Al conmemorarse este año el centenario de la muerte de Franz Kafka (1883-1924), nos asalta la efeméride y sentimos la responsabilidad ética, como lectores, de leerlo y releerlo: entre el oficio de leer y el arte de releer. Citado, admirado, leído, elogiado –no siempre comprendido–, Kafka es, a cien años de su fallecimiento (murió un 3 de junio de 1924), un mito viviente, un héroe literario y un profeta del siglo xx. Es un autor que prefiguró las pesadillas del holocausto, la tragedia de la judeidad, el devenir autoritario de la burocracia totalitaria y el destino político y bélico de Europa. Empecé a leerlo a fines de los años ochenta, no sin lástima, estupor y temor, seducido por el mito, el drama personal, el pensamiento, la obra y la personalidad del autor checo, de expresión alemana; también, inducido por su destino, su enfermedad y su temprana muerte.

Al ingresar al taller literario César Vallejo, de la UASD, en 1990, el profesor Fernando Vargas, a la sazón, su asesor (Jorge Piña, era su director), una tarde, para hacer el programa de lectura del semestre, sometió a votación un conjunto de autores a fin de leerlos, estudiarlos y discutirlos. Y para sorpresa suya, Kafka ganó el escrutinio. Al final, se preguntó, ¿por qué Kafka y no otro autor? Desde entonces, Kafka no deja de acompañarme ni de inquietarme ni de sorprenderme. Fue así como compré, en 1995, sus obras completas de ficción, en cuatro tomos (en Ediciones Edicomunicación, S.A., Barcelona, 1987), a pesar de que había leído algunas de sus obras sueltas (las más representativas y canónicas). Me interesé, además, en leer los libros y ensayos de sus especialistas: desde Marthe Robert y Elías Canetti, hasta Maurice Blanchot y Gustav Janouch, desde Klaus Wagenbach hasta George Bataille, desde Harold Bloom hasta Walter Benjamín, desde George Steiner hasta Deleuze- Guattari, desde Hannah Arendt hasta Teodoro Adorno. Cada vez más se multiplican los enfoques y las aproximaciones analíticas de su obra, su vida y su personalidad: desde el psicoanálisis hasta la semiología, desde la filosofía hasta la psicología o desde la teología hasta la sociología. La primera biografía de Kafka que leí fue la de los franceses R.M. Alberes y Pierre de Boisdeffre (Editorial Fontanella, Barcelona, 1964), en 1989. A esta le siguieron, otras que consulto: la de Pietro Citati (de 1986), Roberto Calasso (de 2005), Roberto Mosquera (de 2023), la monumental, en dos tomos, de Reiner Stach (2016) o la de Luis Izquierdo (de 1981).

Kafka con Felice Bauer.

En Kafka, vida y destino, obra y persona, personalidad y escritura están inextricablemente entrelazadas, como casi en ningún otro escritor. Y, en este dilema trágico y azaroso, acaso radican la mitología y la leyenda, sobre su legado literario, en el que su obra riñe con su personalidad biográfica, esquiva, solitaria, enigmática y laberíntica. Más allá de su genialidad (opacada quizás por su mito, su enfermedad, su timidez patológica, su horror al matrimonio y al padre, su prematura muerte), su legado como maestro de la narrativa del siglo xx, al crear un mundo de ficción sobre una arquitectura paradójica y absurda, no ameritan discusión ni dudas. Testigo de un siglo convulso y cronista de su tiempo, la portentosa imaginación de Kafka le permitió fundar un mundo poblado de símbolos y parábolas metafísicas, que han perfilado –o forjado –, en cierto modo, el curso de la vida política, social y cultural de Occidente. Y, cuyos cuentos y novelas, tan perturbadores como inquietantes, han configurado el mundo de las ficciones literarias de la modernidad, y despertado vocaciones de no pocos autores (no olvidemos que García Márquez confesó que se hizo novelista tras leer La metamorfosis). De estilo literario, con vocación de originalidad, inconfundible y preciso,  reveló una inaudita capacidad descriptiva y narrativa para crear situaciones absurdas y atmósferas psicológicas; Kafka ha quedado –y trascendido—en la historia de la literatura universal como un raro “caso”: el del escritor que funda un universo de símbolos y mitos, que funcionan como premoniciones y prefiguraciones pesadillescas  del hombre contemporáneo. Su obra explora en el territorio de la alienación, la angustia, la soledad, la burocracia autoritaria y las relaciones de poder padre-hijo, Estado-individuo, amante-amada, hombre-sociedad. La potencia imaginativa de Kafka para captar y describir la angustia existencial y el terror psicológico son de proverbial originalidad y de insólita maestría expresiva. Obra enigmática y de enorme rareza, la de Kafka ha pasado a representar las perplejidades, incomunicaciones y ansiedades metafísicas del individuo ante los poderes políticos y las opresiones sociales. Si la obra de un autor se define por la vida, la de Kafka lo hace con exactitud, pues es la expresión psicológica de su personalidad: de su complejo de culpa y de inferioridad, de sus remordimientos, de su hipocondría, de sus resentimientos y de una timidez enfermiza. Era pues un ser acomplejado física y psíquicamente, y de ahí que hiciera de la humillación personal la  materia prima de sus ficciones, como se lee y aprecia en sus Cartas y en su Diario. Así lo vemos, revelarse (y rebelarse) en Carta al padre, o reflejando sus complejos de inferioridad y fobia al matrimonio en Cartas a Milena y Cartas a Felice, en las que se autorretrata y se autodefine como un ser victimizado, que hizo de la humillación y la culpa un estilo de vida y una forma de ser como padecimiento, soledad y falta de libertad.

