Escuela-Nacional-de-Santiago.-Foto-Palau.-Archivo-coleccion-Duleidys-Rodriguez-728x380
Escuela Nacional de Santiago. Foto Palau. Archivo colección Duleidys Rodríguez

Yo no era necesario porque no había recursos económicos para emprender las innovaciones que hacen falta. Todo lo que se puede hacer sin dinero lo hice; pero lo que se puede hacer sin dinero tiene un límite, fácil de alcanzar en estos tiempos. La innovación principal, la multiplicación de las escuelas, era irrealizable. El perfeccionamiento de los métodos y de los materiales, en la medida necesaria, era irrealizable también. Hecho lo principal que se me ocurrió, lo demás era hacer que la máquina escolar continuara funcionando normalmente.

En el año 2002, el historiador Orlando Inoa publicó el libro titulado Pedro Henríquez Ureña en Santo Domingo, donde presenta la labor de Henríquez Ureña como superintendente de educación entre diciembre del 1931 a junio de 1933, y que resume un año y medio de ejercicio como funcionario del gobierno dominicano. Los documentos que incluye fueron seleccionados tomando en cuenta la relevancia del escrito para retratar dicha labor. Acopiados por el Archivo General de la Nación, cuya procedencia se encuentran en los papeles de la Superintendencia General y la Revista de Educación (órgano de difusión de la Superintendencia para ese entonces), representó dos años de trabajo documental y la revisión de 500 legajos, cada una de unas 750 páginas aproximadamente. Cabe destacar que para el año 1992, cuando Inoa comenzó el proceso de revisión de dichos legajos, no se poseían evidencias de haber sido abiertos con posterioridad a su cierre original.[1]

Esta edición viene a llenar un vacío en la bibliografía sobre Henríquez Ureña, que, si bien es amplia, carece de estudios que aborden los años en que el denominado dominicano más universal vivó en su país y se dedicó a la labor pública. Según José Guerrero, después de la primera aproximación a la obra de Pedro Henríquez en República Dominicana, publicada por Rodríguez Demorizi y titulada “La dominicanidad de Pedro Henríquez Ureña” (1947), es Inoa quien, medio siglo después, continua esta línea investigativa[2].

En diciembre de 1931, Henríquez Ureña toma posesión del cargo. A su llegada, el país estaba, como el resto del mundo, inmerso en una crisis económica que iba a hacerle difícil su labor. No obstante, durante el período que le correspondió la más alta dirección del sector educativo, lo dedicó a impartir conferencias y talleres sobre temas culturales y educativos, a la donación de su biblioteca personal a la Universidad de Santo Domingo y a la Escuela de Artes y Oficios. A la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Santo Domingo prestó atención en la gestión de los más mínimos detalles del gasto corriente (material gastable, nómina, entre otros). En las instituciones a su cargo, veló por  el cumplimiento de la Ley Agrícola, sobre todo en lo que respecta a la creación y mantenimiento de los huertos escolares; a las supervisiones de planteles escolares, sobre todo en la región del Cibao, a alertar sobre la necesidad de la titulación para el nombramiento de los maestros; a las consultorías de temas relevantes para la educación -como la escuela segregada o mixta- a la pertinencia de la existencia de estudiantes libres; a la continuación o cese de las dos tandas escolares; a los días laborables de la escuela y a la carga horaria de los estudiantes.

La difusión de leyes concernientes a las comunidades rurales, los protocolos del izamiento de banderas en las instituciones educativas, al papel del docente en la enseñanza del castellano y en la promoción del hábito lector, al currículo de Secundaria, a la enseñanza de la Historia nacional, al papel de la educación, sobre todo la cívica, a la conservación de ruinas y edificaciones prehispánicas y coloniales, a la situación de la mujer casada en el magisterio, a la necesidad de la autonomía de la universidad primada, a la edición y los acuerdos ortotipográficos de la Revista de Educación, el seguimiento de prohibición de los castigos escolares, a la conformación del personal docente a nivel de país de procedencia, género, condiciones académicas y legales; hasta la posibilidad a futuro de un museo, donde se exhiban las producciones de los estudiantes.

