Escribo este agradecimiento a mi querido amigo y hermano en el episcopado, monseñor Francisco Ozoria Acosta. También lo hago como obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís, diócesis de donde procedes y en la cual aún recordamos con afecto tu trabajo pastoral, tu dedicación constante y tu indiscutible espíritu sacerdotal.
Mi gratitud a tí por el hermoso trabajo realizado tanto en San Pedro de Macorís como, de manera muy notable, en la Arquidiócesis de Santo Domingo. Si damos un vistazo al trabajo pastoral en esta última sede metropolitana, podemos constatar que experimentó grandes avances que sólo un auténtico pastoralista como tú podía materializar:
- Reorganización territorial: Estructuración del territorio arquidiocesano en vicarías territoriales funcionales.
- Cercanía con los sencillos: Contacto continuo y directo con la feligresía más humilde. Un verdadero pastor con olor a ovejas.
- Desprendimiento institucional: Propuesta y puesta en ejecución de una nueva diócesis, priorizando el bien pastoral por encima de influencias o esferas de poder.
- Planificación ministerial: Reorganización y verdadera planificación pastoral del Ordinariato Castrense.
No fuiste el gran disertante académico, ni el arzobispo que se creyó jefe del gobierno dominicano, ni un vocero político para alimentar las páginas de los diarios sensacionalistas. Has sido y seguirás siendo el pastor que cuida en silencio, sin estruendosos silbatos ni la búsqueda de figurar en las farándulas mediáticas. Nunca te creíste príncipe de la Iglesia; elegiste vivir como servidor.
En el ejercicio ministerial es fácil caer en la tentación del aplauso efímero, pero tú, Monseñor Ozoria optaste siempre por la fidelidad silenciosa al Evangelio y el servicio abnegado a tu pueblo. Esa actitud de entrega total es la marca indeleble de un pastor que conoce y ama profundamente a su rebaño.
“Las grandes obras son como el cielo; hay que dejar pasar las nubes para poder contemplar su claridad. Para ver las maravillas del hoy hay que dejar que llegue el mañana…”
Monseñor Ozoria, la Iglesia católica en la República Dominicana te estará siempre muy agradecida. Quizás la dimensión exacta de tu obra no se valora plenamente en este momento, porque las grandes realizaciones son como el cielo claro: hay que dejar pasar las nubes para poder contemplar su verdadera claridad. Para contemplar las maravillas del presente es indispensable permitir que el tiempo corra y que el hoy se convierta en futuro.
Eres y serás siempre un hijo predilecto de nuestra diócesis. Aquí en San Francisco de Macorís te acogemos con los brazos abiertos, te esperamos con afecto y te agradecemos cada semilla de fe que plantaste entre nosotros. Que el Señor bendiga tu caminar y recompense con creces tu entrega generosa a la Iglesia y que la Virgen María, a quien profesas una devoción tan especial, te acompañe siempre con su maternal protección, te guíe por los caminos de su Hijo y te cubra con su manto de amor.
Mons. Alfredo de la Cruz Baldera
Obispo de San Francisco de Macorís
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