En solidaridad con compañeras y amigas que reciente han expuesto situaciones en las que lamentablemente se ven afectadas por sus aspiraciones o su ejercicio público, así como también sintiéndome identificada plenamente con una problemática a veces silente de la que he estudiado y he escrito antes, reanalizo la violencia que podemos sufrir las mujeres en el ámbito político o en los espacios de cierta visibilidad y como dicen, espacios de poder.

 

Para un poco más de contexto, la violencia contra las mujeres en política puede comprender varios factores, afectándonos e impactando no solo el camino que decidimos emprender de aspirar a alguna posición electiva, si fuese el caso, o de ser consideradas en un cargo público por designación, sino también nuestra vida privada, nuestra familia y hasta nuestra dignidad. Entre los factores o las acciones que son desproporcionados hacia el género femenino, están todos los relacionados a violencia física, violencia psicológica o emocional, violencia sexual, violencia económica, violencia simbólica y cualquier otra violación a los derechos y condiciones dignas que son inherentes al ser humano, o que vienen con la posición que ocupamos o ejercemos.

 

Las mujeres tenemos todo el derecho de participar en el escenario político, de sacar la cara, de demostrar nuestras capacidades, nuestro liderazgo, nuestra voluntad y nuestra vocación de servir desde el cargo que sea, electivo o no, así como lo tiene el género masculino. Es humanamente doloroso ver y sentir las mezquindades y bajezas que se pueden padecer en estos espacios, espacios que desde afuera se magnifican, desde la mirada de la sociedad civil, de las redes sociales, y a veces de personas cercanas que están ajenas a la realidad. La discriminación, la intimidación y en otros casos más sutiles, la omisión que pasamos las mujeres, siendo en muchos casos las que más trabajamos, las que contamos con igual o más capacitación, y con verdadero deseo de hacer las cosas correctamente, son actitudes y acciones que deben ser repudiadas y dadas a conocer si son soportadas o vividas. Ataques feroces, a veces de frente, a veces disfrazados y a veces reitero sutiles o perspicaces.

 

La difamación, la vulneración de la vida privada, la tergiversación de hechos, las insinuaciones personales, la discriminación por estar en edad reproductiva o en condición de embarazo, la caricaturización por aspecto físico, la intimidación en cualquier forma,  la intromisión en sus funciones, la omisión o supresión de condiciones que le corresponden en cuanto a salario, espacio físico, vehículo, personal o cualesquiera fueren competentes a su nivel de responsabilidad o asignarle en menor proporción o en peores condiciones en relación a colegas masculinos de igual o menor rango; la coerción de acceso a recursos económicos o de contactos de apoyo, la negación de información o de participación en la toma de decisiones, así como muchas otras formas, son totalmente violencia contra la mujer. Esta violencia puede ser ejercida por superiores, por colegas, por competidores, y en uno que otro caso, la mujer puede ser violentada por alguna pareja o relacionado sentimental al decidir tener exposición pública y/o política.

 

Para sobrevivir y continuar luchando por sus sueños, muchas mujeres se ven en la necesidad de tolerar muchos de los tipos de violencia, para tratar de sortear en algún momento tantas barreras de acceso y de permanencia en los lugares donde intentan hacer valer su voz y notar su trabajo, forjando el carácter y el espíritu ante situaciones que laceran la mente, el cuerpo y el alma.

 

La presencia y la participación de la mujer es imperante para transformar la sociedad y convertirla en una cada día mas justa, inclusiva y equitativa, donde se garanticen los derechos de todas las personas. Trillado decir, pero es un dato certero, que las mujeres en nuestro país y así mismo en el mundo, constituimos un poco más de la mitad de la población, por lo que nuestra presencia política y pública es vital.

 

Todos y todas, es decir, tanto hombres como las mismas mujeres, somos responsables de crear y garantizar una cultura respetuosa, de seguridad en todos los sentidos y de trato digno para el género femenino en los ambientes de poder, en los ambientes de trabajo en todos los sectores, pero sobre todo en el escenario político, donde buscan cualquier excusa o brecha para vulnerarnos.

 

No es una lucha entre géneros, es la necesidad de comprender que tanto el hombre como la mujer, tienen derechos, tienen condiciones y merecimiento.

 

Existen las leyes y estamentos para denunciar y alzar la voz; nos hace falta la consciencia colectiva y a muchas, les hace falta dejar el temor.