Los humanos habitamos en todo el planeta tierra. Desde los más gélidos climas del círculo polar ártico y el círculo antártico, pasando por los más secos y calurosos desiertos como el Sahara, la península arábiga o el inhóspito desierto de Atacama, hasta los bosques tropicales más húmedos y espesos de Indonesia y la Amazonía. Los humanos, como la especie Homo Sapiens, aparecieron en África oriental hace unos 200 a 300 mil años. Tomando en cuenta que el planeta tierra tiene unos 4.500 millones de años, hemos existido en una pequeñísima fracción de tiempo de la tierra, aproximadamente el 0,25%. De pequeñas comunidades de unas cuantas decenas o centenas de integrantes, en la actualidad pasamos los 8.000 millones de seres humanos en todos los confines de la tierra. De la caza, la pesca y la recolección, pasamos a dominar la ciencia e incidir vía la explotación de los recursos naturales, en una era peligrosamente del Antropoceno, en la cual las civilizaciones humanas amenazan con destruir gran parte de la vida en el planeta, incluyendo los propios humanos.

 

Los primeros humanos comenzaron a salir de África y migrar permanentemente hace unos 70 a 100 mil años. Llegaron a Australia hace unos 35.000 a 65.000 años. Comenzamos a desarrollar lenguaje hace unos 50.000 años y las últimas regiones en poblar fueron las migraciones hacia lo que hoy conocemos como América, a través del estrecho de Bering en la edad de hielo del pleistoceno, hace unos 13.000 años. Una de las teorías más socorridas es que ese estrecho entre Asia y América estaba congelado y era un puente que unía ambos continentes. La precariedad de la vida de las pequeñas comunidades humanas fue imponiendo su modo de vida y sus descubrimientos productos de la observación y la cooperación colectiva.

 

Así llegamos a la revolución más importante de la humanidad: la revolución neolítica, que hace 9 a 10.000 años descubrió la agricultura y con ella la cría de animales domésticos, como las vacas, las gallinas, los caballos y el arado de la tierra. Las comunidades nómadas pasaron a asentarse y desarrollar civilizaciones diferenciadas. El hecho de producir sus alimentos permitió el desarrollo de un excedente de la producción que a su vez produjo el surgimiento de las clases sociales: quienes dominaban el excedente se convertían en los reyes, gobernantes y sacerdotes. El resto de la población pasó a ser de trabajadores, ya sean esclavos o siervos.

 

Pero esta diferenciación social y el surgimiento de clases sociales en China, en el Antiguo Egipto, en Mesopotamia, en Persia, en India y otras grandes civilizaciones antiguas, no impidió la posibilidad de los seres humanos de desplazarse y ubicarse en aquellos lugares o continentes que más convenía  a su bienestar. Así los arahuacos del Delta del Orinoco fueron progresivamente poblando el arco antillano hasta llegar a Cuba. Ahí nació nuestra cultura precolombina taína. El homo sapiens, y por tanto la humanidad, nació junto con las migraciones y los desplazamientos permanentes. La idea contemporánea de que los movimientos poblacionales pueden ser detenidos por códigos escritos o por fuerzas militares o policiales es tan peregrina como la idea de que los humanos somos superiores a otras especies o que salimos de la costilla de un hombre. Solo tenemos que observar las demás especies: ¿piden permiso los peces para desplazarse por los océanos? ¿Las aves que van de norte a sur y de este a este necesitan visas para salir o entrar de un territorio? Las grandes manadas de caballos salvajes de Mongolia se han movido por todo el continente Euroasiático desde tiempos inmemoriales.

 

El surgimiento de los Estados nacionales en la alta edad media, hace unos 500 años, fue la que introdujo el concepto de exclusividad de territorios para ciertos y ciertas personas. ¿Cuántos españoles, portugueses, ingleses, franceses, holandeses o italianos pidieron visas o al menos permiso para asentarse en América, destruir sus poblaciones nativas y después considerarla como “razas inferiores?". El desplazamiento forzado de millones de africanos a toda América, pero particularmente a Brasil, Norteamérica y El Caribe, es uno de los genocidios más despreciables de la pequeña historia de las sociedades humanas. Hasta nuestros días los pueblos africanos están sufriendo la catástrofe histórica que fue la trata de esclavos de casi 400 años.

 

Por ello es un absurdo que haya humanos “ilegales” porque hacen lo que los homo sapiens hicieron desde su nacimiento como especie, hace más de 200.000 años: emigrar, desplazarse, conquistar nuevos territorios. El capitalismo ha impuesto una serie de mitos y conceptos para atrapar poblaciones en un sistema que solo le interesa la acumulación sin límites de excedente económico y que crea la mayor diferencia social de la historia humana. Hay más diferencia social y económica entre los burgueses y oligarcas de cualquier país actualmente, desarrollado o no, que entre los esclavos en el antiguo Egipto y los faraones y la nobleza.

 

Por eso la humanidad, si va subsistir a las destrucciones de este sistema, tiene que crear paradigmas de libre movimiento de los ciudadanos. No es imposible: en la Unión Europea existe un área de movimiento libre del factor trabajo y humano en 27 países que lo componen. El levantamiento de restricciones se hace por bloques: los países de Mercosur y del Caricom tienen libre movilidad en sus respectivos países. El presidente Correa, brillante como fue en sus dos gobiernos, implementó la libre entrada de cualquier ciudadano no ecuatoriano a su país, eliminando los requerimientos de visas, argumentando que no existen “seres humanos ilegales”. Nuestro país es uno de los más aislados de la región. Una posible solución sería propiciar un Pacto de Libre Circulación entre los países de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego. La humanidad nació libre sin restricciones de circulación y hacia allá debemos regresar.