Aunque todavía no han concluido los conteos electorales en varios estados clave de los EEUU, ya hay dos resultados claros: primero, aunque los republicanos parecen haber ganado la Cámara Baja y quizás también el Senado, las ganancias republicanas fueron cuantitativamente muy inferiores a lo pronosticado por el liderazgo del partido, que se pasó semanas hablando de “la marea roja” que barrería las elecciones; segundo, la razón principal por la que los republicanos no lograron las docenas de curules congresionales, gobernaciones estatales y otros cargos que suele ganar el partido de oposición en las elecciones de medio término, tiene nombre y apellido: Donald Trump.

 

Muchos analistas políticos -incluyendo algunos conservadores- venían advirtiendo desde hace meses que la injerencia constante de Trump en el proceso electoral tendría consecuencias negativas para los republicanos, como en efecto las tuvo. Muchos de los candidatos elegidos dedocráticamente por Trump para participar en las primarias republicanas eran claramente un lastre para el partido. Algunos representaban el ala más demencial del neofascismo trumpista, como el candidato a gobernador por Pennsylvania, Doug Mastriano, un racista y homófobo cuya campaña repetía muchas de las conspiraciones más absurdas de QAnon y que prometía prohibir el aborto sin excepción en su estado, sometiendo a la justicia como homicidas a las mujeres que abortaran. Este hombre no solo participó en los eventos del 6 de enero en el Capitolio, sino que fletó guaguas de simpatizantes para que lo acompañaran en ese intento fallido de golpe de Estado.

 

Otros de los candidatos de Trump eran políticos improvisados, sin experiencia ni calificaciones para ocupar las posiciones a las que fueron nominados, siendo el mejor ejemplo el candidato a senador por el Estado de Georgia, Herschel Walker, poseedor de un coeficiente intelectual que da vergüenza ajena y que podríamos atribuir -caritativamente- a las lesiones cerebrales que aquejan a tantos exjugadores de fútbol americano. Además de su poca o nula idoneidad para los cargos a los que fueron postulados, lo que todos los candidatos trumpistas tenían en común era su apoyo incondicional al líder y a su cantaleta incesante -y cada vez más cansona- de que le robaron las elecciones del 2020. Mientras más abyecta la adulación, mayores las posibilidades de que Trump, narcisista y megalómano sin par, les brindara su apoyo.

 

La pregunta es: ¿por qué el liderazgo de su partido se plegó a las imposiciones de Trump durante este proceso electoral, tal como lo hizo en las elecciones del 2020, donde los republicanos no sólo perdieron la presidencia, sino también las dos cámaras del Congreso? Un primer factor es la popularidad de Trump con las bases del partido –dos de cada tres votantes republicanos lo apoya– a pesar del temor y el rechazo cada vez mayor que genera su figura entre los votantes no republicanos. Un segundo factor es la cobardía y el oportunismo de los políticos republicanos, que no se atreven a enfrentar a Trump por temor a los insultos destemplados y las represalias políticas que pueden sufrir en consecuencia. A manera de ejemplo, solo 2 de los 10 congresistas republicanos que votaron a favor del segundo impeachment de Trump pudieron competir en las elecciones de esta semana; los 8 restantes o bien perdieron sus primarias ante candidatos trumpistas o desistieron de participar en la contienda ante el acoso obsesivo de Trump y sus seguidores.

 

El dilema de los políticos republicanos tradicionales -si es que tal especie todavía existe- es que la mayoría no está dispuesta a exponerse al rechazo de las bases trumpistas durante las primarias y las elecciones generales. Pero tal como demostraron las presidenciales del 2020 y la reciente contienda de medio término, el resto del electorado le tiene cada vez más miedo al loco suelto en el partido republicano, sobre todo después de que los jueces trumpistas de la Suprema Corte eliminaran el derecho al aborto y millones de mujeres quedaran a merced de ultraconservadores religiosos en los estados gobernados por republicanos. Con el paso del tiempo, Trump se ha vuelto cada vez más tóxico -un poco como los locos del patio, aunque los genios políticos que en estos días intentaron boicotear el censo son unos niños de teta en comparación.

