Muchas veces olvidamos que lo que vivimos por más novedoso que luzca, producto del avance de las tecnologías, de la existencia de redes sociales que han transformado las comunicaciones, y de la liberalización de las costumbres y los cambios en los códigos de conducta, en el fondo responde a las mismas situaciones que hemos vivido desde el inicio de la humanidad, y que lo positivo que valoramos, y lo negativo que tanto resentimos, no es culpa de los instrumentos, sino simplemente la expresión de lo bueno y lo malo que coexiste en los seres humanos desde que el mundo es mundo.

La humildad, la justicia, la generosidad, la misericordia, la lealtad, siguen siendo virtudes que acompañan una vida de bien, así como la soberbia, la codicia, la maldad, la envidia, la injusticia conducen por el mal camino, aunque muchas veces se entienda que no es así porque las delicias del poder hacen pensar que alguna gloria terrena pueda ser duradera, y las loas, los apetitos y los placeres se multipliquen y sean tantos, que equivocadamente hagan olvidar su finitud, pero sobre todo su vaciedad, porque por más abundantes que sean, jamás servirán para dar lo realmente esencial.

El poder terrenal y la ambición de tenerlo y retenerlo han sido causa de muchas desgracias, y de innúmeros desvíos del camino, porque cuando se piensa que lograr un objetivo puede estar por encima de la moral, y puede justificar acciones a la sombra, que no son presentables a la luz del día, o cuando se confunde la tenencia material y la fama con la felicidad y se trastrueca dignidad por riqueza, la vanidad nunca saciará el apetito de acumular bienes materiales, y la arrogancia el de controlar lo que muchos hacen, y de decidir destinos de personas, grupos  o países, conforme a conveniencias individuales, sin que importe cuanto se afecte el destino de muchos, y el bienestar común.

Las violaciones a la ética y la comisión de delitos y crímenes no son exclusivas de ningún lugar, ni tampoco de ningún grupo social, pero la igualdad ante la ley y la responsabilidad de juzgarlos, o la inequidad e impunidad que protegen a unos cuantos, y los colocan por encima de la ley, siempre han sido medida diferenciadora entre países según su grado de institucionalidad. Lo que estamos viviendo en nuestra sociedad y en otras partes del mundo debe provocar un cuestionamiento de hasta dónde hemos permitido que el fin justifique cualquier medio, así sea la comisión de un delito grave, de cómo estamos dispuestos a silenciar lo mal hecho con tal de continuar la carrera, y de cuánto se es capaz de distorsionar realidades y perder el sentido para distinguir lo correcto y lo incorrecto en aras de fanatismos que llevan a seguir falsos líderes, y a aplaudir sus acciones, por más ruines que sean.

La conmemoración de la pasión de Cristo nos recuerda vívidamente el accionar de la humanidad, y nos presenta caracteres que más de dos mil años después siguen siendo representados y lo seguirán siendo, desde el Judas traidor cuya codicia lo hizo vender a su Maestro por 30 monedas de plata, que solo le sirvieron para tirarlas por el suelo antes de quitarse la vida ante su abominable crimen, los hipócritas fariseos y sumos sacerdotes que entregaron a un inocente, el gobernador irresponsable, Pilates, que consciente de la injusticia, prefirió lavarse las manos, hasta el buen y el mal ladrón, que estuvieron a la derecha y a la izquierda de Jesús crucificado y nos recuerdan que aun estando en el mal existe siempre la posibilidad de elegir retornar al buen camino con el arrepentimiento sincero que busque expiar culpas y haga merecer el perdón, aunque algunos aborrezcan de este y decidan continuar por la senda equivocada bajo la falsa seguridad de que todo pueden, y a nada temen.

Ojalá que esta Semana Santa nos lleve a tener una real experiencia de ascesis que nos haga reflexionar y profundizar en cómo nuestras actuaciones pueden hacernos parecer a unos o a otros, y a decidir de quienes queremos distanciarnos, a quienes queremos parecernos y sobre todo, a comprender que solo hay un buen camino, el cual aunque es más largo, difícil y provee menos riquezas materiales y satisfacciones terrenales, es el único que otorga lo más importante que existe, la paz, esa misma que en la celebración de la Pascua fue el gran regalo que ofrendó Jesús a sus apóstoles.