A Xavier Infante Jiménez le madrugó la muerte.

Hasta hace unos días, era un tipo inquieto, empático, carismático, admirado por compañeros de escuela, baloncesto, iglesia y otras organizaciones. También por adultos que le conocían. El hablar bajito y la sonrisa tierna, a este mulato le acompañaban siempre.

De repente, su físico comenzó a cambiar. El cuerpo delgado comenzaba a secarse. Sosteniendo su habitual sonrisa, se preguntaba por qué se esfumaban sus fuerzas.

Y, el viernes a media  tarde, le llegó un golpe de convulsiones postrado en el lecho temporal de la vivienda de una tía, en la capital, tras recibir la quinta sesión de radioterapia y escuchar la buena nueva de la doctora de  que había resistido bien. Las quimioterapias estaban previstas a partir del martes 12 de diciembre.

Los 911 llegaron cerca de una hora tarde luego de cuatro llamadas y mil y un ruegos. El niño moría. Con escasa diligencia, fríamente, le declararon muerto. Y se marcharon raudos.

De acuerdo a la familia, no le pusieron oxígeno ni mostraron actitud para trasladarle a un hospital. Sin dar más detalles, llenaron un informe, sin copia, y, escuetamente, dijeron que ahí terminaba su responsabilidad.

“Estuve llamando desde las 3:08 de la tarde, aproximadamente, y siempre me venían con lo mismo, que  tenían que cumplir con el protocolo. Les decía que soy de la Cruz Roja, que de protocolo yo sé, y me respondían lo mismo. Les clamaba que quería que llegara la unidad porque mi hijo estaba muriendo. Decían que mantuviera la calma, y yo les respondía que calma tengo, pero debían llegar. Tuve que valerme de otra persona para que me solicitara otra unidad del 911”, relata con voz entrecortada la madre Haydee Jiménez, abogada y lideresa comunitaria.

Se asombró con la actitud displicente. “Pese a que les había notificado que el niño convulsionó, que le di respiración artificial, que marcó otra vez, que le puse el oxímetro y estaba marcando, que necesita oxígeno, llegan y suben al apartamento sin el oxígeno. Y entonces se retiran a la sala, defendiéndose, alegando que tenía la culpa, que si di la dirección mal o no sé qué cosa. En ningún momento tuvieron intención de llevarlo a un centro ni de aplicarle oxígeno. Y ahí vino el fallo cardiopulmonar. Y, como si nada, dijeron: murió, vámonos, camina, camina…”

El tumor cerebral, ayudado por una displicencia, terminó de apagarle la vida a Xavier, 14 años. No dio chanche a los neurocirujanos del Centro Neuro-oftatalmológico y de trasplante (Cecanot). Fue cuestión de días.

Entre la madrugada del sábado, una ambulancia cargó el cadáver por la carretera infernal del sur hasta Pedernales, en la parte más austral de la República Dominicana, a 307 kilómetros del Distrito Nacional.

Al llegar a la funeraria municipal, a media mañana, la falta de mantenimiento fue evidente. Telarañas en las paredes, cachivaches en los baños, lámpara exterior dañada, cuarto frío, abandonado; y un hombre mayor, muy diligente, pero solo, haciendo el papel de “pulpo”.

A las 10 p.m. cerrarían hasta la mañana del domingo. Al adulto mayor se le ocurrió la idea de prender aires y abanicos para preservar el cuerpo. No había de otra.

Por la funeraria desfilaron decenas de dolientes de todas las edades, desde el sábado hasta el domingo en la mañana. En la misa de cuerpo presente en la iglesia católica, a media mañana del domingo y, a continuación en el campo santo, bajo un sol achicharrante, hubo sobradas muestras de solidaridad. Nunca faltaron sus amiguitas y amiguitos de actividades culturales, deportivas y escolares.

Con acompañamiento de música urbana suave,  sin la mínima estridencia, el ataúd con el cuerpo sin vida de Xavier había sido trasladado al templo y al cementerio sobre la cama de una camioneta Chevrolet negra prestada por alguien.