Es importante decir que estuvo vinculado a la educación dominicana, incluso antes de nacer. Acerca de esta especie de “predestinación” Inoa nos dice: “como si fuera el sino de su vida, Pedro nació en una escuela, pues la casa de sus padres, donde se meció su cuna, ubicada, como ya hemos dicho antes, en la calle Esperanza esquina Los Mártires (hoy Luperón y Duarte), albergaba en el segundo piso el Instituto que auspiciaba su madre. Esta, en sus afanes de ama de casa y maestra, se llevaba a Pedro al Instituto (eso es, al segundo piso de la casa), quien oía las clases desde su cuna. Heredó de su madre la vocación de maestro, que fue muy temprano”[3].

En el artículo aparecido en el periódico La Opinión, el 4 de enero de 1932, titulado Enseñanza de la Historia, Henríquez Ureña realiza algunas declaraciones al redactor del periódico sobre sus propósitos en relación a la organización del sistema de enseñanza, uno de los cuales gira en torno a la enseñanza de la Historia Dominicana, en los entonces llamados niveles superiores, hoy Secundaria. Sostiene que, por iniciativa del anterior superintendente, su hermano Max, se requiere pensar en la pertinencia de la enseñanza de la Historia Nacional en los niveles de Primaria. Se pregunta, primeramente, si realmente puede hablarse de historia nacional en los primeros años de formación intelectual. Se responde que no, pues asegura, que, “lo que la historia tiene de más útil, que es su aspecto crítico, filosófico, social y político, no puede ser asimilado, sino para quien tenga desarrollada todas sus facultades intelectuales. Por eso creemos que en los cursos inferiores debe seguir enseñando algo de la historia nacional, pero sin grandes pretensiones, como figura en el plan de Max.”[4]

Otro tópico que considera importante es dar consideración más importante a la historia de Haití, la cual debe enseñarse también en los cursos superiores. Sostiene que sin “el conocimiento perfecto” de la historia de Haití, no se puede llegar a una comprensión de la historia nacional. “Además, siendo Haití un Estado territorialmente vecino de nosotros, debemos conocer su historia, su formación, su espíritu y sus tendencias, porque esto es necesario dese el punto de vista de nuestra propia política… Por otra parte, es tan interesante esa historia de Haití, que en cierto modo resulta apasionante”.[5]

En la Revista de Educación de marzo de 1932, Pedro expone lo que la educación debe resaltar de sus héroes nacionales, entendiendo que, aunque estos puedan tener flaquezas, estas no deberán explicitarse en el estudio histórico, si no, por el contrario, la “posteridad debe y sabe perdonar” a quienes pueden ser discutidos como hombres, pero no como patriotas en cuyo terreno serian irreprochables y quien bien podrían ser llamados héroes de sacrificio, no de triunfo, por lo que dieron de sí.

Sobre la enseñanza del Castellano, aconseja que las seis horas semanales se inviertan de la siguiente manera: una hora para la composición o dictado, una hora para la corrección de la composición o el dictado, dos horas de lectura comentada, una hora para la explicación de los principios gramaticales y una hora para la puesta en práctica de los principios gramaticales explicados. Asegura que está comprobado que la mera enseñanza de los principios gramaticales sirve de poco y que lo que realmente les proporciona a los estudiantes el dominio de su idioma es el hábito de leerlo e buenos libros y escribirlo bajo la constante corrección del profesor.

Propone para la composición seguir los siguientes pasos: primero que el maestro asigne el tema a desarrollar por cada estudiante, segundo que la extensión no sobrepase las dos páginas ni sea menos de una, tercero, que el maestro no redacte un modelo para guía del estudiante y por último que corregirá las faltas de redacción y ortografías para que el estudiante realice las correcciones señaladas por el docente y archive en una carpeta.

