La tentación de ver al cerebro humano como una especie de máquina existe desde hace mucho tiempo. Marvin Minsky, un pionero en inteligencia artificial (IA), provocativamente solía llamar a los humanos "máquinas de carne".
Si nos remontamos todavía más, una analogía de la era preinformática describía al cerebro como un "telar encantado donde millones de lanzaderas centelleantes tejen un patrón que se desvanece", tal como lo describe el escritor científico Michael Pollan en su nuevo libro, A World Appears (Un mundo aparece).
Por eso no es sorprendente que algunas personas a la vanguardia de la IA ahora crean que sus modelos pronto podrían adquirir conciencia. Si el cerebro es similar a una computadora, ¿por qué una computadora superpoderosa no habría de desarrollar conciencia también?
Este es un terreno confuso para los tecnólogos, sobre todo porque nadie está de acuerdo en qué es la conciencia, y mucho menos en cómo y por qué surge. De hecho, Pollan concluyó su intento de 280 páginas por desentrañar el "difícil problema de la conciencia" admitiendo que, al final, sabía menos de lo que sabía al principio.
Pero, en lugar de que nuestras nuevas máquinas se eleven para alcanzar cualidades verdaderamente similares a las humanas, mi temor es que nosotros progresivamente bajemos esos estándares al perder la fe en quiénes somos y que nosotros mismos nos volvamos más parecidos a las máquinas.
Siguiendo el espíritu de Minsky, un reciente artículo del economista Tyler Cowen argumentaba que no había "ningún fantasma en la máquina", sino que "quizás más importante es que apenas hay un 'fantasma' en tu propia máquina humana", ya que nuestros cerebros toman muchas decisiones sin que seamos conscientes de ellas.
Yo creo que Cowen definitivamente estaba hablando en un tono irónico cuando dijo que deberíamos "rebajar nuestro propio sentido del yo", pero no se puede decir lo mismo de Sam Altman, de OpenAI, quien ha defendido el consumo de energía de los modelos de IA señalando que "también se necesita mucha energía para entrenar a un ser humano. Se necesitan unos 20 años de vida —y toda la comida que consumes durante ese tiempo— para llegar a ser inteligente".
Elon Musk, por su parte, considera que algunas características inherentes al ser humano son debilidades contra las que hay que protegerse. "Cuidado con el 'exploit' de la empatía", ha escrito él en X, su plataforma de medios sociales. (Cabe señalar que "exploit" es un término de la ciberseguridad que describe un fragmento de código que se aprovecha de una vulnerabilidad en un sistema). "La empatía es buena y correcta cuando se reflexiona sobre ella (a fondo), pero puede ser mortal para la civilización cuando se reduce a una simple respuesta a un estímulo (superficial)".
Esta costumbre de comparar a los seres humanos con las máquinas nos lleva a vernos a nosotros mismos como alternativas subóptimas frente a los robots inteligentes o a los agentes de IA: demasiado débiles; demasiado emocionales; no lo suficientemente incansables. Aunque muchas de esas afirmaciones aún no son ciertas (por ejemplo, muchos robots humanoides necesitan recargarse después de unas horas), ya es posible observar cómo esta mentalidad se está infiltrando entre algunos empleadores. Tomemos como ejemplo al director ejecutivo de Standard Chartered, quien recientemente habló de reemplazar "el capital humano de menor valor por el capital financiero y de inversión que estamos invirtiendo".
Sus comentarios provocaron una reacción negativa generalizada. Pero yo creo que muchos de nosotros, sin querer, nos hemos convertido en cómplices de este enfoque al adoptar ciertas expectativas propias de una máquina para nosotros mismos. Compramos un sinfín de libros sobre cómo maximizar nuestra productividad. Nos colocamos dispositivos en las muñecas para medirnos y "optimizarnos". Incluso cuando compramos libros sobre cómo hacer una pausa, parece que tienen que estar enmarcados en la promesa de una mayor productividad. El libro de Alex Soojung-Kim Pang, Rest (Descanso), por ejemplo, tiene el subtítulo: "Por qué logras más cuando trabajas menos". De hecho, incluso nuestro lenguaje de "resistencia" a menudo nos describe como máquinas. Decimos que necesitamos "apagarnos" o "desconectarnos" para "recargar nuestras baterías" antes de "agotarnos".
Pero los seres humanos no se parecen mucho a las máquinas, y eso incluye a nuestros cerebros. Varios científicos ahora sostienen que la metáfora de la "computadora" no es una forma útil de comprender sus mecanismos biológicos interrelacionados e inmensamente complejos, los cuales se asemejan más a "las murmuraciones de estorninos", como lo ha expresado el neurocientífico Luiz Pessoa. En cuanto a la conciencia, algunos creen que surge del diálogo entre el cuerpo y el cerebro. En este marco, nuestra mortalidad y nuestra capacidad de sentir no son defectos ni "vulnerabilidades" que deban evitarse, sino el secreto de quiénes somos.
No tiene por qué ser una competencia, por supuesto. Tanto los seres humanos como los sistemas de IA son poderosos, pero de maneras fundamentalmente diferentes. En un mundo ideal, usaríamos estas herramientas para ampliar nuestro alcance y lograr cosas nuevas. Pero si permitimos que nos comparen con las máquinas, me temo que llegaremos a esperar demasiado de nosotros mismos en algunos aspectos, y muy poco en otros.
Sarah O’Connor. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
Compartir esta nota