Frank Kafka.

Hay pues en Kafka, a mi juicio, un complejo de Edipo y un complejo de Peter Pan. Es decir, por un lado, padecía el síndrome del hijo que odia al padre por amor patológico a su madre (a la que tenía también poco afecto: es un ser casi ausente en su obra), según la mitología de Sófocles; y por otro lado, el síndrome del niño que se niega a crecer, para ser siempre el hijo, nunca el padre. O sea, es el sujeto imbuido de un sentimiento infantil, de un infantilismo, que se interpreta como un complejo de debilidad de carácter. Acaso como víctima de un padre castrador, déspota y autoritario, que le desarrolló su timidez patológica, su auto conmiseración y su auto humillación, pero que el autor convirtió en fuentes de sus creaciones literarias. En sus relatos y novelas siempre están presentes la imagen del desamparo y la enajenación del individuo, víctima de un poder invisible y de una burocracia enmascarada. En Kafka, nada es visible a simple vista: todo lo real aparece en un velo de sombra, y todo vestigio de racionalidad, parece gobernado por lo absurdo. Su maestría escritural se revela en su capacidad y destreza para mostrarnos un mundo narrativo, cuyos protagonistas encarnan el sinsentido o buscan un sentido utópico  a sus vidas, pero caen en el abismo de la desesperación y en el pozo de la angustia. Como se ve, sus héroes son antihéroes: seres creados por su portentosa imaginación como sujetos torturados, censurados, victimizados, vituperados,  enjaulados, o prisioneros del mal, la perversidad y lo siniestro. Sin embargo, Kafka siempre deja un resquicio para el humor negro (como lo aprecio André Breton), una especie de humor absurdo que se confunde con el terror, la indefensión  y la piedad.  Pese a su fama de autor melancólico, taciturno, atribulado, huraño, enigmático y triste –como lo reflejan sus fotografías, su Diario y sus Cartas–, en cambio, ciertas versiones de la crítica literaria reciente y las opiniones de su albacea y amigo, Max Brod, lo retratan como un ser con sentido del humor y enamoradizo. Gracias a Brod –que ocultó sus manuscritos en Israel–, quien desobedeció la orden de Kafka, de quemar sus textos, existe el adjetivo de kafkiano, y podemos leer y conocer su obra póstuma (“Todo lo que dejo… debe ser quemado hasta la última página”, instruyó Kafka a Brod). La mitología y la leyenda que rodea el aura de hombre esquivo, inseguro y con alto sentimiento de autocensura o autocrítica, ha sido disipado, gracias  a biógrafos como Reiner Stach. Este y otros biógrafos, como su íntimo Brod, han contribuido a despejar dichas supersticiones, que endilgaron a Kafka el rasgo de ser un tipo claustrofóbico,  apesadumbrado, neurótico, introvertido y antisocial, sino, por el contrario, un hombre conversador y sociable (que visitaba bares y aun, prostíbulos).

Kafka y su hermana Ottla.

Escritor de estilo depurado y de frases precisas, Kafka ha trascendido a la posteridad por la creación de piezas maestras de narrativa –La metamorfosis (o traducida como La transformación), El proceso, El castillo, América (ahora traducida como El desaparecido), El fogonero, La construcción de la muralla china, Un artista del hambre, El buitre, El deseo de ser indio, La condena, Ante la Ley, En la colonia penitenciaria, Un médico rural, El cubo de carbón, Una confusión cotidiana, Josefina, la cantora, o el pueblo de los ratones o El silencio de las sirenas—que lo sitúan como una de las columnas vertebrales de la arquitectura literaria de los maestros de la narrativa contemporánea, junto a Proust y a Joyce. De ahí sus influencias, acaso por su capacidad para inventar, crear y recrear situaciones, hechos, ambientes y personajes. Si bien sus novelas y sus relatos se destacan por su ingeniosidad y maestría argumental, también sobresalen sus cartas, que se pueden leer como piezas autobiográficas o novelas epistolares. O su Diario, que también podría leerse como la obra que acaso mejor lo defina psicológica e intelectualmente, y como pensador, pues en el mismo están sus ideas, intimidades, reflexiones teológicas y metafísicas, que han generado mayores estudios a los filósofos, críticos literarios y psicoanalistas , por la profundidad, honestidad, valentía,  desenfado y mordacidad en su decir. Igualmente, sus aforismos, quizás su obra más teológica, en cuyas reflexiones ahonda en su cultura y pensamiento: el alma judía, la cábala, el pecado, el sufrimiento, la culpa y la moral.  Es pues una breve obra moral, situada en la tradición aforística, deudora de dos de sus maestros: Nietzsche y Pascal. Y un tercero, de donde extrae su idea de la angustia: Kierkegaard. En tanto, su obra de ficción proviene de sus maestros tutelares: Dostoievski, Balzac, Thomas Mann, Flaubert, Goethe, Hermann Hesse, Dickens y Hoffmannstahl; de dos poetas católicos: Francis Jammes y Paul Claudel. Y, desde luego, de dos textos sagrados que no podían faltar: la Biblia y el Talmud.

