Sin duda, que esa manifiesta manía de vivir, pensar y soñar comenzó con la lengua de Cervantes, pues el principio de toda aptitud  creadora está en la literatura. Se presume que ese gigante de la ficción que se llamó Don Quijote   existió mucho antes de haber sido escrita la novela: Existió en la mente, de Cervantes. Se sospecha que toda la idea general del Quijote fue producto del sueño de Cervantes, momento en que abrió la esfera a la eterna sensibilidad de los lectores. Y esto, porque Don Quijote y Sancho Panza componen ya, un mito que vive fuera de la obra. Ambos, han propiciado vehementemente “el arte de la fuga” y han procurado un destino y un tiempo preciso, por lo tanto se han mudado a otra galaxia. Sospecho que antes de escribir la novela, Miguel de Cervantes se enfrascó, como todo científico, en la labor del arqueólogo. Encontró sus inconfundibles referentes en las pulperías, en los parques, en las plazas y en los caminos de la España renacentista. Sin embargo, estos retratos en los que probablemente se inspiró Cervantes han mutado en el tiempo, son apenas caricaturas   del mundo moderno que habitan en los Comics de nuestra realidad virtual. Quijotes, más espantados, pero menos sensibles al hecho  humano, menos dispuestos que Sancho a soñar con la justicia social, Quijotes individualistas y egocéntricos, personajes diabólicos de nuestra perpleja y modernísima realidad material. Es probable que los rasgos distintivos del Quijote y Sancho fueran sin duda los que enseñaron a nuestros escritores a definir las almas de sus “héroes poéticos”.

El Quijote, en una pintura del artista dominicano Tony Espaillat.

Así que, sea cual sea la idea, los grandes creadores tienen un punto de referencia concreto con la realidad. Con la que pueden potenciar sus figuras, cuyas raíces están en la vida folklórica, en la religión, en los trillos de la leyenda y en las entrañas del mito, lo que en definitiva define los caracteres de cada uno de los personajes y sus historias. El Quijote nos dio la magnífica oportunidad para potenciar nuestro lenguaje y comunicar ideas. Con él comprendimos la capacidad de estiramiento de las palabras y a la vez reafirmamos la sensibilidad lingüística. De él, también aprendimos los trucos de la risa, la burla y  la locura, heredamos los desmanes de la esquizofrenia y la paranoia, tal vez  la sinrazón. A partir de Cervantes comenzamos a ver y a estudiar en profundidad el perfil psicológico del hombre hispanoamericano, así como la huella de su voz en la creación literaria. De ahí que, se nos reveló con el esplendor del espíritu científico del siglo XV, de manera que comenzamos a pensarlo a partir de su lenguaje y de su arte. Así que Cervantes le permitió al hombre reconstruir un pasado y un presente a partir del espíritu de observación y enseñó a contemplar la realidad con ojos de asombro. De ahí que le enseñó también a pensar, y a crear una atmósfera lúdica con las palabras, le enseñó a divertirse, a jugar. Cervantes nos mostró el lenguaje por dentro, y con ello adelantó el humanismo en la literatura, por lo tanto nos enseñó a vivir. Así como heredamos del Quijote la lengua creativa y las pasiones, también es pertinente rastrear el pensamiento del hombre latinoamericano y los efectos que ha tenido su literatura a través del tiempo, en el comportamiento del hombre,  que es lo mismo que vivir, pensar y soñar.

Cuando leí por primera vez El Quijote de la mancha, yo era apenas un muchacho del bachillerato y salí a recorrer los caminos más terrenales que los de Sancho. Luego, cuando volví a leerlo siendo adulto, me di cuenta que era posible vivir este tipo de vida ajena expuesta en la literatura, entonces me dediqué a buscar en las calles de mi entorno los rostros de Madame Bobary y de La Maga, las caras de Larsen, de José Arcadio Buendía, de Juan Pablo Castel, de María Irribarne y de Funes el memorioso.

Octavio Paz.

Schopenhauer nos ha dado una pista interesante, pues para él, el arte se concibe como aquella manifestación del hombre donde se construyen las ideas eternas. Podríamos decir que el carácter humano, y lo que tiene de esencia la literatura latinoamericana está en la  idea de eternidad. Vemos eternidad en Piedra de sol de Octavio Paz, en La doctrina de los ciclos, de Borges, en Aura de Carlos Fuentes, en Pedro Páramo de Rulfo y en Cien años de soledad de García Márquez. Lo que el arte es a la vida, sería lo mismo, lo que el hombre es al pensamiento: sabiduría, hedonismo, belleza y contemplación. En estas ideas, se conjugan quizás las pasiones del filósofo creativo, la esperanza concreta entre filosofía y poesía. Puede ser, un pensamiento que rebase la propia belleza y que se sobrecoja ante el goce estético, donde encuentre las propias coordenadas del acto creativo. Un pensamiento que a lo mejor viene, desde el fondo de un océano, en cuyo interior habitan las ideas del artista.

Como la literatura no puede ser una instancia alejada del acto de pensar, las ideas más acabadas del hombre latinoamericano también están reflejadas en nuestra poesía, podríamos decir,  desde el siglo XIX, con la llegada del modernismo y las geniales creaciones de Rubén Darío. Pero la vanguardia poética latinoamericana es la que más ha dado muestra de la existencia de un pensamiento poético- filosófico en el siglo XX de nuestras letras, con Borges y Octavio Paz. En Paz exhibimos la cumbre más alta del pensamiento poético latinoamericano. Así encontramos en nuestros poetas sabios, una herencia que viene de la tradición griega, auscultada por Aristóteles. O bien, de los poetas filósofos de la antigüedad clásica en Oriente y en Asia. En la modificación de este pensamiento también han intervenido movimientos y filósofos, a pesar de la evolución y los cambios culturales, antes y después de la primera guerra mundial. Pienso que los más influyentes en nuestro pensamiento poético han sido Friedrich Nietzsche, Michel Foucault y Martín Heidegger.  Más adelante Sartre y Camus. En cambio, la influencia de Borges viene de más lejos, es posible de la filosofía clásica inglesa,  el estoicismo o las enseñanzas del Medio Oriente.

F. Nietzsche.

Reitero que Cervantes orientó la vocación del sueño en la literatura. Cuando en Piedra de sol Octavio Paz dice: ­Voy por tu cuerpo como por el mundo, se acerca a la idea del amor mítico, simplemente porque en este acto existen las posibilidades del amor eterno. A José Arcadio Buendía le bastó comenzar a mirar el mundo a través de un catalejo para pensar con ello, que tenía la ciencia en la palma de sus manos. Luego, cuando cambió su mulo y su partida de chivos por el imán de Melquíades el mundo comenzó a cambiar en la aldea de Macondo, entonces pensó que había adquirido “la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia” sin embargo, el experimento resultó en otra cosa.

En el túnel de Sábato, a María Irribarne solo le bastó contemplar el cuadro Maternidad en la exposición de Juan Pablo Castel, para darse cuenta de que entre ella y ese pintor existía un hueco en lo más remoto de la memoria de sus vidas, por eso el autor la persiguió hasta que construyó en ella la azarosa idea de un pasadizo secreto por cuyo túnel transitaron sus oscuros pensamientos. En cambio, a Borges solo le bastan los espejos y el laberinto para que su idea de la eternidad quede depositada en la circularidad del tiempo y la memoria.

Eugenio Camacho en Acento.com.do