El filosofo Gianni Vattimo tuvo una prolongada carrera pública que implicó ser opinador en los periódicos. Esta práctica no es casual, si se asume la filosofía como una vocación de servicio anclada en la tradición deliberativa que originó la democracia, en vez de una especialidad universitaria regulada por el modelo neoliberal de las universidades.

Influido desde su infancia por el catolicismo, Vattimo estudió filosofía y se familiarizó con el humanismo cristiano de Jacques Maritain. Luego, realizó una tesis sobre el concepto de hacer en Aristóteles. En sus propias palabras deseó: “construir un nuevo humanismo cristiano contra los fariseos”. (Vocación y responsabilidad del filósofo). Con Aristóteles inicio el recorrido por los pensadores críticos del individualismo y la concepción del vínculo indisoluble entre la filosofía y la ciudad.

De ahí la necesidad de expresarse y articularse en el espacio público. Vattimo entendía que si un filósofo olvidaba la conexión entre su oficio y la diversidad de intereses que podían motivarlo (político, religioso, liberador), terminaba replicando la decadencia espiritual denominada por Edmund Husserl como “la crisis de las ciencias europeas”.

Esta vocación política del filósofo debe diferenciarse de la vocación del político, pues aspira a una universalidad y a una trascendencia que desborda los intereses inmediatos propios del quehacer del político profesional. En este sentido, la vocación del filósofo es la educar actitudes que permitan transformar a los seres humanos. Esto implica una actividad teórica e interpretativa que invierte el esquema marxista donde la transformación de las mentalidades se subordina a la transformación de las estructuras sociales. En otras palabras, si Karl Marx reclamaba que los filósofos se habían limitado a interpretar un mundo que debía ser transformado, Vattimo entiende que ninguna transformación de la realidad es posible si no es interpretada previamente.