El martes pasado fue el día del libro, conmemora las muertes de Cervantes y de Shakespeare (lo que demuestra, dicho sea de paso, que el teatro sólo permanece históricamente por la escritura, una escritura que, en su principio, espera a ser gesto y palabra proferida). El caso es que fue el día del libro y siempre merece la pena reflexionar en torno ese objeto, despreciado por los ignaros y alabado por los que poseen, arrugas incluidas, dos dedos de frente.

Tal vez deba referirme a los distintos libros que encontramos a lo largo de nuestra vida: el inicial libro de nacimientos, el religioso libro de bautismos, la exactitud del libro de actas, la elegancia y finura de los libros de papel de fumar, el peso del libro de texto, el fondo del libro de cheques, los números del libro de caja y la oscuridad del libro de defunciones.

Afortunadamente, esos son los libros que no encontraremos en las librerías, ni en las ferias del libro. Allí hallamos, en cambio, volúmenes que son como puertas abiertas, que nos invitan a vivir, en y con ellos, experiencias que nunca fueron las nuestras —por ejemplo la revolución campesina de La mañosa, de Juan Bosch—  o que, si lo fueron, aparecen en sus líneas como una aventura nueva en la pluma de un escritor —La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa. Porque la literatura tiene la particularidad de hacernos vivir la vida de los otros, o como si fuésemos otros y descubriésemos de nuevo los paisajes que eran conocidos.

El escritor peruano, Mario Vargas Llosa. EFE/ Francisco Guasco

Otra posibilidad sería comentar la sabiduría de las personas que leen libros. La cantidad de geografía que se aprende en los libros de geografía. La cantidad de botánica que se aprende en los libros de botánica. La cantidad de derecho romano que se aprende en los libros de derecho romano o la cantidad de urbanidad que aprendía el lector de los libros de urbanidad, esos que ya nadie recuerda, donde se decía que al padre nunca se le besa sino que, en todo caso, se le imprime, y con todo respeto, un ósculo en el dorso de la mano derecha. Son tan antiguos esos libros que ya casi nadie utiliza la palabra “ósculo”.

Pero no sólo se lee por saber más. Mi abuelo paterno, de cabello blanco algo salvaje, a la manera de Einstein, se despertaba de madrugada en el duro Madrid de la posguerra civil, encendía una vela y dedicaba varias horas a leer libros científicos editados a finales del siglo XIX y, por lo general, absolutamente superados, que adquiría en las librerías de viejo. No buscaba aprendizaje alguno, sino tan sólo el placer de leer, desnudando las palabras de significados concretos y gozando con descripciones o teorías que, erróneas las más de las veces, se convertían en ficciones. Lo que le importaba era enfrentarse consigo mismo, mantenerse vivo. Porque, más allá de cualquier aprendizaje concreto, los libros que nos interesan más íntimamente, aquellos que no pueden ser sustituidos son los libros de creación, aquellos que decimos de literatura.

La Fundación Global (Funglode) publicó en 2003 una Encuesta sobre hábitos de lectura en República Dominicana, que dirigió José Rafael Lantigua. La consulta de la obra nos permitió acceder a datos muy interesantes, pero también comprender que el encuestado suele, si no mentir, sí exagerar positivamente su hábito lector. Ahora muchos, por ejemplo, engañan y aseguran que leen en internet. Pero el índice de lectura de libros de creación en pantalla es bajísimo.

José Rafael Lantigua.

En países tan cargados de ruidos como los hispánicos, llenos de altavoces, televisores, discotecas, gritos, motores estridentes… el libro tiene una primera y angelical virtud: es silencioso. Nuestra vida social necesita recuperar el sentido del gesto, de la insinuación, de la lectura, del susurro, del silencio. Afortunadamente los jóvenes no han olvidado cómo enfadarse, cómo protestar, ni cómo gritar, pero culpa nuestra es si creen que la ausencia de gritos y de ruidos significa la callada aceptación de un sistema injusto. Decía Georges Steiner que los jóvenes de hoy día se sienten incapaces de permanecer en una habitación a solas y en silencio. Por el camino de la recuperación del silencio debe caminar cualquier política educativa.

Así es como el libro es el mejor amigo: buscando en él la explicación de nosotros mismos, la compañía de nuestra propia compañía, la comprensión de lo que hacen los demás a través de lo que hacemos. Leamos y leámonos a nosotros mismos. En el silencio ya, por consciente, gozoso. Desde el libro y en el libro encontrémonos a nosotros mismos.. Es un ejercicio imprescindible de democracia y de libertad.

Más que el perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Un poeta andaluz le dedicó hace años cuatro versos al libro que resumen esas cualidades: “Si quieres saber te enseño, / te alivio si sufres daño, / si estás solo te acompaño / me callo si tienes sueño”. Enseñar, aliviar, acompañar y no molestar. ¡Cómo nos alegraría que las personas fuesen siempre así: amables, colaboradoras y correctas! Igual que el libro. Y más que el perro.

Jorge Urrutia en Acento.com.do

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