El carruaje fúnebre, dijeron, está dañado. Corrían las horas del mediodía.

Un sitio sórdido

Al final de la calle L, ahora profesor Ruperto Vólquez Medrano, en el viejo barrio La 40, al noroeste de la ciudad Pedernales, está la morada final de quienes pierden la batalla por la vida. Un lugar abierto en la segunda mitad de los años 70  del siglo XX, con la misión ser solemne, lleno de paz.

Pero allí lo que menos hay es solemnidad y paz. La atmósfera es pesada. Y no es por los muertos. Brotan de cada rincón las huellas de la violencia y del irrespeto a la dignidad humana.

Los chivos caminan y corren de nicho en nicho y se guarecen del sol y de las lluvias en la morada del barón del cementerio donde duermen, orinan y cagan, aportando más hedor al causado por los enajenados que pululan en el área. Barón es la primera persona sepultada, por lo cual le atribuyen capacidad de hacer milagros, a la medianoche,  a favor de los que le llevan ofrendas y prenden velas. La lápida apenas se ve; está rota, llena de hollín del humo de las velas prendidas.

El cementerio es un botadero de muertos. Un sinfín de tumbas dispuestas de manera anárquica, robadas, profanadas, entre pasillos angostos llenos de matojos, piedras, botellas, vidrios, residuos de cigarros, heces de chivos y perros y meaderos de antisociales.

Durante las noches, el sexo entre dominicanos y haitianas es libre y se hace sobre cualquier tumba, dicen acompañantes al sepelio de Xavier.

En el redondel del tétrico y nauseabundo espacio del barón Manuel  Pérez (1930-1977), nada en orden. El piso rústico está forrado de excrementos de chivos, cruces tiradas, pedazos de bloques, basura… Las huellas del desenfreno están en cada centímetro, sin ningún rastro de autoridad.

Del viejo balneario El Roblito, al oeste de la verja, sólo quedan recuerdos leves. Ahora, contiguo a toda la pared y de cara a la frontera, han improvisado un tugurio de zinc y madera vieja que llaman Los Robles.

El único cementerio de la ciudad Pedernales fue abierto durante la segunda mitad de la década del 70, luego de la clausura del que operaba en la carretera hacia el matadero y la puerta con Anse -a- Pitre, que había comenzado las operaciones en 1939.

Conforme libros del ayuntamiento local, el 22 de abril de ese año, el regidor tesorero José de la Rosa propuso al concejo de regidores la erogación del último desembolso con el objetivo de comprar alambres y grapas para la terminación del campo santo.

Antes, según Miguel Pérez, 82 años, en Pedernales hubo un campo santo entre la actual Genaro Pérez Rocha, Santo Domingo y 16 de agosto. “En la zona había potreros y se encontraban osamentas”,  refiere.

No hay, sin embargo, historia de irreverencias como en el actual.

“Es simple: descuido total del lugar donde descansan nuestros muertos, pero es arando en el mar que estamos”, sintetiza Luis Corcino, productor agrícola de las lomas de sierra Baoruco.

Y remarca: “¿Denuncia para qué y a quién. Es una indolencia generalizada de todas las autoridades, electas y no electas; el ayuntamiento hace nada, y lo peor de todo es que hay un pueblo que está entretenido, que no reacciona”.

Como Corcino, piensa Bristol Mella (Avispa), 62 años, diestro soldador del pueblo.

“Eso no es cementerio, eso es como un valle, una vaina a lo loco, todo el que quiere entra y hace lo que le da la gana. Ahí la gente va y se sienta fumar drogas y a hacer de todo; destruyen las tumbas y se roban todo; se llevan las cruces para venderlas como metales viejos… A los difuntos no les están poniendo cruz, hay que ponerlas de madera rústica para que no se las lleven. Los viciosos entran y las cogen. El cementerio está completamente desolado. Está abandonado porque en la alcaldía no  hay una persona que se encargue del ornato y la seguridad. Falta una autoridad que le duela el pueblo de Pedernales”.

Herminio Moquete Méndez fue tesorero municipal de 2008 a 2016.