 

Para complicarle más las cosas a los republicanos, tras la fallida “ola roja” se empiezan a multiplicar las voces conservadoras demandando que Trump se retire de la política activa y ceda el paso al nuevo ídolo de la ultraderecha: Ron DeSantis, el gobernador de la Florida, igual o más reaccionario que Trump pero infinitamente más inteligente, lo que lo hace mucho más peligroso. La rivalidad entre ambos políticos, que venía en aumento desde hace meses, ha devenido en un enfrentamiento abierto tras el éxito de DeSantis esta semana en la Florida, que arrastró a los demás candidatos republicanos del estado a la victoria, en contraste con el papelazo electoral de Trump. Ahora que los republicanos han confirmado que tienen un heredero mejor que el modelo original, muchos de ellos se atreven a atribuirle a Trump el fracaso de la “ola roja” y a pedir públicamente su salida del ruedo. Hasta muchos “analistas” de Fox News están en esa onda, lo cual es mucho decir.

 

¿Podrán los republicanos desplazar a Trump del centro de atención y poder político del partido? Parece dudoso por varias razones: primero, porque su ego descomunal no le permitiría renunciar a su protagonismo, ni en beneficio del partido ni para preservar la influencia que todavía le queda con las bases que lo idolatran; segundo, porque tan pronto concluya el actual proceso electoral se esperan los sometimientos judiciales más importantes y peligrosos para Trump, que habían sido pospuestos por las autoridades para no influir las elecciones de medio término, incluyendo el rol de Trump en el asalto al Capitolio, el robo de documentos secretos de la Casa Blanca y el intento de subvertir las elecciones presidenciales de Georgia en el 2020. La única posibilidad de seguir evadiendo los procesos judiciales es que Trump se adelante a las autoridades anunciando su candidatura presidencial para el 2024. De esta forma, cualquier sometimiento judicial, por merecido que sea, puede ser descalificado como simple persecución política.

 

Hay que suponer, por tanto, que Trump seguirá complicándole la vida al Partido Republicano de cara a las presidenciales del 2024, aunque sus posibilidades de ganarlas sean prácticamente nulas. A esto hay que agregar que, en caso de que se confirme su victoria en una o ambas cámaras del Congreso, los republicanos no tienen planes ni propuestas para los próximos dos años más allá de boicotear todas las iniciativas del Poder Ejecutivo y establecer un comité congresional para acosar a Hunter Biden, el hijo del Presidente, quien ya está siendo investigado por evasión de impuestos. El plan republicano es montar un circo interminable, similar al que le montaron a Hillary Clinton por el atentado en Benghazi, que sirva para mantener entretenida a sus bases. En este escenario, llegarían a las presidenciales sin logros legislativos que mostrar y con el loco suelto.

 

Ante esta situación parecería que la única forma en que los republicanos pueden ganar la presidencia en el 2024 es si Trump se muere en el 2023, antes de hacerle un daño irreparable al proceso eleccionario interno de los republicanos, lo que daría paso a la unificación de los diferentes sectores del partido en torno a la candidatura de DeSantis.

 

¿Y del otro lado, qué está pasando? ¿Podrá el Partido Demócrata sacar provecho de la crisis republicana y el fracaso de la tan cacareada “marea roja”? Ese es tema para otro artículo, aunque a manera de tráiler cabe mencionar que cuando a Biden le preguntaron este miércoles en su conferencia de prensa post-electoral qué haría en los próximos dos años para restaurar la maltratada confianza de los electores en el futuro del país, su respuesta fue: “Nada, porque la gente recién empieza a darse cuenta de todo lo que estamos haciendo…”. O sea, que los demócratas siguen más perdidos que el hijo de Lindbergh.