Si fuésemos lúcidos y sensibles, como presumimos, si portáramos un ápice de sentido de justicia, advertiríamos la aberración que conlleva el destinar 2,24 billones de dólares para gasto militar en solo un año, 1922, en el mundo. Y para colmo, todo apunta, a ojos vistas, a un aceleramiento en el aumento de los presupuestos militares.

En nuestro hogar compartido, hay 12,700 ojivas con cabezas nucleares, en manos de nueve países. Estados Unidos y Rusia concentran el 90% de estas armas, cuya capacidad destructiva es suficiente para arrasar con humanos, animales y plantas en la Tierra, único lugar del Cosmos donde existe vida, hasta donde se sabe. Los arsenales se modernizan en lugar de desmantelarse, como aconseja el buen juicio y establecen convenios internacionales que son violados sin consecuencias para los infractores. Como si todo esto fuera poco para persuadirnos  de la vulnerabilidad en que nos sumen las manías bélica, la paranoia atizada con intención y la codicia, están los arsenales de armas químicas y biológicas. Para encender más la alarma, nos arropan noticias turbadoras:  a través de inteligencia artificial y edición de ADN, al alcance de cualquier sicópata con acceso a tecnología, se pueden fabricar con sorprendente facilidad innumerables moléculas letales y manipular y alterar la biología de un animal, una planta o un humano…

Según un equipo de expertos, citados por la BBC[1], la especie tiene buenas probabilidades de sobrevivir a guerras, hambrunas, epidemias, inundaciones, terremotos, depredadores, como se ha demostrado en el pasado. Aún la posibilidad de aniquilamiento por el impacto de un asteroide es casi insignificante. Sin embargo, hoy prenden las dudas sobre la capacidad de los humanos para controlar azarosas consecuencias de sus propias creaciones. Preocupan las contingencias para las que no estamos advertidos, el desencadenamiento de eventos negativos producto de un error que, hasta no ocurrir, fue impensable. Dilemas éticos sin precedentes en cuanto a magnitud e implicaciones para la civilización están a la orden del día. Algunos tenderán a agigantarse hasta confundirnos con su densa sombra. "Este es el primer siglo en la historia del mundo en el que el más grande riesgo viene de la humanidad", señala para la BBC el astrofísico británico Martin Rees.

El crecimiento del gasto militar en el mundo es escandaloso. No ha  dejado de aumentar de manera sucesiva durante los últimos siete años. En documento publicado en abril del año en curso por el Instituto Internacional sobre la Paz de Estocolmo (SIPRI), se informa: “El gasto militar mundial total aumentó un 3,7% en términos reales en 2022, hasta alcanzar un nuevo máximo de 2,24 billones de dólares. El gasto militar en Europa experimentó su mayor incremento interanual en al menos 30 años”[2].

Estados Unidos sigue siendo el país que encabeza esa carrera cuya meta es peligrosamente brumosa. El gasto militar estadounidense alcanzó los 877,000 millones de dólares en 2022, lo que supone el 39% del gasto militar mundial total y tres veces más que la cantidad gastada por China, el segundo país con mayor gasto del mundo. La distribución del aumento refleja un mundo multipolar, donde la inseguridad y el miedo están a la orden del día. Países en los que millones sobreviven en dura pobreza invierten en armamentos lo que debería dirigirse a eliminar el hambre, la insalubridad, la vulnerabilidad. En 2022, el gasto militar de la India, de 81,400 millones de dólares, fue el cuarto más alto del mundo. Supuso un 6 % más que en 2021. El de Etiopía aumentó un 88%, hasta alcanzar los 1,000 millones de dólares.

La invasión de Rusia a Ucrania y la guerra que allí se libra, con indirecto y fuerte involucramiento de la OTAN, han sido un detonante de esta alocada competencia por posesión de armas cuyo poder destructivo también se incrementa. En Europa Central y Occidental, el gasto militar vuelve a los niveles de la Guerra Fría. En 2022, ascendió a 345,000 millones de dólares, se hace constar en el mencionado documento del SIPRI.

Las armas se fabrican para matar y destruir. Los daños a gran escala son su “virtud”. El almacenamiento de armas es incómodo. La acumulación de artefactos destructivos en los que se han invertido exorbitantes recursos, incita a la guerra. Es un factor palmario. Nadie apetece poseer cosas sin utilidad. Si esa utilidad no está a la vista, se busca generarla. Conflictos religiosos, económicos, fronterizos, políticos, históricos y en torno a identidades abundan; espolearlos, potenciarlos hasta que estallen no es nada difícil. Quiénes mueven los hilos y las motivaciones últimas es algo difuso, pese a la sobreinformación a que estamos sometidos, la cual a menudo nos aleja de la verdad de un modo caprichoso.

[1]“Cómo se va a extinguir la humanidad”, BBC Mundo. 25 abril 2013.

[2] “El gasto militar mundial alcanza un nuevo récord con el aumento del gasto europeo”, Instituto Internacional sobre la Paz de Estocolmo (SIPRI)abril 2023. https://www.sipri.org/sites/default/files/MILEX%20Press%20Release%20ESP.pdf