“Ese cementerio debe ser intervenido; debió ser intervenido hace mucho, Hice esa solicitud cuando estuve allá en la Tesorería antes de que se le anexara la parte de atrás. Se le anexó de manera caótica, como la de adelante… Propuse urbanizar diferente, llevando parte de las tumbas de adelante para la parte de atrás, y no me hicieron caso, luego, al salir el síndico Minguito, lo que han hecho es una verja atrás, y  sembrar gente, con el mismo caos. Todavía se puede comprar espacio atrás para iniciar el saneamiento”.

Funeral con música

Cementerio o campo santo es sinónimo de necrópolis, que significa ciudad de los muertos.

Proviene del término griego koimeterion (dormitorio). Conforme la religión cristiana, en ese sitio, los cuerpos dormían hasta el día de la resurrección.

En la tradición católica le llaman campo santo porque, en Pisa, por medidas de higiene, las autoridades ordenaron cerrar el lugar con una gran capa de tierra que las galeras pisanas habían traído de los lugares santos de Jerusalén.

https://es.wikipedia.org/wiki/Cementerio.

Para la cultura de las familias de República Dominica, los difuntos son sagrados.

El sociólogo, catedrático y tratadista de las tradiciones dominicanas, Dagoberto Tejeda Ortiz, escribió en acento.com.do, el 18 de octubre de 2022:

“Para algunas personas, la muerte es un final, la conclusión de su existencialidad, cuyo destino va a depender de su conducta en la tierra, esperándole el premio del cielo, o el castigo divino del infierno. Otros creen que morir es nacer de nuevo, transformado, resultado de una reencarnación. Para otros, es sencillamente la conclusión de una existencia donde todo terminó con la muerte, sin ninguna trascendencia sobrenatural y por eso dicen: ¡Hasta siempre!”.

Y explica: “En nuestro medio y el Caribe, además, está presente una conceptualización africana, los muertos también van a otra vida donde prevalece una dimensión de la inmortalidad, pero a otro espacio de la realidad, donde se puede establecer una relación entre los vivos y los muertos, de ayuda mutua y de comunicación personal. Y, aunque el cuerpo desaparezca, el espíritu es eterno.  Morir es volver a nacer”.

De acuerdo al especialista: “Según esta filosofía, los difuntos se convierten en ancestros, con capacidad para influenciar a los vivos y viceversa. Por eso en la cultura popular dominicana, existen ceremonias y rituales… por la creencia  de comunicación entre los vivos y los muertos, donde en situaciones límites de la vida, se invoca a los seres queridos fallecidos, sus ancestros. Que una juventud marginada, acorralada, no pueda realizarse en una sociedad como la nuestra, que sobrevive en su violación, que entierre a sus muertos con música y tragos, que incluso participe en sus rituales con los muertos, no es una violación al campo santo, a las buenas costumbres, sino que es una respuesta contestaría de ruptura, de protesta contra lo establecido, en una sociedad para ellos de mentiras, de hipocresía, de falsedades, de promesas incumplidas, en realidad, es crítica social de reafirmación de su vida”.

Turismo “dark”

Las tumbas del cementerio de la ciudad Pedernales no guardan osamentas de grandes hombres y mujeres de la historia, el arte y la ciencia. Ni nada parecido. Descansan en ellas, personas comunes sólo importantes para sus deudos.

De acuerdo a la nueva onda, el sitio no califica para el turismo de cementerio o turismo dark u oscuro, fenómeno contemporáneo de finales del siglo XX que consiste en “el viaje a destinos ligados a la muerte y la tragedia o donde se han producido o memorializado la muerte y el sufrimiento”. https://www.albasud.org/noticia/es/1181/necroturismo-o-turismo-de-cementerios-visitando-la-muerte-y-la-tragedia.

Pero la imagen de irrespeto a los muertos del pueblo de Pedernales choca con todos los objetivos del ambicioso proyecto de desarrollo turístico sostenible y comunitario que ejecuta el Gobierno desde Cabo Rojo, 23 kilómetros al sureste del municipio.