Amaury Batista, sobreviviente del colapso del Jet Set, describe el impacto emocional que le dejó el episodio y expresa su frustración por lo que considera una falta de avances en el ámbito judicial.
“Fueron unas semanas duras para mí”, cuenta Batista en su testimonio. Detalla que el período posterior al colapso estuvo atravesado por el insomnio y por recuerdos que reaparecían de forma inesperada. “No podía dormir”, resume, antes de explicar que incluso estímulos cotidianos podían desatar una reacción intensa: “Yo escuchaba una canción de Rubby —Pérez— a lo lejos y me bajaba a llorar como una Magdalena”.
Con el paso de los días, Batista afirma haber buscado una forma de sostenerse desde la fe. “Le he dejado todo a Dios. Estoy en paz con él”, dice. Sin embargo, aclara que esa calma convive con una sensación persistente de irritación, enfocada en lo que —según su relato— ocurre en el proceso de justicia.
“Lo único que me irrita es que la justicia no ha hecho lo que tiene que hacer”, sostiene. Batista afirma que “ya están todas las evidencias ahí” para que los procesados en los tribunales, Antonio y Maribel Espaillat, sean “juzgados como responsable”.
Además del dolor individual, Batista pone el foco en otra dimensión del después: el tejido humano entre quienes atravesaron el hecho y lograron sobrevivir. “Hay personas… Creo que falta muchísima gente”, señala, al referirse a quienes lo acompañaban y que no estarían presentes por distintas obligaciones.
En ese punto, plantea una autocrítica y un vacío colectivo: “De las personas que andaban conmigo, creo que no van a venir porque tienen sus obligaciones. Pero creo que falta muchísima gente con la que yo vengo”. Y remata con una reflexión sobre el acompañamiento entre sobrevivientes: “Como grupo de sobrevivientes, en realidad no nos hemos dado apoyo”.
Su testimonio deja dos demandas en primer plano: por un lado, el pedido de que la justicia avance con base en la evidencia que él da por existente; por otro, la necesidad de construir redes de contención entre quienes comparten una experiencia límite y, aun así, cargan en soledad con parte de sus consecuencias.
Batista no oculta que el impacto sigue presente. Pero, entre la fe y la insistencia por respuestas, su voz traza una línea clara: el duelo no termina en el alivio de haber sobrevivido, y la recuperación —personal y colectiva— también depende de lo que ocurra fuera de cada historia individual.
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