El aroma de las flores de cempasúchil, las velas encendidas y los altares con fotografías y alimentos marcan la llegada del Día de Muertos en México, una de las celebraciones culturales más representativas del país. Cada 1 y 2 de noviembre, las familias recuerdan a sus seres queridos fallecidos mediante rituales que convierten la memoria en una expresión de identidad y encuentro.
La tradición tiene sus raíces en las prácticas funerarias y las concepciones sobre la muerte de antiguos pueblos mesoamericanos, entre ellos mexicas, zapotecas, purépechas y totonacas.
Con la llegada de los españoles, estas costumbres entraron en contacto con las celebraciones cristianas dedicadas a los santos y a los fieles difuntos, dando paso a una mezcla de elementos que evolucionó a lo largo de los siglos.
Uno de los símbolos más reconocidos de esta fecha son los altares familiares, preparados con fotografías de las personas fallecidas, velas, alimentos, bebidas y objetos que disfrutaban en vida. Las flores de cempasúchil también ocupan un lugar central en la decoración, mientras que el pan de muerto forma parte de las ofrendas tradicionales en distintas localidades.
De acuerdo con las creencias de algunas comunidades mexicanas, durante estas fechas las almas de los difuntos regresan temporalmente para reunirse con sus familiares y recibir las ofrendas. Por eso, las celebraciones incluyen visitas a los cementerios, decoración de tumbas, reuniones familiares y actividades comunitarias que mantienen presentes las historias de quienes ya no están.
La celebración también tiene una relación histórica con el calendario católico. El 1 de noviembre la Iglesia conmemora el Día de Todos los Santos, mientras que el 2 de noviembre dedica una jornada a la oración por los fieles difuntos. Aunque coinciden en las fechas y comparten el recuerdo de los fallecidos, el Día de Muertos es una tradición cultural mexicana, mientras que la conmemoración católica se centra en la oración por las personas que han muerto.
El valor de estas prácticas fue reconocido por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que en 2003 proclamó las festividades indígenas dedicadas a los muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
En 2008 quedaron inscritas en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, por su importancia para la identidad y la continuidad de las tradiciones comunitarias.
En los últimos años, el Día de Muertos ha trascendido las fronteras mexicanas. Altares, calaveras y catrinas aparecen en celebraciones de ciudades como Madrid, Nueva York y Tokio, impulsadas también por la difusión de películas como Coco y Spectre. La tradición continúa transformándose, pero conserva su propósito de reunir a las familias, transmitir costumbres entre generaciones y recordar a los fallecidos desde la cultura, el arte y la celebración.
Con información de EFE.
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