AUTORRETRATO EN ROJO

Imperdible. Genial. Más de 470 obras expuestas en el Museo de Arte Moderno, en ocasión del centenario del nacimiento del pintor dominicano Ramón Oviedo (1924-2015). Fina desmesura de un universo ontológico que va más allá de la realidad inmediata y fenoménica. Oviedo es un pintor de excelencias, un pintor de osadías, porque cuando su ejecución formal se ajusta más a un tema de serenidad pictórica, como sus autorretratos, no deja de adentrarse en una realización configurada de gran amplitud compositiva en la que planos, geometría, colores y, en especial, sus cortantes, pulcras y encajadas líneas, se unifican para darnos una obra que se ajusta a cánones perfectamente clásicos.

Ramón Oviedo es un artista constructivo, ordenado, sin una pincelada irreflexiva. Crea sin esfuerzo, con fluida naturalidad, pero conscientemente. Es uno de nuestros pintores que sabe qué hace y  por qué lo hace. Oviedo trabaja atento a su inexorable ruta, por eso, sin duda, el artista comunica directamente con la sustancia de su obra, y sacrifica, en gran parte, su humanidad a ella.

¿Hasta dónde Oviedo ha asimilado actitudes y tendencias ajenas a nuestro medio? ¿Hasta qué punto, en cambio, ha puesto a tales actitudes y tendencias  sus posibilidades locales y personales? Digamos ahora que el artista, reflexivo, seguro de sí mismo, ha asimilado y eliminado luego—la originalidad es eliminación de influencias—todo lo que significa disciplina en el arte y, al mismo tiempo, ha asumido las inquietudes que ha juzgado más justas en los últimos tiempos. De ahí el equilibrio entre lo recibido y lo dado que se advierte en su obra.

En todo proceso de integración participa en mayor o menor grado la asimilación erudita, al través de la cual se establece el propio estilo, que es el camino que conduce a la originalidad. Oviedo es ya un artista original, con medios de expresión en los que predomina lo personal y con un lenguaje que, sin pretender ser llamativo, resulta altamente convincente.

Igualmente Oviedo, como ha dicho Laura Gil, “ posee un repertorio amplio de modulaciones de la materia, pero son la transparencia, los frotados y los esgrafiados sus recursos más característicos, y los que maneja con mayor destreza, creando sutiles efectos táctiles, apariencias ectoplasmáticas y fantasmales, grafismos sinuosos y expresivos, y una invariable riqueza plástica, que lo aproxima a algunos de los informalistas más sugestivos y afortunados por sus logros experimentales, como Tápies o Burri, pero en el contexto de una estética suntuosa,  nada “povera”, y muy personal. El hecho visual de Oviedo normalmente gira y se focaliza en lo humano, aunque es también un consumado animalista, y su bestiario es uno de los más ricos y diversos de la plástica dominicana. Como a Terencio, no les es ajeno nada de lo humano, y tan pronto se ocupa de la fiesta, la bohemia, el mundo del teatro, las marionetas o los volatineros, en los que se encuentra algún eco cubista, como roza humorísticamente lo cotidiano, o se ocupa de los cambios y acontecimientos históricos”.

Sin embargo, la presión de la realidad se deja sentir hondamente en la pintura de Oviedo, que en la actualidad presenta características precisas de su quehacer personal y sin dejarse dominar por la influencia-ambiente, pero sin pretender quedar desvinculado de ella. De esta manera de sentir y de esta manera de manifestarse proviene la pintura de este artista dominicano. Pintura sustanciada que es, sobre todo, original de arte.

Y, como señalábamos en otra oportunidad, la creación del ambiente—el ambiente como situación precisa—influye en su poética a través del hecho creador todo lo circunstancial y anecdótico. De esta manera, los elementos sustanciales de su pintura, aunque absorbidos de una realidad precisa, tienen un aire universal en su configuración, lo que elimina en el artista otro de los graves peligros que acosan al creador: la reiteración, que es el primer signo de limitación.

Hay en Oviedo, como condición diferenciadora de su pintura, una equivalencia equilibrada de la imaginación y concepción plástico-esencial del cuadro, que se ayudan mutuamente para conseguir esa forma cargada de dimensión humana que tanto impresiona en sus experiencias visuales, no sólo por la línea, sino por la mesurada—y pensada—utilización de los colores. La eliminación de los tonos vivos, llamativos, escandalosos, contribuyen a que la atención del observador, quede centrada en lo que es decisivo en el cuadro: su sustanciación.

En la dimensión figurativa de Oviedo lo imaginativo y lo plástico-elemental se ayudan mutuamente para conseguir una forma cargada de dimensión humana. Y no sería aventurado señalar que acuden a él influencias del auténtico arte popular.

Por lo que se refiere al color, esencial en la concepción visual, en las tonalidades apagadas y cálidas vemos flotar como un fulgor de esa excepcional distinción espiritual que consiste en seguir confiando en las realidades más amargas y más agotadas de cada día, pero dignificadas—y aún significadas—en el universo cromático de nuestro autor.

Quien conoce esta obra, conoce también a Ramón Oviedo, en particular la dualidad que es la esencia de su personalidad, los mundos antagónicos que se enfrentan y excitan mutuamente, tanto en él como en su creación plástica: una brutalidad material y un idealismo sereno; una embriaguez de fuerza, de belleza pagana; una mezcla de violencia física  y de abstracción intelectual.

Es esta unión indisoluble de fuerzas opuestas lo que sin duda dio lugar a parte de sus sufrimientos y también a su grandeza única y universal.

Desde sus comienzos hasta su muerte Oviedo no dejó de pintar. Su obra es abundante y variada: dibujos, óleos, murales, grabados, gouaches, acuarelas.

En el curso  de los años, sus temas se ensancharon y pasó del realismo de la vida diaria a las sátiras en las que la visión profética de la historia se une a vastas alegorías metafísicas. A pesar de todos estos cambios, su inspiración fue siempre la misma: el Oviedo de los primeros dibujos y acuarelas no es esencialmente distinto al Oviedo de sus esculturas. ¿Cómo definir su trayectoria artística tan vasta y, en todos sus cambios, tan fiel a sí misma? Los  productos artísticos que en verdad cuentan son únicos; quiero decir: aunque pertenezca a este a o aquel estilo, son siempre una ruptura que libera al artista y lo impulsa a ir más allá de ese estilo. Hay dos maneras de concebir la historia del arte: como una sucesión de estilos y como una sucesión de rupturas, como ha dicho Octavio Paz. En Oviedo ambas son valederas. Y más: son complementarias. Una vive en función de la otra: porque hay estilo, hay transgresión de estilo. Mejor dicho: los estilos viven gracias a las transgresiones, se perpetúan a través de ellas y en ellas. Incesante recomenzar: cada transgresión es el fin de un estilo y el nacimiento de otro. El caso de Oviedo confirma la relación contradictoria entre el estilo, que es siempre colectivo, y la ruptura, que es un gesto individual.

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HABITANTES DEL SILENCIO 2
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HABITANTES DEL SILENCIO
Y qué pasará después.
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AUTORRETRATO EN AZUL.
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Despues qu el sol se acueste.
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Guardián de la selva.
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Evasión.
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Forma de un pensamiento.
Cuesta Arriba.