguridad. 

Sin embargo, esa mejoría no cuenta toda la historia. La disminución de los homicidios comunes contrasta con un dato inquietante: el aumento de las muertes causadas por agentes policiales durante intervenciones en sectores populares de Santo Domingo y otras provincias. 

Según reportes basados en cifras oficiales del Observatorio de Seguridad Ciudadana y la Oficina Nacional de Estadísticalas muertes por acción policial o militar aumentaron de 77 en 2021 a 227 en 2024. Ese salto desplaza el debate sobre seguridad: no basta con medir la baja de los homicidios, también hay que explicar cuántas vidas se pierden por intervención del propio Estado. 

La crítica no puede reducirse a un solo gobierno. Durante las gestiones de Leonel Fernández (2004-2012) se registraron más de 4,000 muertes atribuidas a actuaciones policiales. En los gobiernos de Danilo Medina (2012-2020) se contabilizaron aproximadamente 1.090 casos: bajaron algunos indicadores, pero persistió la falta de respuestas. Bajo la administración de Luis Abinader, hasta julio de 2026, se han reportado 959 muertes, lo que muestra un repunte preocupante de la letalidad policial. Organizaciones de la sociedad civil, como Participación Ciudadana y la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, han documentado estas cifras. 

El contraste es evidente: aunque el Gobierno destaca la reducción de los homicidios intencionales, aún debe explicar el aumento de las muertes atribuidas a sus fuerzas de seguridad. Sin transparencia, ese avance pierde peso y el relato oficial queda expuesto a la desconfianza pública. 

Lo que indican las investigaciones y los expertos 

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La investigación periodística transnacional Patrulla Letal revisó casos publicados entre 2004 y agosto de 2019 y documentó 1.844 presuntos “intercambios de disparos”. De ese total, solo 96 tenían información sobre su llegada a la justicia. La distancia entre ambas cifras ayuda a entender por qué la desconfianza no nace de un hecho aislado. 

La Oficina Nacional de la Defensa Pública también ha advertido sobre este problema. Su director, Rodolfo Valentín Santos, sostiene que presentar estas muertes como “intercambios de disparos” sin una investigación independiente puede vulnerar garantías constitucionales, entre ellas el derecho a la vida y el debido proceso. 

Para especialistas en seguridad ciudadana, el problema no se explica solo por la actuación indebida de algunos agentes. También obedece a fallas estructurales en la formación, la supervisión, el control de armas y la disciplina interna, así como a una cultura institucional que durante años ha normalizado respuestas letales frente al delito. 

 La pesquisa que no  debe quedar en manos policiales 

El punto más delicado es quién investiga. Cuando una persona muere por disparos de agentes del orden, la pesquisa no puede quedar en manos exclusivas de la institución señalada. Se requieren fiscales activos desde el primer momento, pruebas protegidas, peritajes independientes y resultados públicos, como reclaman activistas de derechos humanos. 

Las investigaciones internas pueden servir para determinar faltas disciplinarias, pero no sustituyen una investigación penal. Si hubo abuso, alteración de la escena, uso desproporcionado de la fuerza o ejecución, la respuesta debe venir del sistema de justicia y no solo de una sanción administrativa. 

También debe revisarse la cadena de mando. En un operativo no solo actúa quien dispara: también tienen responsabilidad quienes planifican, autorizan, supervisan y luego explican públicamente lo ocurrido. Sin esa revisión completa, cada caso queda reducido a unos pocos agentes suspendidos o trasladados. Esa respuesta puede calmar el momento, pero no cambia los patrones que permiten que hechos similares se repitan. 

La reforma policial como compromiso nacional 

images-25La Fundación Institucionalidad y Justicia (Finjus) ha propuesto un pacto de Estado para que la reforma policial trascienda cualquier gobierno. Su vicepresidente ejecutivo, Sergio Tulio Castaños Guzmán, sostiene que esa transformación debe ser estructural y apoyarse en una nueva ley, una mejor formación y continuidad institucional. 

De su lado, Participación Ciudadana ha insistido en acelerar la reforma y dotar al país de una Policía más profesional, cercana a la ciudadanía y sometida a controles efectivos. La organización ha señalado que la reforma no se limita a una ley, pero necesita una base legal moderna para avanzar. 

El debate legislativo también incorpora nuevas herramientas de control. Entre las medidas discutidas en la reforma policial figuran el uso obligatorio de cámaras corporales, límites al uso de la fuerza, reglas para las requisas y sanciones a superiores que asignen agentes a funciones ajenas a la seguridad pública. 

El miedo que queda en los barrios 

En los barrios y comunidades donde estos operativos son frecuentes, la desconfianza forma parte de la vida diaria. La gente teme a la delincuencia, pero también a quedar atrapada en una intervención policial, denunciar un abuso o contradecir una versión oficial. 

Las autoridades afirman que cada caso se investiga y niegan que exista una política de ejecuciones. Pero, en una democracia, no basta con rechazar los abusos de palabra: hay que demostrarlo con expedientes abiertos, pruebas preservadas, audiencias, sanciones cuando correspondan y reparación para las víctimas. 

La sospecha que nace con cada caso 

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Cada expediente representa a una familia que no solo enfrenta una muerte, sino también la incertidumbre de saber si algún día conocerá la verdad. La falta de respuestas alimenta el miedo en los barrios, donde muchos ciudadanos temen quedar atrapados entre la delincuencia y un operativo sin explicación clara. Por eso, las organizaciones defensoras de derechos humanos insisten en que la transparencia no debe ser un simple trámite, sino una condición mínima para que la seguridad pública no se convierta en otra fuente de desconfianza. 

Mientras los resultados no se hagan públicos, cada nuevo caso presentado como “intercambio de disparos” nacerá bajo sospecha. La seguridad ciudadana es necesaria, pero sin verdad, investigación independiente y rendición de cuentas, muchas familias seguirán sintiendo que el Estado les arrebató una vida y aún les debe una explicación. 

Julián P. Herrera

Periodista

Periodista. Reportero de Acento.com.do

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