La reflexión del abogado y articulista Aángel Gomera titulada “Encrucijada entre el ser y el parecer” plantea una inquietud que trasciende lo individual: la brecha creciente entre lo que se es y lo que se proyecta ante los demás. En una época marcada por la exposición constante y la validación social inmediata, la autenticidad parece enfrentarse a una presión permanente por construir imagen.
El texto sugiere que el dilema no es nuevo, pero sí más visible. La cultura digital ha amplificado la necesidad de aparentar éxito, coherencia o solvencia moral, incluso cuando la realidad es más compleja. Redes sociales, discurso público e incluso dinámicas institucionales incentivan la proyección de versiones cuidadosamente editadas de la identidad personal y colectiva.
En ese contexto, el “parecer” puede convertirse en una estrategia de supervivencia social, mientras que el “ser”, con sus contradicciones y matices, queda relegado a un plano íntimo. La consecuencia, advierte la reflexión, es una posible erosión de la confianza: cuando la apariencia se impone sobre la esencia, la credibilidad se vuelve frágil.
Impacto en la vida pública
La tensión entre autenticidad e imagen adquiere mayor relevancia en la esfera política y social. Instituciones y líderes enfrentan el desafío de sostener coherencia entre discurso y acción, especialmente en sociedades donde la opinión pública reacciona con rapidez y severidad ante cualquier incongruencia.
La construcción de imagen no es, en sí misma, negativa. Forma parte de la comunicación estratégica. El problema surge cuando la apariencia sustituye la sustancia, debilitando la transparencia y la rendición de cuentas. En esos casos, la percepción puede distanciarse peligrosamente de la realidad.
Más allá de lo digital
La encrucijada entre ser y parecer no se limita a redes sociales o política. También atraviesa el mundo laboral, académico y familiar. La presión por cumplir expectativas externas puede generar estrés, desalineación personal y pérdida de sentido.
El planteamiento central de la reflexión apunta hacia la necesidad de recuperar la coherencia como valor social. La autenticidad no implica perfección, sino correspondencia entre principios y acciones. En tiempos de exposición constante, esa coherencia se convierte en un activo ético.
La discusión invita a revisar hasta qué punto la sociedad prioriza la forma sobre el fondo y qué consecuencias tiene esa elección en la calidad de la convivencia democrática y en la construcción de confianza colectiva.
Compartir esta nota