Kafka en 1917.

Con la creación de personajes-arquetipos, de Kafka, que son a la vez prolongación de su personalidad autobiográfica, vemos a Gregor Samsa, en La metamorfosis, convertido en un insecto (escarabajo). Así pues, Gregor, al despertar una mañana, para irse a trabajar, angustiado por no llegar tarde a su trabajo, después de un “sueño intranquilo”, es incapaz de comunicarse con su hermana, su padre y su madre, porque ya no es un ser humano, pese a que nunca pierde su facultad de pensar. Es decir, no pierde su conciencia ni su condición humana: sí su voz, que se transforma en un silbido, por su ausencia de boca y lengua, lo cual lo hace sufrir aún más y llenarse de angustia y desolación, por estar impedido de hablar y comunicarse; esta breve novela distópica (o relato), parece de ciencia-ficción o de terror: nos hace creíble la historia (o la pesadilla) y hasta sufrir con Samsa, sentir impotencia, rabia y lástima, durante todo el proceso de lectura, hasta que, al concluir, despertamos, como de una pesadilla, aliviados, pero atormentados y perplejos. También, vemos al personaje Josep K, un empleado bancario, en El Proceso —especie de novela policiaca–, que un día recibe la visita inesperada, en su casa, de dos policías que lo apresan, sin saber nunca las causas del apresamiento, hasta que un día lo despiertan y lo matan a cuchilladas “como a un perro”, sin saber nunca las razones; es objeto de un proceso judicial, cuyos cargos penales nunca conoció: vivió una pesadilla, detenido, pero libre y vigilado: recibe el peso de una maquinaria jurídica, de un engranaje laberíntico, que termina con su ejecución. O vemos a K, un agrimensor, el protagonista de El castillo, que sale a buscar un castillo que nunca encuentra: novela que refleja la metáfora del hombre excluido de un sistema burocrático.  Son narraciones o relatos de tintes autobiográficos y de novelas inconclusas –más de antihéroes que de héroes–, que cuestionan el orden jurídico y político, así como la burocracia y los totalitarismos.

Frank Kafka.

Kafka se lee como un autor realista a su modo, pero que escribe historias que son parábolas, sueños o pesadillas, que reflejan un sentimiento de impotencia y de sujetos incomprendidos. Así vemos, en Kafka, la invención de tramas, situaciones absurdas, parábolas laberínticas, paradojas desconcertantes, que hielan la sangre o que nos espantan, creaciones de intrigas y nudos narrativos, sin solución, que dan la sensación de lo inacabado, y que constituyen la raíz de lo absurdo. De ahí que, de El castillo, El proceso y América (o El desaparecido), se haya dicho que están inconclusas –o quizás son de finales abiertos, o donde reside el absurdo, o que dejó sin cerrar para que lo hicieran o hagan sus lectores presentes y futuros. Y otros críticos, tal vez menos indulgentes, han dicho que Kafka era un mal novelista porque no sabía concluir sus novelas (acaso porque las hallaba inconclusas, y de ahí que Kafka pidió, a su amigo Brod, que quemara sus textos). En el universo kafkiano siempre estamos ante una atmósfera opresiva: ante la vida de personajes de carne y hueso, que parecen fantasmas caídos en el fracaso, sin poder conseguir sus objetivos, alienados, angustiados. En Kafka, en sus obras narrativas, hay muchos enigmas y misterios, un sustrato teológico, cabalístico y profético, que desnuda las leyes, la justicia, el orden político y social, y donde siempre subyacen la ironía, la crítica o la sátira social, ante una justicia humana ficticia y absurda.

Pocos escritores, tras su muerte, han logrado crear, sin proponérselo, un adjetivo para definir una situación absurda y angustiosa (lo kafkiano), y Kafka lo alcanzó, sin quererlo ni desearlo, y cuya obra salva de la hoguera Brod, al desobedecer su deseo, pasando a ser de verdugo a albacea: protector de su obra, memoria y legado (y salvador de sus manuscritos de la persecución nazi, al llevárselos a Israel). Brod, se convirtió, pues, por ende, en su intérprete, y de confidente, a infidente, para la salud y el triunfo de la literatura, salvando los textos inéditos, tanto del fuego como del silencio, del olvido y la oscuridad.

Basilio Belliard en Acento.com.do