Todos sentimos que, junto a los referentes y a los valores que conformaron las culturas nacionales, existen otros que se dicen compartidos en todo el mundo y por todas las gentes. Si resulta difícil negarlo en cualquier gran ciudad americana o europea, también lo es aceptarlo desde una aldea asiática o africana; e incluso desde ciertos barrios de aquellas ciudades ricas. Hablar de cultura global puede resultar abusivo, si la dejamos de adscribir al flujo y reflujo de los grandes capitales.
No sería acertado negar una fuerte tendencia hacia lo global. ¿Pero hasta qué punto el mismo signo, situado en un lugar o un tiempo diferentes, significa lo mismo? Si tomamos como ejemplo tópico de la globalización una cadena de hamburgueserías de origen estadounidense dedicada a la comida rápida, como Mcdonald’s, no creo complicado entender que entrar en uno de sus locales carece del mismo significado en Nueva York que en Pekín.
Al primero de ellos el consumidor acude pretendiendo alimento barato y que pueda comerse rápidamente; incluso buscará cierto anonimato. Al segundo, el cliente penetra, hoy por hoy, en grupo, pretendiendo manifestar que, frente al resto de su sociedad, pertenece a una juventud moderna, con posibles e internacionalizada; así, no se limitará a comerse la hamburguesa, sino que permanecerá en el local para ser visto.
Entrar en esos restaurantes tan destacados mundialmente no significa sólo comer una hamburguesa; se carga de valores no siempre previstos. Así, una noticia de prensa informaba de la apertura de un restaurante de la firma en Hanoi. ¿Qué sentirán, cuando pasen por delante de sus cristaleras, los antiguos combatientes vietnamitas a las órdenes del general Giáp? ¿Cómo contemplar el restaurante de la cadena abierto en en una calle de Kabul, si aún existe?
La frecuentación de esos locales responde, en el caso evidente de Pekín, Hanoi u otras ciudades, al comportamiento de una élite fundamentalmente económica que busca distinguirse de sus conciudadanos. Esa élite no es representativa de la sociedad media del país (lo que permitiría una identidad cultural colectiva), sino que se instituye a sí misma detentadora de los valores éticos y estéticos, buscando integrarse en un pretendido cosmopolitismo de dudosa existencia. Esa élite tal vez constituya el grupo más dinámico de la sociedad, incluso puede responder a la imagen que el gobierno de la nación pretenda promover en el extranjero o, incluso, entre sus propios ciudadanos. Sin embargo, las protestas de los habitantes de un barrio exclusivo de Madrid contra la posible apertura de un establecimiento de aquella firma americana junto a la entrada de su urbanización de lujo demuestra que las clases adineradas y elegantes ya rechazan los valores simbólicos de modernidad con los que cargaba la marca. Ello permite hablar, no tanto de unos gustos o costumbres globalizados, como de una globalización en virtud de los estratos sociales.
La sobresignificación de las hamburguesas en distintos lugares del mundo facilita recordar que por todos sitios se hace lo mismo que en los Estados Unidos salvo en los Estados Unidos, puesto que bastantes caracteres atribuidos a su cultura sólo son rasgos que construyen el cine o la televisión, publicitando una conciencia global que allí apenas existe.