Los mercados en el desarrollo capitalista fueron siempre nacionales. El concepto de nación siempre viene acompañado del desarrollo de los mercados: producción mercantil, trabajo mercantil, producción industrial y comercial de mercado, entre otros.  En el siglo XIX, las fronteras y los estados nación fueron los campeones de “consume lo que tu país produce”, o “made in USA, made in Taiwán o made in Japan”. Los sistemas monetarios, bancarios y fiscales se centraron en mantener las industrias nacionales, y por tanto los consumos, lo más nacional posible.

 

La influencia de los grandes países capitalistas se centró en crear imperios coloniales o zonas de influencia para expandir sus mercados, obtener materias primas y exportar sus productos terminados. Este fenómeno fue particularmente importante en el siglo XVIII y XIX. Es muy conocido como la lucha nacionalista y anticolonial de la India de Mahatma Gandhi, tuvo una de sus manifestaciones más conocidas en boicotear productos ingleses, como las telas y las sales importadas de la metrópoli e instar a sus conciudadanos a consumir sal de india –la conocida marcha al mar- y quemar las telas importadas de las grandes fabricas textiles de Inglaterra y privilegiar los telares tradicionales indios.

 

Las teorías de la economía moderna comienza con escritos de Adam Smith y David Ricardo, particularmente el primero, sobre las ventajas y desventajas de los mercados nacionales en su obra “La riqueza de las naciones”, crítica del mercantilismo propia de los antiguos imperios coloniales pre industriales, a diferencia de la naciente revolución industrial en el siglo XVIII y XIX. Iguales fenómenos pueden verificarse en los imperios coloniales “rivales” de Francia, Países Bajos y Bélgica. No así en España, Rusia o Portugal por el bajo desarrollo del capitalismo industrial, y tampoco en Italia o en Alemania, donde la tardía formación del Estado-Nación les impidió esas prácticas a pesar de conocer grandes desarrollos de la revolución industrial. El último de esos imperios, el más potente de todos, terminó de formarse como Estado-Nación justo al final del siglo XIX: los Estados Unidos actuales.

 

Con el triunfo final de los Estados Unidos como la potencia más grande capitalista de la historia, al final de la segunda guerra mundial, en 1945, se forma un paradigma teórico, institucional y monetario que ha perdurado con fases distintas, hasta nuestros días. A partir de 1945 se crea el tejido institucional que soporta el poder mundial de EEUU. El grupo de instituciones financieras creadas como resultado de la conferencia de Bretton Woods –Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y los bancos de desarrollo regionales-; el conjunto de instituciones alrededor la Organización de las Naciones Unidas –y particularmente el Consejo de Seguridad-; la OMS; la OMC; la FAO; la UNCTAD, entre las más relevantes forman parte de ese paradigma post bélico.

 

En el campo financiero y económico, Bretton Woods se sustentó en un keynesianismo adaptado y en la paridad oro del dólar, o patrón oro, que se mantuvo hasta 1971. A partir de ese año la paridad oro del dólar es abandonada y los mercados financieros entran en una crisis que llevó a un gran desorden en los mercados cambiarios occidentales; un incremento inusitado de la inflación en la segunda mitad de los años 70 y un creciente peso del sector financiero en el conjunto de la economía.

 

La alternativa implementada fue despertar los postulados liberales de la teoría neoclásica de la economía combinado con el monetarismo, en unas políticas denominadas desde los años 70 del siglo pasado como nuevo liberalismo o neoliberalismo, que partió al asalto del Estado y el propio mercado. Esas políticas que se propusieron liberalizar todas las actividades económicas, privatizar todos los servicios públicos asumidos por Estado benefactor del periodo anterior –desde el New Deal de Roosevelt desde 1933-, se iniciaron en Gran Bretaña con el triunfo electoral de Margaret Thatcher en 1979 y Ronald Reagan en EEUU en 1980.