En el escrito titulado Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común, publicado en la Revista de Educación, el 31 de diciembre de 1932, indica a los maestros de Primaria que, aun cuando la literatura en los cursos iniciales y básicos no exista como asignatura, el maestro debe ejercer de orientador. Según sus palabras, quien haya adquirido en las escuelas normales, colegios, liceos; o por cuenta propia, el hábito, estará en actitud de acertar siempre. Afirma:

“Cuanta importancia tiene que el maestro sepa distinguir entre la genuina y la falsa literatura, buena orientación es la que nos permite distinguir las cualidades en las obras literarias, porque desde temprano tuvimos contacto con los mejores. “Buena orientación, nada más, pero nada menos: no se puede exigir, dentro de la situación actual del magisterio, en el mundo todo, extensa cultura, ni menos aún erudición, que estaría fuera de lugar en la escuela primaria; pero no es demasiado pedir buen gusto y discernimiento claro.”[6]

No se muestra de acuerdo con la selección de parte de los maestros para la lectura en aula de la literatura infantil, a la que llama “la deplorable literatura infantil”: “En cuya fabricación, -no hay otro modo de llamarla- se ha suprimido todo jugo y todo vigor. Grandes escritores han sabido producir libros que realmente interesan a los niños”. Y entre estos libros propone: los cuentos de Tolstoy, los cuentos que Charles y Mary Lamb extrajeron de los dramas de Shakespeare, las fábulas de India, Grecia, la Europa Medieval y de algunas civilizaciones indígenas que nos ofrecen sus mitos y recomienda, sobre todo, La Edad de Oro, de José Martí. Esta última selección, la hace también desde los afectos de la infancia, pues se sabe que su madre le pagaba una suscripción de la revista La Edad de Oro, de José Martí, cuando era niño y que él admiraba mucho la figura de su escritor.

Sostiene que las reglas ortográficas y gramaticales se pueden aprender con poca colaboración de la escuela: “Se aprenden, sobre todo, prestando atención al habla de las personas cultas y leyendo buenos libros”[7]. De lo que se desprende que el maestro que enseña Lengua y Literatura debe ser culto y sensible hacia la literatura como expresión artística: “Concedamos, pues, toda su importancia, a la lectura literaria y el trabajo personal de composición vale decir, a la práctica del lenguaje culto, procurando que con ella penetre la regla viva del buen uso, y reduciendo a breves proporciones la teoría gramatical”[8].

Entiende que el enlace entre el currículo de la Primaria con la Secundaria se haría fácil y de forma casi natural si en la Primaria sobre todo se lee y en la Secundaria se va incluyendo gradualmente el conocimiento teórico, hasta llevarlos a la gran síntesis. A la Primaria le solicita pues, que inicie al niño en su lenguaje, despertando en él, el amor a la lectura.

Concluye: “¿Cómo habremos de enseñar la Literatura en nuestras secundarias? Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. Es así como se procede en Francia, en Inglaterra, en Alemania y en Escandinavia. Es así como se procede, desde el 1925, en el Colegio de la Universidad de La Plata…”[9]

Sobre lo que se puede esperar de las composiciones de los estudiantes, Pedro observa que “También en ella es indispensable alejar al niño de la hojarasca y acercarlo a la claridad y a la sencillez; enseñarle, no a imitar la literatura florida a que pudieran tener afición los adultos, sino a expresarse con sobriedad sobre cosas que le sean bien conocidas…si espontáneamente su expresión busca la imagen, no debe impedírsele. Pero a todos hay que enseñarles precisión”[10].

Para el dictado, se ejecutará el mismo proceso que para la composición, pero este, el maestro se lo llevará a su casa para ser corregido.

La lectura tendrá como objeto que los estudiantes se familiaricen con las obras fundamentales del castellano como el Quijote, el Lazarillo, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca y Alarcón, así como una selección de los grandes autores dominicanos, que se abstiene de mencionar. Recomienda a los maestros hacer ellos mismo unas recomendaciones de autores para que los alumnos lean en sus hogares. Con relación a la poesía, entiende que esta deberá aprenderse de memoria.

Sobre la gramática se enseñará en su contexto literario, es decir, se dictará un pasaje breve de una obra de calidad y señalará, por ejemplo: partes de la oración, tiempos, modos verbales, tipos de oraciones, entre otros aspectos.

