El mundo arde en todos los sentidos de la palabra. No solamente con el calentamiento global y sus estragos cada vez más violentos y con el aumento de las desigualdades en todos los continentes.  Arde con la explosión de conflictos bélicos que embrazan el mundo y que el organismo internacional rector de la paz, las Naciones Unidas, nunca ha logrado contener desde su creación.

Sin embargo, el mundo, desde 1945 no ha conocido tantos conflictos como hoy en día. Entre otros Sudán, Malí, Burkina Faso, Níger, Nigeria, Chad y Camerún en África no tienen paz; tampoco la tienen Yemen, Siria en el Cercano Oriente, Myanmar en Asia, para dar algunos ejemplos de confrontaciones armadas que pasan casi desapercibidas hoy en día.

Es tanto así que, con todo y la amenaza de estallido de una conflagración mundial, la guerra en Ucrania que ha ocupado la primera plana de los periódicos en los últimos años se ve casi relegada por los acontecimientos del Cercano Oriente.

Y la vida continúa, a pesar de los dramas. Seguimos ocupándonos de nuestros asuntos como si nada. Halloween, Thanksgiving, Black Friday, Navidades, Año nuevo con sus luces, gastos y fiestas están en todas las pantallas… Mientras tanto asesinan y mueren hombres, mujeres y niños a lo largo y ancho del globo terráqueo. En las guerras de hoy y de manera irónica en la era de los derechos del hombre, las poblaciones civiles no tienen privilegios y son blanco de todos los ataques.

 

Quizás entre las personas mayores surgen más preocupaciones, una impresión de “déjà vu” y un soplo depresivo a pesar de las luces navideñas, al ver que el hombre no aprendió nada de las lecciones del pasado y es capaz de tantas atrocidades mortíferas.

 

El denominador común es el odio al otro. Estamos arropados por olas de racismos, intolerancia, xenofobia, islamofobia, antisemitismo, ataques contra minorías que si bien siempre han existido son más feroces que nunca y se ven propagadas a una velocidad fenomenal, ampliadas y deformadas hasta alimentar un delirio en línea, como lo señaló últimamente el secretario general de las Naciones Unidas.

 

Las imágenes del Cercano Oriente han sido aterradoras y de una barbarie insostenible: jóvenes israelíes y familias salvajemente asesinadas y vejadas, niños de Gaza arrastrados hacia la muerte.

 

Horrores: por todas partes ejecuciones de una crueldad espantosa, toma de rehenes y bombardeos. No se puede defender lo indefendible. No se puede hacerle frente a lo irracional, lo pasional, al horror y a la muerte de los nuestros. La indiferencia no es de lugar.

 

El odio que se está generando entre Israel y Gaza (y toda Palestina), me provoca terror. No hay verdad absoluta ni monopolio del dolor. Lo que hay es devastaciones, muerte, más odio y manipulaciones políticas que alejan más que nunca la posibilidad de paz.

Se necesitarán años para atenuar el dolor de las familias y para curar las heridas físicas y aun más las incurables heridas psicológicas causadas por la violencia despiadada y que se transmiten de generación en generación.

Hija de sobrevivientes de la Shoah, hablo en conocimiento de causa de la carga de dolor y de tragedia que me ha sido transmitida y que, sin querer, he transmitido a mis hijos.