 

Las políticas neoliberales conocieron un precedente con las políticas implementadas por las dictaduras militares del sur de América Latina, iniciadas en 1973 con Augusto Pinochet en el sangriento golpe de Estado contra el gobierno socialista de Salvador Allende y continuadas en Argentina y Uruguay. En 1989 se llegó a una sistematización de esas políticas con el llamado “Decálogo del Consenso de Washington” (1)  formulado por el economista inglés John Williamson, quien formuló las diez políticas fundamentales para el Instituto de Finanzas Internacionales –el think tank de los grandes bancos internacionales- según habían estado difundiendo las instituciones multilaterales bajo la órbita de Washington, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Tesoro de los EEUU.

 

Las normas del Consenso propugnaban reformas para lograr la “estabilización macroeconómica”, la liberalización económica con respecto al comercio, la reducción del Estado, y la expansión de las fuerzas del mercado dentro de las economías. A estas políticas se les conoce también como “fundamentalismo de mercado”. Durante los ocho años del gobierno de Ronald Reagan en la década de los 80, y posteriormente con el gobierno de George Bush padre, los dos periodos de Bill Clinton y de George Bush hijo, estas políticas continuaron expandiéndose hasta la llegada de la gran crisis financiera de 2007-2008. Dentro de los efectos de la liberalización a todo costo, se incluyó la relocalización de muchas actividades en mercados de menor costo de la mano de obra, lo que implicó cierta “desindustrialización” de las grandes economías de EEUU y Europa Occidental. Esa relocalización de las industrias permitió la industrialización más acelerada de los llamados “Tigres Asiáticos” como Corea del Sur, Japón, Taiwán, Singapur, Malasia, Tailandia, y particularmente en la República Popular China, entre otras, lo que se denominó la producción Off Shore.

 

También participaron en esos efectos del llamado Offshoring (producción fuera del territorio) México, los países de América Central y de El Caribe “amigos” de EEUU, lo que excluía a Cuba, a Nicaragua, Granada y posteriormente Venezuela. Lo que en nuestro país llamamos las Zonas Francas. Una típica política de Offshoring fue el Plan Reagan llamado “Iniciativa de la Cuenca del Caribe”. Con la ICC, Estados Unidos otorgó una apertura unilateral a las exportaciones de procesamiento industrial ligero de los países calificados. El éxito de esta nueva modalidad fue importante, en especial para República Dominicana, creando decenas de parques industriales que llegaron a emplear más 200.000 trabajadores y particularmente trabajadoras. El Offshoring también tuvo un importante impacto en los países asiáticos mencionados a distintos niveles con salarios bajos.

 

Con la apertura de una creciente conflictividad entre China, Estados Unidos y Rusia, el Offshoring, se ha puesto en voga el llamado nearshoring, que privilegia la producción en países cercanos y alineados con las políticas de llamado Norte Global. Sin embargo, con la agudización de ese enfrentamiento entre China y EEUU y el estallido de la guerra en Ucrania entre Rusia y esa ex República Soviética, incluso el Nearshoring va cambiando en nueva modalidad denominada “Friendshoring”. Es decir, la localización de actividades hoy desarrolladas en China, en Vietnam, Nicaragua, Honduras considerados a distintos niveles, como “no amigos” en países más amigos de las políticas de Washington. Una gran interrogante en ese plano es México, el mayor receptor de inversiones relocalizadas, e integrado con empresas norteamericanas, pero que si bien no es un país hostil, es un país ahora con el gobierno de Morena, bastante independiente. La interrogante para las formulaciones de política de atracción de inversiones de nuestro país es saber si podremos hacer crecer más nuestras zonas francas y lograr el llamado “Friendshoring”. Un componente de esta política a pensar es la posibilidad de replicar en otras localizaciones, la experiencia exitosa de los industriales de zona franca de Santiago, con la inversión en la frontera dominicana y haitiana en Dajabón y Ouanaminthe (llamado en el país Juana Méndez) denominada CODEVI que podría incrementar aún más las sinergias exportadoras dominicanas y la creación de empleo permanente y productivo en Haití.

*(1) https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2004/10/11/las-diez-medidas-del-consenso-de-washington/