Como parte de la continuidad de la iniciativa de un nuevo contrato social más incluyente, y con mayor equidad social y de todo, un grupo de intelectuales, gestores culturales, pensadores sociales, funcionarios de cultura y artistas, celebró en Chile del 15 al 16 de junio, el Encuentro de Debate para América Latina y el Caribe: Diálogo con actores Culturales.

Tres instituciones lo auspiciaron: El Ministerio de Asuntos Exteriores de España, la Unión Europea y La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, además del Centro Cultural de España en Chile, y de este lado, el apoyo del Centro Cultural de España de la República Dominicana.

Esta iniciativa es continuidad al Programa por un nuevo contrato social. Renovar la democracia para no dejar a nadie atrás. Siendo esta convocatoria, una continuidad del programa que persigue un diálogo abierto, amplio y diverso con distintos sectores protagonistas y actores del escenario social en las áreas diversas de la economía, la política, la academia, la cultura y los sectores y organizaciones de la sociedad civil.

Cuatro bloques temáticos organizaron las mesas dialógicas de los debates:

1-Una mirada sobre la democracia en América Latina y el Caribe desde la perspectiva de la cultura.

2-Nuevas narrativas, memoria democrática, espacios de convivencia y cultura de paz

3-Derechos culturales y democratización de la cultura

4-Cultura democrática y ciudadanía

Con estos ejes de reflexión y debate se abordó en una agenda intensa, miradas críticas, opiniones diversas, reflexiones y comentarios en procura de buscar alternativas de influencia a cada temática, desde el núcleo cultural y de participación de los agentes allí convocados.

Ciertamente fue de gran nivel en el plano de las ideas, de los debates y la evidencia de opiniones, no solo divergentes en algunos casos, sino distantes y contradictorias, pero con el interés, de llegar a metas y soluciones de abordajes y practicas coherentes, a pesar de las diferencias y contextos sociales de los países de procedencia de los participantes, Uruguay, Chile, Haití, Nicaragua, Colombia, Perú, Paraguay, Bolivia, Argentina, México, República Dominicana, España, entre otros países presentes.

Como práctica democrática y espacio de reflexión fue una hermosa experiencia y un gran aprendizaje de un ejercicio democrático, aun, entre quienes auspiciaron el diálogo y la manera en que ha de proyectarse lo vivido en el local que nos acogió, el Centro Cultural de Santiago de Chile, desde las perspectivas y miradas con que cada uno de los allí presentes, ejerce su oficio o práctica social y cultural.

En todo caso hubo evidentes coincidencias entre los participantes que es de lo que quisiera comentar, pues este tipo de encuentro pone en relieve aquellas debilidades y fortalezas que atraviesa la democracia en uno que otro de los escenarios y sociedades representadas y cómo construir ejes articuladores y familiares en nuestras sociedades, convertidos entonces en problemáticas generales, regionales y  -por qué no- universales, por decirlo de alguna manera, ya que los temas abordados no son de preocupación exclusiva de los convocados y de sus países de origen, también de todo el mundo en sentido global.

Precisamente estos temas de discusión nos arrojaron problemas comunes que hoy afectan la vida democrática, la convivencia social, y el debilitamiento de la calidad de vida y de la pérdida de espacios ciudadanos y de vida sana. Es entonces que compartimos temas comunes y soluciones en función de cada realidad. En todo caso esta convocatoria tenía como objetivo, el tratamiento democrático y de convivencia en el mundo de la cultura, la participación ciudadana y el resguardo de la memoria como instrumento de continuidad y cohesión social.

En sus reflexiones coincidimos de la amenaza que hoy presenta la vida democrática en muchos países, y de su fragilidad, en unos más que en otros; el peligro de un retorno de las ideas totalitarias o de una grave regresión al conservadurismo en todas sus formas, y por supuesto, la necesidad de fortalecer la memoria para evitar el olvido y repetir errores o exaltar inconductas e ideas sociales extremistas, prácticas políticas y de desconocimiento de derechos ciudadanos, respetando las ideas y formas de vida de los demás  y la convivencia social en el marco de la diversidad.

Tal vez este eje, la memoria social, allí en Chile copó una parte del debate por considerarse pertinente su real existencia y cómo desde la cultura puede ser contrarrestado con prácticas de convivencia, diálogos, mediaciones, inclusiones y participaciones de la comunidad, creando recursos alternativos a las prácticas culturales y sociales que se antepongan a viejas y tradicionales metodologías y narrativas usadas, que  abran por supuesto, los canales comunicativos con la población y sus diferentes grupos o sectores.

Es así como, la cultura se convierte en un instrumento de freno ante el avance del conservadurismo en muchas partes del mundo, y en especial en Europa y América Latina, dado el carácter diverso y elástico del hecho cultural, que obliga a compartir y convivir con los demás, siendo la cultura esencialmente diversa y potable en su relación con los demás.

Obviamente que esa reflexión y sus consecuentes prácticas obligan a revisar las narrativas y prácticas tradicionales con las cuales el sector cultural se ha relacionado con la población o ha creado otras narrativas desde el orden institucional o desde los espacios culturales propiamente, dejando en todo momento a la ciudadanía al margen de la historia y prácticas que se quieren contar, o desde la mirada de la cultura aplicadas desde los centros de poder cultural, y que se ejerce con autonomía y sin participación ciudadana.

Naturalmente que en este capítulo se mencionó el papel de los museos, sus narrativas, su compromiso social, su apertura e integración con sus comunidades, y del fortalecimiento de la memoria histórica y social que los museos representan, como parte de una necesaria cultura democrática y una democracia cultural verdadera.

Al mismo tiempo este encuentro debatía el tema de la memoria y de su valor en la recuperación, no solo del pasado nefasto, sino como mecanismo de fortalecimiento y recuperación de las identidades y de una noción integral de la cultura, sin dejar a nadie fuera, sobre todo y a propósito de la reflexión de los 50 años del golpe de estado contra Salvador Allende de 1973, cicatriz aun viva en el tejido social chileno.

La ausencia de compromiso de las nuevas generaciones con los temas graves del pasado, implican al sistema educativo, al poder en sí mismo y a los espacios culturales que no han elaborado narrativas que implique a la memoria, para que los hechos no se olviden, no se repitan viejas y  malas prácticas sociales, y nos permita construir una cultura de paz sin resentimientos, pero con inclusión, tolerancia y diversidad de ideas, camino hacia una mejor convivencia social y humana, todo lo cual reta las narrativas y las maneras en cómo se producen los diálogos, las integraciones, convivencias y el perdón, pero no el olvido, como mecanismo posible de sociedades que aprendan, en las diferencias, a convivir y a respetarse.

En toda esa discusión, el tema de los derechos culturales y ciudadanos, como los de la cultura democrática, sigue siendo un eje, dado que la cultura es un medio idóneo para la convivencia en la diversidad, pues es una expresión de diferencia y reafirmación y un buen reto para construirla como instrumento dialógico, porque quiebra otras formas e ideas de confrontación, de exclusión y sectarismo, permitiendo convivir en armonía con el otro, y sus diferencias. Aceptarnos en la diversidad es el principio y el reto del trabajo cultural democrático para un nuevo contrato social, que no deje a nadie atrás

 

Carlos Andújar Persinal en Acento.com.do