En el Discurso ofrecido en diciembre de 1932, para la investidura de bachilleres y maestros en la Escuela Normal de Santo Domingo, Pedro identifica los lazos que deben unir escuela y ciudad, o, dicho de otra forma, currículo y sociedad. En este sentido, sostiene que la ciudad y que el pueblo en general debe estar en contacto con sus escuelas, la importancia de la metacognición sobre el objetivo del aprendizaje en sí mismo que deben profesar los egresados. Sostiene que la función de la escuela, sobre todo a nivel de Secundaria, es dotar al estudiante del arma teórica de las matemáticas; llevar al estudio fundamental de la naturaleza en sus tres aspectos fundamentales (energía, materia y vida); al estudio del hombre, su corporalidad y su espíritu; y finalmente, completar con el estudio de la Filosofía, dirigida a abordar los problemas que la ciencia deja intactos.

Entiende, además, que el papel del maestro radica en ser un guía moral y que, en relación con la educación cívica, esta debe partir de la pertinencia curricular entre los contenidos seleccionados y la edad apropiada para ello.

Otro de los aportes de Henríquez Ureña fue la selección de los libros a ser utilizados en la enseñanza escolar. Algunos de ellos fueron: Programa de Gramática Castellana de su hermano Max, La Edad de Oro de José Martí, El Quijote, la selección de José Lomba, Las poesías de su madre, Salomé Ureña, y el cambio de diccionario de Bello que se había publicado en 1841 y que consideraba obsoleto, por el de la Academia de la Lengua en los planteles de enseñanza.

El único viaje que realizó Pedro al exterior durante su cargo de Superintendente fue a la isla de Puerto Rico, donde habría de recibir un premio, fruto de esa visita se comenzó en el país un proceso de intercambio de experiencia docentes entre maestros dominicanos y puertorriqueños del que trataremos en otro artículo y que devino, entre otras cosas, en la fundación del colegio Luis Muñoz Rivera.

Como parte de los funcionarios que ejercieron en la maquinaria dictatorial, se vio en los aprietos de tener que manejar situaciones que para él debieron ser engorrosas, como la solicitud de investigar cuántos maestros de nacionalidad haitiana se encontraban impartiendo docencia en territorio dominicano, la obligatoriedad de pertenecer al Partido Dominicano para acceder a nombramientos en el sector educación, la solicitud de “Colaboración espontanea” del personal bajo la dependencia de la superintendencia para celebrar el natalicio del dictador, las cancelaciones del director Sergio Hernández y de la maestra Abigail Mejía, así como el conflicto con la educadora Ercilia Pepín.

Según Inoa, ya para el verano de 1933 Henríquez Ureña estaba frustrado con los resultados de su gestión y no era de extrañar que quisiera abandonarla, lo que hizo, solicitando primero un permiso para la realización de un viaje familiar y, posteriormente, presentar su renuncia. Inmediatamente a su salida, la maquinaria trujillista puso en tela de juicio los aportes realizados por él a la Superintendencia de Educación.

Pedro Henríquez Ureña, como superintendente, no se formó en la práctica. Si bien el contexto educativo dominicano tenía sus especificidades, él ya había trabajado con el Secretario de Educación de México, José Vasconcelos y había ejercido como maestro tanto en Argentina como en Estados Unidos. Sumada sus experiencias a su vasta cultura y a su “afán de perfección”, fue el más excepcional de los ministros dominicanos. Cuando se construya, por fin, el museo de la educación dominicana tendría, por mucho, que llamarse Pedro Henríquez Ureña.

[1] Entrevista oral a Orlando Inoa el 09 de julio de 2024.

[2] Más adelante, en el año 2022 publica su segundo libro sobre Pedro Henríquez Ureña en Santo Domingo, titulado Alrededor de Pedro, bajo el sello de su editora Letra Gráfica.

[3] Inoa, Orlando, Alrededor de Pedro Henríquez Ureña, editora Letra Gráfica, Santo Domingo, 2022. Pág. 49.

[4] Pg. Inoa, Orlando, Pedro Henríquez Ureña en Santo Domingo, editora Letra Gráfica, Santo Domingo, 2002. Pág.59

[5] Pág. 61.

[6] Pág. 246.

[7] Pág. 248.

[8] Pág. 253.

[9] Pág. 252

[10] Pág. 256